La gran esperanza demócrata para retener el poder. Por Borja M. Herraiz
En un país en el que la imagen es dos tercios de un político, Kristina Schake es, poco más o menos, una de las máximas eminencias en este campo. Resolutiva e imaginativa, tan osada y tenaz como celosamente discreta, esta californiana con casi dos décadas en la primera línea política se ha convertido en el arma secreta de Hillary Clinton para ser la candidata demócrata de cara a las presidenciales del año que viene.
Desde hace años, en especial desde que Clinton despegara su imagen pública de la de su marido Bill a cuenta del escándalo Lewinski, la exsecretaria de Estado y exsenadora ha sido percibida por el votante estadounidense como una figura fría, dura y poco empática y cercana al votante, algo a lo que muchos achacan su derrota frente a Barack Obama en 2008.
Con ese retrato como lastre, muy lejos del que ha proyectado el actual presidente estos últimos siete años, a la más que probable candidata demócrata (por ahora es la que más papeletas tiene de lejos de los cuatro contendientes) se le presentaba un camino tortuoso de cara al Despacho Oval.
Es aquí donde entra en juego Schake, la mejor asesora de imagen que había en el mercado. Ella es, desde hace meses, la responsable de darle un giro de 180 grados a la imagen de Clinton y volverla una política atractiva, cercana y humana a ojos del electorado.
Schake, hija de ama de casa y un piloto y casada con un inmigrante albanés, empezó en esto de la imagen política en 1998, cuando asesoró en la campaña a favor de la implantación de un gravamen a la industria tabacalera. Ya por entonces, sus maneras revolucionarias llamaron la atención de los popes de la comunicación política. De ahí pasó a trabajar en el equipo de Arnold Schwarzenegger cuando el actor era gobernador de California y, al poco, la mujer de éste, Maria Shriver, la introdujo a Michelle Obama.
Durante la primera legislatura de Obama como inquilino de la Casa Blanca, Schake estuvo detrás del radical cambio de imagen de la primera dama. Michelle no caía bien. Su imagen, sus maneras, su lenguaje corporal no funcionaban. La asesora cambió todo eso y la refundó como una mujer cercana, muy involucrada en causas sociales, en especial en lo tocante a la alimentación y la nutrición infantil; accesible, con un vestuario lejos de las prendas caras que solía utilizar; y simpática, con periódicas apariciones en programas de entrevistas y talk-shows nocturnos.
En unos meses, Michelle Obama pasó de ser una primera dama con una popularidad por debajo del 60 por ciento a ser la cara amable del Gobierno con una aceptación veinte puntos superior. Esa transformación es precisamente la que busca Clinton, y por eso se ha puesto en manos de la mejor: Schake, a la que ha rescatado de L’Oreal, donde trabajaba desde 2013.
Ya en el vídeo en el que oficializaba su intención de presentarse a las primarias demócratas Clinton hacía gala de ciertos aspectos casi inéditos en su figura. Gente normal hablando de su vida cotidiana y de sus aspiraciones, una voz en off sosegada y con tonos cordiales, un vocabulario accesible, un vestuario sobrio pero maternal… Sello 'made in Schake'
Tampoco fue casualidad que en los días posteriores se filtrara la imagen de Clinton comprando en un restaurante de comida rápida mexicana o las fotografías de su álbum familiar en su perfil de Facebook. Una puesta en escena cuidadosamente preparada para cautivar al electorado y hacerla parecer una estadounidense más, si bien lleva tres décadas instalada en las altas esferas del poder en Washington.
Si en su vídeo promocional Clinton asegura que quiere ser la “campeona” que necesita Estados Unidos a partir de 2016, a buen seguro que Schake representa el 'arma' secreta con la que intentará coronarse como la primera presidenta del país, algo para lo que pocos se han preparado más que ella.