Teresa de Jesús es nuestra
sábado 18 de julio de 2015, 19:36h
Unamuno afirmó que la obra del Greco era “la mejor […] expresión pictórica y gráfica del alma castellana…”. Su Vista de Toledo (Metropolitan Museum of Art, New York) expresa el carácter espiritual, trágico y austero de una ciudad que adquiere una palidez fantasmal bajo un cielo umbrío, de un azul profundo y con unas nubes plateadas, cuyo grado de abstracción recuerda al expresionismo. No es un óleo realista, sino una síntesis de arquitectura y naturaleza que manifiesta el anhelo de eternidad del alma castellana. Si Teresa de Jesús, mujer, soñadora, mística, reformadora y originalísima escritora, hubiera contemplado el óleo, no es improbable que hubiera advertido el latido de Dios, inspirando la tensión entre las alturas y la solitaria torre de la Catedral de Toledo, con su luminosa punta de flecha, casi una proa abriéndose paso en el mar.
No sin muchos sinsabores, Teresa de Jesús fundó un convento en Toledo la noche del 13 al 14 de mayo de 1569, con la ayuda de un rico mercader que salió fiador para realizar las obras necesarias en una casa ubicada en la calle Santo Tomé, cerca del colegio de San Bernardino y la sinagoga del Tránsito. El mecenas original era Martín Ramírez, un próspero hombre de negocios que había fallecido recientemente. Deseaba hacer algo que agradara a Dios, pero a la aristocracia toledana no quería que su fortuna sirviera para fundar un convento. Le despreciaban por ser judío converso. Ignoraban que la carmelita descalza era nieta de otro judío converso, Juan Sánchez de Cepeda, comerciante toledano de lanas y sedas condenado por el Santo Oficio por judaizar en secreto. Es probable que Teresa de Jesús también desconociera el hecho, silenciado incluso en el seno su propia familia, después de la reconciliación del réprobo y su posterior marcha a Ávila para iniciar una nueva vida, borrando el rastro de sus orígenes. Está claro, no obstante, que nunca le inquietaron estas cuestiones. Al referirse a su benefactor, escribe: “Yo no reparaba mucho en esto, porque, gloria sea de Dios, siempre he estimado en más la virtud que el linaje” (Fundaciones, cap. XV). Finalmente, los doce mil escudos del testamento de Martín Ramírez llegan a manos de la reformadora, que traslada el convento a una casa del barrio de San Nicolás, con dos patios y un huerto. Sólo la tenacidad y el amor propio de un carácter singular pudieron vencer tantos obstáculos, sin caer en el desánimo y abandonar el proyecto.
No sabemos si el Greco, veintiséis años más joven que Teresa de Jesús, conoció a la carmelita y leyó sus obras, publicadas por primera vez en Salamanca en 1588, recopilada y corregida por fray Luis de León. La carmelita mantenía una relación de amistad con Luisa de la Cerda desde 1561, cuando la dama se quedó viuda y el provincial de la orden le pidió que acudiera a consolarla. Teresa de Jesús permanecería largas temporadas en Toledo, donde finalizaría Las Fundaciones (1582), iniciaría Las Moradas o Castillo interior (1577) y redactaría gran parte del Libro de la Vida (1562-1565). El Greco llega a Toledo en la primavera de 1577. En aquel momento, la ciudad es una de las más grandes de Europa, con 62.000 habitantes. Se dice que era un hombre de “tremenda determinación” y “extrema devoción”, pero con un temperamento reticente y excéntrico. La determinación y la devoción también son rasgos de Teresa de Jesús y, desde el punto de vista de sus enemigos, su reforma constituía una extravagancia. Cuando en Toledo los nobles conspiran para frustrar la fundación de un convento según la regla original del Carmelo, se entrevista con Gómez Téllez Girón, administrador provincial de la diócesis y le espeta: “…recia cosa [es] que hubiese mujeres que querían vivir en tanto rigor y perfección y encerramiento, y que los que no pasan nada de esto, sino que estaban en regalos, quisiesen estorbar obras de tanto servicio de Nuestro Señor (Fundaciones, cap. XV). Estupefacto, el administrador provincial concede la licencia. No está acostumbrado a que le hablen con tanta libertad y franqueza.
El Greco tampoco se desvía de su concepción del arte y lo sagrado por conveniencias mundanas. Cuando el Monasterio de Santo Domingo de Silos (el Antiguo), situado en Toledo, le encarga un óleo sobre la Trinidad, dibuja a un Cristo muerto, dramático, descoyuntado en brazos de un Dios Padre afligido, y rodeado de ángeles humanísimos, transidos de dolor terrenal. No es una de sus obras más innovadoras. Los cuerpos no están tan estilizados como en creaciones más tardías, pero ya parecen llamas y predominan los tonos fríos, que producen un contraste de quietud y dinamismo con el inequívoco sello del rapto místico. La composición dibuja un corazón sobrevolado por el Espíritu Santo, con su tradicional forma de paloma. Es difícil no pensar en la transverberación teresiana, cima de la unión mística, pero en ningún caso una vivencia histérica, sino el producto de una larga ascesis (o autodominio) orientada al amor y el conocimiento. Escribe Unamuno: “Otros pueblos nos han dejado sobre todo instituciones, libros; nosotros hemos dejado almas. Santa Teresa vale por cualquier instituto, por cualquier Crítica de la razón pura”. Podría decirse lo mismo de El Greco o del mismo Unamuno. Los tres captaron el pulso del alma castellana, tan vituperada en nuestros días. Castilla no es el estandarte de una anacrónica pasión imperial, sino el troquel de un idioma y un genio que alumbró poetas como Antonio Machado y García Lorca, con un patriotismo nada histriónico, universalista, solidario y hondamente integrador. Pasado el mediodía del centenario del nacimiento de Teresa de Jesús, que nos enseñó a mirar con “los ojos del alma”, siento la necesidad de repetir las palabras de Azorín en Diario de un enfermo (1901): “Yo amo a esta mujer con amor apasionado y mórbido. ¿Qué artista no la amará? Teresa de Jesús es nuestra”.
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Escritor y crítico literario
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