La actualidad está montada sobre la existencia de Pablo Iglesias. Incontables anuncios políticos o informaciones periodísticas responden a la amenaza de Podemos. La repentina preocupación por Grecia desde que gobierna Alexis Tsipras es el ejemplo más significativo. Comprensible como estrategia de defensa hasta hace unos meses, los últimos pasos de Iglesias invitan a pensar que para hundir sus aspiraciones ya no va a necesitar la 'ayuda' de nadie.

Pablo Iglesias es el dirigente más influyente en España. Desde las elecciones europeas, la política y el periodismo predominantes guían sus estrategias en pro de tumbar al secretario general de Podemos y no menos su discurso. No se entiende de otra forma que se hable de Venezuela o Grecia como no se había hecho hasta ahora pese a que el régimen político del primero viene de 1999 y el ahogo económico del segundo, de 2010, sin que restricciones o rescates centraran de esta manera debates ni portadas.
El Gobierno dispone de hueco en su agenda para recibir y fotografiarse con opositores de Nicolás Maduro al tiempo que niega tener uno en tres días, por ejemplo, para una acreditada misión internacional en defensa de la libertad de expresión que cometió el error de anunciar que venía para discutir sobre la 'ley mordaza' y no sobre la violación de este derecho en Venezuela. La delegación sí fue recibida, entre otros, por el presidente del Tribunal Supremo o la Defensora del Pueblo.
Igualmente, Moncloa ya no habla de "solidaridad" en Europa con los países del sur como lo hacía cuando necesitaba miles de millones para la banca. "Una cosa es ser solidario y otra es serlo a cambio de nada", decía Mariano Rajoy este martes en una interpretación inédita del término. Sostiene también el presidente, desmarcándose de la cautela del resto de los primeros ministros europeos y hasta de Luis de Guindos, que si en el referéndum del domingo gana el 'sí', Alexis Tsipras debe marcharse, y que si se impone el 'no', Grecia debe hacer lo mismo pero del euro.
El Ejecutivo tiene las de ganar en todas las combinaciones. El mensaje que distribuye, compartido por buena parte de la opinión publicada –a la pública no se ha preguntado-, es que si Tsipras acepta el plan de Europa habrá cedido y por tanto traicionado su programa y a sus votantes y que si no lo hace, estará arruinando a su pueblo. Tras los comicios griegos, desde el Gobierno se deslizó que Syriza era más una Izquierda Unida que un Podemos. En estas circunstancias, tal valoración ya no cabe.
Iglesias no necesita 'ayuda'
Iglesias no ha hecho ademán de retractarse en su apoyo. Es más, en su cuenta de Twitter ya no se ve su rostro en el avatar sino una fotografía suya junto a Tsipras. Preguntado por la intransigencia de su colega, responde que es la prueba de que se puede plantar cara a la 'troika' y al menos defender mientras sea posible lo que se ha comprometido ante el votante. No desvela con la misma destreza su opinión sobre una hipotética salida de la moneda única, quiebra o aislamiento... o todas ellas.
Tsipras no puede salirse con la suya o se estará dando alas a Podemos. Sin embargo, para alegría de los promotores de esta tesis, puede que quien deje definitivamente sin aspiraciones a Podemos sea el más inesperado. Iglesias está descosiendo la unidad con un sistema de primarias rechazado ya por franquicias autonómicas destacadas, criticado incluso por la andaluza Teresa Rodríguez. Quiere ser candidato a las generales sin sufrir contestación. Lejos de eso, este golpe de mando le va a costar no sólo protesta sino también, de confirmarse, deserciones.

Ocurre además en un momento bajo de Podemos. Alcanzó techo en los meses de invierno para ir cayendo en intención de voto tras el caso Monedero. En las autonómicas y municipales logró empezar a ser determinante en buen número de territorios, pero quedó eclipsado por la llamada confluencia, fórmula a la que el secretario general se opone porque no quiere perder protagonismo, y mucho menos correr el riesgo de no encabezar el proyecto. Alberto Garzón le insistió sobre la conveniencia de esta fórmula. Horas después, se publicaban declaraciones de Iglesias así de amables sobre Izquierda Unida:
"Os avergonzáis de vuestro país y de vuestro pueblo. Consideráis que la gente es idiota, que ve televisión basura y que no sé qué y que vosotros sois muy cultos y os encanta recoceros en esa especie de cultura de la derrota. El típico izquierdista tristón, aburrido, amargado..., la lucidez del pesimismo. (…) Me parecen respetables los que se conforman con el 5 por ciento, pero que nos dejen en paz. (…) Sigue viviendo en tu pesimismo existencial. Cuécete en tu salsa llena de estrellas rojas y de cosas, pero no te acerques, porque sois precisamente vosotros los responsables de que en este país no cambie nada. Sois unos cenizos".
El 15-M puede acabar con el partido del 15-M
Así, pese a que tras el 24-M se propuso, y así lo reconoció recientemente, ganar en alegría y simpatía, abandonar el gesto crispado y el lenguaje duro, Iglesias ha enfadado a demasiados que hasta ahora le habían apoyado o se lo planteaban, y decepcionado a sectores del movimiento 15-M que entonces, como Iglesias, pero también ahora abogan por que no haya líderes todopoderosos, que la izquierda se entienda, comparta candidaturas y que los procesos de elección sean tan abiertos como sea posible.
O quizá Rajoy no está pensando en Iglesias, sino en un o una Manuela Carmena, en un o una Ada Colau de última hora que le pueda proporcionar un disgusto semejante pero, esta vez -Pedro Sánchez mediante, se teme el presidente-, a escala nacional.
Iglesias está expuesto a que una fuerza de confluencia surja de cara a noviembre. El tictac que popularizó correría en su contra y exigiría una decisión rápida. Entonces, su problema no serían PP y PSOE, como de hecho no lo son desde hace algunos meses, a tenor de las encuestas. El día a día político se ha montado a su alrededor y tal honor ha desbordado a un dirigente necesitado de reaccionar para que su trayectoria no se apague tan rápido como comenzó.