Iker Casillas se despidió del madridismo este domingo en una comparecencia sin preguntas ni homenajes. El portero repasó, en plena ruptura sentimental, su pasado y mostró su anhelo por ser recordado como buena persona, por encima de la consideración como portero, señalando la contaminación que su última etapa haya podido generar a su recuerdo en Chamartín. Estadio Santiago Bernabéu.
Elaborar e implementar una despedida digna del lustre del icono en partida. Y completar esta premisa contemplando las turbulentas negociaciones que han confluido, con tropezones, a este onírico punto. El Real Madrid aunó determinación para abordar esta empresa de terciopelo sabedor del cariz simbólico del evento: el acto sentimental capital de la entidad, superior a la entrega espiritual que bordeó el paroxismo que supuso la Décima. Los nombres pasan y permanece el club asegura el guión teórico, pero no resultaba éste el caso precisamente paradigmático. No podía entenderse bajo esa premisa con aires de principio absoluto ni por currículum ni por el romanticismo que encierra el ascenso a la cima del canterano que toca techo y conduce al éxito. Pero, sobre todo, éste no constituía un expediente mítico estándar debido al valor icónico que encierra el tramo final de carrera. Ese intervalo, con el brazalete enfundado, en el que asumió el rol de epicentro de la desgarradora erosión madridista disparando una división con tintes de polarización que aflige al socio y militante de base.
Florentino Pérez optó por relativizar el trecho de camino postrero y desplegar cierta justicia poética al contemplar el abrumador resultado positivo del balance de cuentas de su portero insignia. Quiso correr un tupido velo a la fresca tendencia de pirotécnico desempeño, con las atribuciones telúricas del capitán de un grupo, presto -desde la trinchera del altavoz mediático- a incendiar el karma en el vestuario, tribuna, palco o tertulia de bar, si su aureola mitificada no era respetada con la titularidad presuntamente inherente. Actitud ésta, por cierto, también interpretada desde la cúpula de Concha Espina en efecto rebote. Es por esto que el homenaje venía a teatralizar una suerte de reconciliación final en el que el respeto a los logros encontraba su verdadera escenificación y momento, no en el diseño de alineaciones. Porque, desde el poder de la perspectiva, alejada de la exigencia presentista del deporte de élite, no habrá argumento, por exquisito que supiera su trazo, que sepa arrebatarle siquiera una mota de leyenda y magnetismo al nombre de Iker Casillas en relación con el Santiago Bernabéu y el club -y masa social- que cobija. Porque, amén de los títulos que sacan brillo a las vitrinas de Chamartín (18 en total, disgregados en cinco Ligas, tres Ligas de Campeones, dos Copas del Rey, dos Supercopas de Europa, cuatro Supercopas de España, una Intercontinental y un Mundial de Clubes), del monto de partidos defendiendo el escudo merengue (725 oficiales), el mostoleño universal ha alcanzado el fin último del futbolista sobresaliente: trascender y generar paisajes en la construcción de la imagen colectiva asociada a su equipo y actividad. Con paradas en pinturas decisivas, estéticas o imposibles y con atributos intangibles, esos que ganan partidos aparentemente sencillos, alimentan la confianza de una línea defensiva catapultando la seguridad colectiva y revierten en el aura de toda una institución.

El impoluto día susurrado en los revueltos últimos años de conversación madridista parecía tomar cuerpo jueves, viernes y sábado. Pero, en una vuelta de tuerca descriptiva del extenso epílogo del meta en el día a día de Valdebebas, una indigestión a cuenta de la voluntad de deguste de la propia autoestima mezclada con fiscalidad, diferenciales de sueldo pactados e improvisados con urgencia y netos y brutos, subrayó el esbozo que salpica –y quién sabe si salpicará, ajeno al paso del tiempo- la figura de Casillas en su casa balompédica. El guardameta escapó, entonces, de todo aroma a reconocimiento colectivo y se gestó la rueda de prensa de este sábado en la calurosa Ciudad Deportiva, que unos considerarán “injusta salida del club, por la puerta de atrás” y otros interpretarán como “la última pataleta del capitán negligente que echó a Mourinho”. Como esboza el flujo gravitacional del feng shui, las fuerzas antagónicas generan -o fuerzan, en este caso- equilibrio y las últimas horas después de 16 años en el primer equipo tampoco conseguirían abstraerse en paz, sino en armisticio. Sin aire para el criterio en perspectiva en la conversación, mantenida a desconsiderados borbotones en la última semana, entre la persona física y la persona colectiva.
Arrancó la conferencia dominguera sin miembros del club ni turno de preguntas para los escasos periodista congregados -ambas aristas del evento afloraron como consecuencia del tosco desenlace gestado en simétrica responsabilidad de las partes negociadoras-. Y lo hizo con el mejor portero de la historia de España avisando mientras los flashes conformaban un collage auditivo propio de las grandes ocasiones: “Tranquilos, si luego vais a tener otras (fotos) con las lágrimas”, chapurreó con sonrisa nerviosa. El resto de la declaración pública -limitada a la lectura de un escrito-, efectivamente, sobrevino con la ruptura emocional de Casillas que desnudaba la entraña, sin voceros, de un madridista virtuoso sobre el césped.
“Me he comprometido a que tengo que leer esto”, aseguraba tras verse arropado por el aplauso de los presentes. “Muy buenos días a todos. Gracias por estar aquí y acompañarme en este momento tan especial. Hoy he venido a este gran estadio para despedirme de todos vosotros y, en especial, de los madridistas. Como sabéis, desde ayer dejé de pertenecer al Real Madrid y pasaré a formar parte del Oporto”, avanzó a duras penas.
