EN TRES TIEMPOS
El hambre en el mundo
martes 14 de julio de 2015, 20:08h
Hace exactamente treinta años se realizaron dos famosos conciertos simultáneos, el 13 de julio de 1985. Los lugares escogidos fueron Inglaterra y Estados Unidos, en el mítico Estadio Wembley de Londres, y el JFK de Filadelfia, respectivamente. No se trataba de una mera presentación musical, sino que tenía un objetivo filantrópico superior: Live aid, es decir, Ayuda en vivo, destinada a combatir el hambre en África, específicamente en Etiopía y Somalía, símbolos del drama que afectaba a millones de personas en ese continente. En estos días ha sido recordado con emoción y nostalgia.
En el evento benéfico participaron grupos como Queen –algunos dicen que fue su mejor presentación en la historia- y Black Sabbath, Led Zeppelin y Duran Duran, y artistas como David Bowie y Phil Collins, Paul McCartney y Boy George, Madonna y Mick Jagger, entre muchos otros. A estadio lleno y con una transmisión que vieron más de tres mil millones de personas en el mundo. Con momentos llenos de emoción, coros multitudinarios y la sensación de estar viviendo un momento histórico especial. Los artistas y la gente celebraron, con razón, los benéficos resultados obtenidos.
Han pasado treinta años, y según los datos del 2015 el drama del hambre todavía sigue presente en la vida del planeta. Se estima que más de 800 millones de personas no tienen una alimentación suficiente para llevar una vida saludable, lo que constituye más del 10% de la población mundial. Casi la mitad de los niños menores de cinco años que fallecen actualmente tienen una grave desnutrición, lo que se suma a otros problemas entre los que sobreviven pasando hambre: muchos menores tienen un peso inferior al normal y crecen menos que los niños bien alimentados.
Treinta años después de los conciertos que combatían el hambre en África, la información actual del tema sigue siendo persistente y lamentable: el continente africano sigue siendo el lugar de la tierra con mayor porcentaje de personas que padecen hambre, donde una persona cada cuatro sufre desnutrición. Es decir, a pesar de la solidaridad internacional y de la toma de conciencia en diferentes lugares sobre la gravedad del problema, la miseria acumulada durante décadas parece enquistada y no deja despegar a una región que tiene un potencial de riquezas naturales de gran valor.
Al respecto convendría hacer dos comentarios de distinto tipo, que podrían ser útiles y dar un resultado de más largo plazo.
El primero, una pequeña comparación con Chile. Hace exactamente cuarenta y cinco años, en 1969, se calculaba que la desnutrición afectaba al 50% de los niños menores de 15 años. Algunos estudios situaban el drama de la desnutrición como una de las principales lacras del país, con datos muy por sobre los de otras naciones occidentales. Esto era consistente con la miseria ampliamente repartida en todo el país, al bajo crecimiento económico y una situación en que las expectativas eran considerablemente más altas que los logros reales que obtenía el sistema político y económico nacional. Sin embargo, la situación se revirtió, con el concurso público y privado, con gobiernos de distintas tendencias, con la colaboración de investigadores, médicos e instituciones dispuestas a dar la guerra a la desnutrición, convencidos de que era posible vencer. Una de las figuras prominentes de entonces fue el Doctor Fernando Monckeberg, que en 1974 publicó un libro llamado Jaque al subdesarrollo, donde explicaba algunas de las políticas que había que asumir en esta materia. Tres décadas después él mismo narraba esta lucha y victoria en Contra viento y marea. Hasta erradicar la desnutrición (Santiago, El Mercurio Aguilar, 2013). El resultado fue la derrota de este flagelo, con el consiguiente progreso social y desarrollo físico e intelectual de la población. Bien por las políticas públicas, la economía libre, la investigación y la decisión que le cambió la cara a Chile. En cuarenta años, el país tuvo el crecimiento económico más grande y sostenido de su historia, y la pobreza se redujo de un 45% en 1987 a menos de un 10% en la actualidad. Chile no estaba condenado a la miseria, como muchos parecían creer.
Lo segundo es la convicción de que África también puede superar la pobreza heredada, la desnutrición atávica y los males que acompañan por años al continente. Pero la derrota del hambre y de la desnutrición no será fruto de conciertos de beneficencia, así como las terribles imágenes de niños desnutridos a lo más generarán una reacción momentánea de afecto y compasión, pero no lograrán cambiar la historia. Para eso se requiere mucho más y la respuesta está en las instituciones políticas y económicas. Lo explican muy bien Daron Acemoglu y James Robinson en Por qué fracasan los países (Madrid, Deusto, 2012), al referirse al marco institucional adecuado que facilita la prosperidad, frente a la alternativa de instituciones extractivas que reproducen la miseria. Esto es lo que explica la riqueza de sociedades como los Estados Unidos o Gran Bretaña, así como la pobreza de África subsahariana o América Central. Por lo mismo se requiere un adecuado y urgente cambio institucional, que permita poner en marcha las energías siempre presentes en los seres humanos, sabiendo que los esfuerzos de hoy tendrán frutos mañana. Instituciones políticas sólidas y una economía que permita el desarrollo son las claves de este proceso.
Lo resume muy bien un informe de 2015 de la FAO, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura: "El crecimiento económico es necesario para aliviar la pobreza y reducir el hambre y la malnutrición; también es crucial para incrementar el empleo y los ingresos de manera sostenible, en especial en países de bajos ingresos". Esto, que en algún momento habría parecido un comentario economicista, hoy está aceptado y es la base de cualquier progreso social. Cuidar la economía no es manifestación de materialismo, sino de un profundo humanismo que procura que las personas de una sociedad vivan mejor y de acuerdo a su dignidad.
Bien por la música y la solidaridad internacional, pero ese es un aporte siempre limitado en sus recursos y duración. La clave está en asumir los desafíos de derrotar la desnutrición a través de una economía del progreso y políticas públicas adecuadas, en una fórmula que la historia ha demostrado que es posible y exitosa.