Otro libro necesario sobre Pessoa. La atención demorada sobre el escritor lusitano parece no alcanzar límite. Ese baúl donde conservó miles y miles de inéditos se convierte hoy día en fértil chistera de mago. La figura gris de un aburrido oficinista ha mutado en la de un poliédrico, inconmensurable, autor, entre los primeros de la literatura mundial. Pessoa, aquel de amplia obra póstuma. Ya saben: “Dios quiere, el hombre sueña, la obra nace”. Esta monografía ofrece un contexto preciso a los acercamientos de Pessoa a España y los tientos que España probó hacia el lusitano. Sáez Delgado estudia con habilidad la recepción de textos vitales de la época al conjugar la historia literaria con finos ramalazos de literatura comparada. Buena muestra son sus páginas iniciales para deslindar con precisión el resbaladizo término literario de “modernismo” en toda la Península Ibérica. Pero, de algún modo, más importante es resaltar, como aquí se hace, la iniciativa ibérica impulsada por el antiguo director de El Imparcial, Félix Lorenzo, en 1917. Fue aireada antes en su libro Portugal (cinco años de República). Impresiones de un periodista español (1915) y tuvo especial acogida en Fernando Pessoa, baste recordar su idea de “nacionalismo cosmopolita”.
Dos años antes, el escritor luso enviaba el primer número de la revista vanguardista Orpheu (1915) con una carta entusiasta a Unamuno, por desgracia, nunca respondida. Entre Unamuno y Ramón Gómez de la Serna puede cifrarse el acercamiento de Pessoa a España y posterior distanciamiento. El primero no respondió y el segundo lo citó, con significativo yerro, de pasada y entre varios otros, sin percatarse de su extraordinario valor: “Fernando de Pessoa [sic]” en Pombo. Sin embargo para el portugués la cuestión de la identidad, con radical reflejo en el desdoblamiento autorial, era otro modo de observar el tema de Iberia, siempre ungido de sebastianismo en Pessoa. Identidad individual, identidad nacional, exploración y socavamiento de los límites a la postre. En Iberia. Introducción a un imperialismo futuro, ya reseñado aquí,Sáez Delgado estudió con detenimiento tal particular.Unamuno, a pesar de ser acaso el mayor interesado en la literatura portuguesa de entre los españoles de la época, fue también uno de los principales elaboradores del mito castellanista y su centralismo opuesto a las ideas ibéricas de Pessoa. Sin embargo, sorprendido por los primeros cañonazos de la Gran Guerra en Portugal el vasco admitió: “Aquí soñé mi España espiritual”. A pesar de ello ni el autor de Por tierras de Portugal y España ni Ramón Gómez de la Serna impulsaron la obra de Pessoa en España. Serán Adriano del Valle, Rogelio Buendía e Isaac del Vando-Villar los encargados de tal labor. El presente libro atiende con capítulo individual a cada uno de estos poetas ultraístas, además de presentar el epistolario cruzado que mantuvieron con el autor de Libro del desasosiego.
Rogelio Buendía, autor de Lusitania. Viaje por un país romántico (1920) traducirá y publicará los primeros poemas de Pessoa en España. La respuesta que brinda Unamuno a una propuesta de Buendía para colaborar en la revista Renacimiento da imagen precisa de su desdén hacia Pessoa: “Estimo que una de las plagas de los literatos jóvenes es un cierto compañerismo, por lo demás muy de alabar si fuera de buena fe siempre, que les lleva a leerse y comentarse los unos a los otros, robando tiempo a lecturas de más fundamento y alto empeño” (sin embargo, la sugerencia del rector salmantino pueda ser buena nota para jóvenes escritores de hoy, conocedores de la obra de sus coetáneos pero ayunos de parte valiosa de nuestros clásicos). Por su parte, Adriano del Valle, aquel que en su poema “Canto a Portugal” saludara así a nuestra otra tierra: “En ti, Portugal, saludo / la segunda patria mía”, fue quien más cuidara su relación con el portugués. Cosa muy distinta revela el epistolario de Pessoa con Isaac del Vando-Villar que descubre un interés más pragmático de éste último con el fin de potenciar su propia obra en Portugal.
Por lo más, el libro presenta un epílogo con los distintos estadios posteriores de la recepción de Fernando Pessoa en España. Allí destacan la figura inicial de Joaquín de Entrambasaguas, la infatigable labor del poeta Ángel Crespo, la Antología (1962) preparada por Octavio Paz. Más cercano a nuestros días ensayos como el de José Luis García Martín y, claro está, la indispensable labor de traducción como la de Perfecto E. Cuadrado, o aquellas de Jesús Munárriz, Cesar Antonio Molina, Juan Barja y muchos otros. La desidia de los primeros años parece ser compensada de algún modo en esta atención retardada. A cuenta de Fernando Pessoa, queda en estas páginas el sustancial trazo de las relaciones literarias entre Portugal y España en el periodo de 1890-1936. Los dos países de esta dichosa península, avocados inexorablemente a un diálogo en permanente suspenso.