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AUSTRALIA

Cuenta atrás para el final de la "gran vergüenza nacional"

Borja M. Herraiz
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borjamotaelimparciales/10/5/10/22
lunes 06 de julio de 2015, 14:45h
Cuenta atrás para el final de la 'gran vergüenza nacional'
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Australia, camino de subsanar siglos de abusos y genocidio. Por Borja M. Herraiz
A comienzos del siglo XVI, el hombre blanco, en esta caso de origen neerlandés, arribó por primera vez a las costas de Australia. Por entonces, en una época de descubrimientos y aventuras, poco podían imaginar aquellos navegantes que ante sí se alzaba una isla de siete millones de kilómetros cuadrados, el equivalente a casi toda Europa.

Estas indómitas tierras, lejos de estar deshabitadas, contaban con presencia humana desde hacía más de 40.000 años, una de las más longevas de las que se tiene constancia. Es más, para los antropólogos sigue siendo un enigma cómo el hombre pudo llegar en su éxodo desde África hasta tierras australianas hace tanto tiempo sin contar con entonces con las herramientas náuticas necesarias para cruzar desde el sudeste asiático hasta lo que ahora conocemos como Oceanía.

Estos habitantes primigenios con los que se topó James Cook, el primer explorador que se adentró de verdad en tierras australianas, son los aborígenes (cuyo significado original es 'el primero conocido'), la todavía "gran vergüenza" del sexto país más grande del mundo.

Mientras que en la vecina Nueva Zelanda los habitantes originales, los maoríes, son motivo de orgullo y emblema nacional, los aborígenes están muy lejos de tener ese status en Australia. Durante los primeros años de ocupación blanca de la isla, la comunidad fue diezmada por enfermedades que les eran desconocidas y un genocidio que acabó por reducir la población de 250.000 a apenas 31.000 para comienzos del siglo XX.

La decisión del Imperio británico, que tomó posesión de la isla, de declarar Australia como territorio deshabitado y de empujar a los aborígenes al yermo y desértico interior despojándoles de sus tierras tampoco ayudó a integrar a la comunidad en la nueva sociedad.

Además, el secuestro sistemático de niños aborígenes para que trabajaran forzados como jornaleros o sirvientes sigue levantando ampollas y rencillas a día de hoy en lo que ha sido uno de los episodios más funestos y sonrojantes de la historia del país oceánico.

En este sentido, cuando era primer ministro en 2008, Kevin Rudd pidió perdón a los centenares de miles de aborígenes por siglos de violencia y explotación respaldados por leyes inhumanas, en especial a la conocida como "Generación robada".

Declaración parlamentaria de Kevin Rudd en 2008 en la que pide perdón a los aborígenes en nombre del pueblo australiano. Fuente: Channel Ten/Youtube

En la actualidad, los aborígenes son poco más o menos que unos parias. Sufren el rechazo social de una sociedad habitualmente reconocida en el resto del mundo por su aperturismo y simpatía. Miles de ellos, un tercio de los 400.000 censados en la actualidad, viven en guetos de ciudades como Sydney, Melbourne o Perth, sus índices de delincuencia, desempleo, violencia doméstica y alcoholismo son varias veces superior al del resto del país y las cuotas de inadaptación están disparadas.

Décadas de políticas fallidas en cuanto a la integración de los aborígenes, con derecho a voto sólo desde 1967, han reincidido en los mismos errores: intentar despojarles de su legado e identidad para que se adapten al modo de vida occidental y no al revés.

Ahora, en una decisión histórica, el Gobierno liberal de Tony Abbott ha decidido convocar un referéndum en 2017 para que los 24 millones de australianos decidan en las urnas si se reconoce a los aborígenes en la Constitución 116 años después de que ésta fuera redactada.

El anuncio, realizado por el propio Abbott, es la última etapa de un largo recorrido de reivindicación de la entidad y la cultura aborigen que tuvo su embrión en la formación de la Comisión de los Aborígenes e Isleños del Estrecho de Torres en 1995.

El pueblo aborigen, conformado por más de 500 pueblos, clanes y comunidades diferentes, espera que el reconocimiento constitucional los haga, por fin, ciudadanos de pleno derecho en la tierra que ellos pisaron antes que ningún otro ser humano y acabe con lo que muchos australianos reconocen representa "la gran vergüenza nacional".
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