Pasó, entonces, el portero a desgranar el leitmotiv de este final de trayecto merengue: “La decisión de irme al Porto se debe a dos motivos fundamentales. El primero, la ilusión que me han transmitido el presidente, el director Antero y el entrenador Julen, que nos conocemos desde hace tiempo y, sobre todo, el resto del equipo”. “Y el segundo -prosiguió sin mencionar las fuerzas endógenas que le expulsaron de la capital española-, por las muestras de cariño que he ido recibiendo desde que más o menos la gente podía saber ya que mi destino era Portugal. Y en ese sentido, me han ganado y he estado muy feliz y muy contento. Haré todo lo posible para no defraudarles y lucharé al máximo para conseguir el mayor número de títulos posibles en mi nuevo equipo. Por tanto, muchas gracias, Porto, por haber confiado en mí”.
Efectuada la introducción relativa al futuro, Casillas profundizó en la entraña de su adiós. “Ahora sí, me quiero dirigir a todos los madridistas”, anunció para confesar, acontinuación, que “después de 25 años defendiendo el escudo del equipo más grande del mundo llega un día difícil, este día, en mi vida deportiva. Decir adiós a esta institución que, evidentemente, me lo ha dado todo. Parece que fue ayer cuando, con nueve años, vestí por primera vez la camiseta del Real Madrid y vi cumplido mi sueño. Durante este tiempo hemos sufrido, hemos reído, hemos llorado, hemos disfrutado juntos. Me he sentido acompañado y muy querido, tantos en los buenos como en los malos momentos”.
“Este club no sólo me ha enseñado a ser deportista, me ha formado como persona y me ha ayudado a crecer, inculcándome los valores que defiende su escudo: el respeto, el compañerismo, el compromiso y, sobre todo, la humildad. He tratado siempre de reflejarlos allá donde he ido representando al Real Madrid”.
Procedió después a dibujar un vistazo a su relación con el club: “Hoy también quiero acordarme de manera muy especial de todos aquellos compañeros con los que he formado parte cada temporada de las que he estado aquí. A lo largo de estos años hemos vivido juntos momentos únicos e irrepetibles. Compañeros con los que he formado una familia y compartiendo lágrimas tanto de alegría como de tristeza. Dejo grandes amigos y sé que esté donde esté siempre podré contar con ellos al igual que ellos conmigo.
“También me quiero acordar de todos mis entrenadores, desde los que tuve desde que empecé en el torneo social, en el equipo Losada. Agradecer a Mezquita, que en paz descanse, que fue la persona que me rescató para formar parte del benjamín fútbol 7 del Real Madrid, hasta mi último entrenador, que ha sido Carlo Ancelotti. Acordarme de todos ellos, de todos, porque de todos he aprendido muchas cosas.

Con la voz entrecortada y el gesto descompuesto, Iker continuó su relato homenajeando “a los cuerpos técnicos, que para mí también han sido parte fundamental en este desarrollo y en mi carrera por llegar a formar parte del Real Madrid y ser un jugador de fútbol. Porque todos ellos me han dado consejos, me han transmitido compresión en los malos momentos. Y hemos vivido muchas alegrías juntos, aparte de mucha experiencia y su profesionalidad. De todos, todos, he aprendido muchísimo”.
También hubo espacio para el reconocimiento a los obreros del club: “Por supuesto, a todo el personal, al que no se ve, que día a día hemos estado formando parte de este Real Madrid y que me han apoyado siempre a solucionar cualquier problema. No se les ve pero siempre están ahí”.
Antes de despedir su etapa como futbolista del primer equipo del Real Madrid tras 16 años, Casillas quiso hacer público “todo mi cariño a mis padres y a toda mi familia, que con su esfuerzo y desvelos me ayudaron a emprender este camino, difícil pero muy bonito. Y sobre todo, a mi mujer y mi hijo, porque día a día estarán a mi lado compartiendo cada segundo de esta apasionante etapa de mi vida”.
Por último, el triple ganador de la Liga de Campeones, se dirigió a la masa social madridista. “Y estas últimas líneas os la dedico en especial a todos vosotros, al madridismo, que no conoce fronteras. Gracias por vuestro apoyo incondicional desde que llegué con 18 años, por permitirme levantar cada Copa, cada triunfo, por ser vuestro capitán durante cinco años. Por acompañarme en los buenos y en los malos momentos. Por tenderme la mano y tirar de ella para levantarme”, expresó antes de desnudar su anhelo tras una etapa más turbulenta de lo apetecible para alguien de su significación en la entidad madrileña.
“Hay una frase que siempre he dicho en alguna entrevista y la vuelvo a repetir para que la gente se quede con ella: por encima de recordarme por ser un buen portero o un mal portero, sólo espero que la gente se acuerde de mí por ser buena persona, con mis defectos. Por tanto, gracias, gracias, miles de gracias. Nunca os podré olvidar y estad seguros de que allá donde vaya seguiré gritando: ¡Hala Madrid!”. Último tramo éste, el más íntimo, afrontado con el corazón abierto y el temple deshecho, que subraya el deseo del 1 por aferrarse a la perspectiva y paso del tiempo como anestesia de la etapa postrera, la que ha ensuciado su estampa. El telón bajó, como no podía ser de otro modo, con nostalgia del futuro tras el volcánico presente. El mito se apagó en el coliseo de la Castellana. Queda la historia -esa que se narra salpicada de aristas interpretativas-.