TRIBUNA
La fábula del Euro
miércoles 01 de julio de 2015, 18:11h
Érase una vez el mes de enero del año 2001 cuando el gran pensador de las desgracias ajenas debió sentirse afortunado en amores y lanzó la moneda única al aire, –si sale cara eso es lo que haremos, encarecer; y si sale cruz, pues igual, será el castigo para la humanidad pobre- De tal manera que el poderoso convirtió en euros todo aquello que, hasta entonces, daba de comer, de trabajar y de vivir a millones de seres tranquilos.
Cuando llegó el maná euro a los bolsillos de aquellos pobladores, éstos salieron a festejarlo con grandes muestras de alegría. Entre los fastuosos acontecimientos tuvo lugar principal el redondeo de los tres apostolados: Bueno, Bonito y Barato. Y siendo que una especie de placebo vírico se fue extendiendo por inhalación a propios y ajenos, pronto comenzaron a variar los comportamientos de una ciudadanía cada vez más entregada al cambio lujurioso, al tiempo que la clásica peseta, el dracma griego, la lira italiana, el escudo portugués, entre otras divisas, se disolvían mediante una aleación de muerte súbita, eso sí, siempre bajo el riguroso control del gran pensador.
A pesar de la subida de precios, la algarabía reinaba entre las gentes, las conductas basadas en la moral dieron paso a la agitación y al cambio de escrúpulos. El placer de la nueva moneda creaba tal estado de ánimos en el consumidor, que incluso hubo grandes debates en torno a cómo pautar la dosis correcta; pero aquél análisis quedó en nada cuando se comprobó que sería peor el remedio que la enfermedad, pues era tal el éxtasis reinante que los resultados no pudieron ser más alentadores.
El consumo rebasó los límites de toda conciencia. La banca abrió su caja de caudales y hubo barra libre. El desorden se apoderó de las economías domésticas dando paso a la fiebre del oro y al destierro del oropel y la baratija. Los atribulados dieron gracias por la abundancia de dinero fácil. Reinó la embriaguez por la riqueza inmediata. Se crearon nuevos paraísos fiscales. Se iniciaron cursos subvencionados para delinquir sin esfuerzo. Se constituyeron fundaciones no lucrativas para el blanqueo de corruptos. Se abrieron las fronteras de la franquicia para maletines, bolsas de basura y otros equipajes de mano. En definitiva, la caja de la abundancia, si bien estaba abierta de manera impúdica, lo era para los no vacilantes y los capaces de reinventarse mediante ejercicios de gobierno.
En medio del aquelarre reinante y una vez destronados los valores de la concordia por razones de amor incondicional al euro, el gran pensador, astuto y dueño del gran poder, emergió para cerrar las puertas de la codicia. En intramuros quedaron países más ricos y otros más necesitados, formando así una gran ciudad bajo el nombre de Unión Europea.
Como era de esperar, hubo países de la Unión, más del Sur, que del Norte, que recibieron del concordato la lluvia ácida de miles de millones en moneda virtual y otros empréstitos, más que nada por aquello de igualar raseros. Y así fueron trascurriendo los años y con ello el control de los implacables regidores que imponían a los subyugados países severas reglas de austeridad y no menos implacables medidas recaudatorias. Hasta que un día, en un lugar llamado Grecia, aparecieron los primeros pobladores populistas al mando de Tsipras y Varufakis, hombres allanados por la doctrina de unos ideales utópicos y contrarios al dogma de pagar a sus acreedores, o sea, continuar haciendo aquello que ha caracterizado al país heleno durante las últimas décadas: vivir de Europa para lo bueno pero no para lo de apretarse el cinturón y mucho menos dejar de gastar más de lo que tienen, dicho de otra manera, que se lo pasan todo por la bisectriz y que sean los demás quienes paguen para ellos vivir en el éxtasis de no pagar lo prestado; y claro está, los del Norte se lo tomaron como algo personal y cerraron el grifo de la moneda única condenando a los griegos a vivir dentro de un corralito, lugar muy poco recomendable, por cierto.
Luego llegaron otros pobladores con teorías diversas sobre castas, neocastas, iconocastas, anticastas y casicastas; pero este cuento será para otro día.
En fin, como en toda fábula, también ésta tiene su moraleja: “Cuando las barbas de los griegos vieres pelar, echa las tuyas a remojar, ya que dentro de unos meses volveremos a votar”