TRIBUNA
Reformas
José Manuel Cuenca Toribio
viernes 17 de julio de 2015, 20:06h
Desde ha varios meses atrás significativos espacios de la vida pública nacional se pueblan de voces respetables y, a menudo, reputadas en muy diferentes ámbitos, en procura y reclamo de reformas múltiples y hondas en las principales facetas de la existencia social y, de manera especial, política de nuestro país. Por contera, el año pasado el centenario de una resonante proclama de Ortega y Gasset –el discurso acerca de “Vieja y Nueva política”-, en pro del desahucio del sistema canovista y la incorporación al escenario parlamentario de fuerzas y energías inéditas, ha servido de caja de resonancia para que las llamadas a un enérgico cambio de rumbo en la marcha de la nación adquieran un eco singular en los sectores más dinámicos de la colectividad hispana. Reforma frente a ruptura, tal semeja ser a la fecha la magna quaestio, el gran problema de la España del segundo semestre de 2015, sin que, por lo demás, se avizore en el horizonte del siguiente año ningún descenso o atenuación en la trascendencia del muy peliagudo tema.
Dos visiones y, en ciertos momentos, hasta incluso dos concepciones teológicas de la vida pública se enfrentan así en la pugna por el ordenamiento inmediato de la sociedad y el estado españoles. El adanismo, el punto y aparte más radical aspiran a erigirse en principio regulador de aquél, con apertura, a las veces, a las utopías más extremas de las fuerzas sociales connotadas por su rechazo de las “castas” y oligarquías que, en su sentir, gobiernan la España de la Segunda Restauración, urgida de una profunda cirugía quirúrgica que le preste un semblante por completo diferente. Dicha corriente o movimiento son cada día más intensos, y no desaparecerán, en modo alguno, con el simple negativismo y menos todavía con la exclusión o el olvido.
Tal es hasta el momento la postura adoptada en el círculo prevalente de la tendencia conservadora, de escasa o nula sensibilidad hacia “la marcha de la historia”, expresión equívoca e, incluso, en ocasiones, falaz, a cuyo abrigo, sin duda, las esferas progresistas desean mantener su hegemonía en el discurso sobre la identidad nacional usufructuada desde ha luengo tiempo, pero no por ello menos real e importante en determinadas fases de la andadura de nuestra sociedad, como ocurre justamente hodierno.
Mas, por fortuna, no todo es ceguera e inmovilismo en el seno del conservadurismo hispano. En sus medios más activos, a falta de una concepción verdaderamente creativa y a nivel de lo demandado por una tesitura internacional que requiere un pensamiento de alto gálibo, la fórmula que se abre paso como instrumento de salvación, al paso que definidora de su canon doctrinal, es la ya muy vieja, pero no por ello esclerótica de la reforma. Al fin y al cabo, presidió algunos de las etapas más radiantes del movimiento conservador, y a la cual semejan asociarse también momentos de particular esplendor en su bisecular itinerario, desde las Cortes de Cádiz a acá…