La historia da muchas vueltas y permite mirar tanto hacia atrás como hacia adelante. Después de todo, ya lo decía Cicerón, es “maestra de la vida”, mientras otros repiten el valor pedagógico que tiene el pasado asociado a la responsabilidad cívica de conocerlo y comprenderlo.
Hace algún tiempo leí un interesante libro editado por Juan Cruz. Se trata de una larga entrevista que el periodista y ensayista español hacía a dos personajes de la cultura y la política latinoamericana. Ellos eran Ricardo Lagos, ex Presidente de Chile (2000-2006) y Carlos Fuentes, el reconocido escritor español que nos dejó hace tres años. El título de la obra resultaba sugerente: El siglo que despierta (Madrid, Taurus, 2012).
Más todavía cuando Fuentes había nacido en 1928 y Lagos diez años después, y habían tenido la oportunidad vital de contemplar muchos de los grandes procesos históricos del siglo XX, con sus complejidades y debates, sus logros y también sus traumas. La lectura resulta agradable, es un esfuerzo que valió la pena, tiene reflexiones interesantes, sobre todo en el plano cultural y político. Ambos compartieron los sueños de los años 60 y lamentaron sus derrotas. Sobre ello comenta el ex Presidente chileno: “el tema de los sueños en América Latina, a partir de la experiencia vivida en el pasado, consiste en lograr que esos sueños no terminen en pesadillas”.
Se trata de una cuestión crucial. A medida que nos alejamos del siglo XX, cada vez menos gente vivió esas décadas de luchas globales, los recuerdos de los mayores parecen reliquias y los grandes líderes de toda una época representan, probablemente, lo mismo que para las personas del siglo XIX significan Napoléon Bonaparte, Bismark o Abraham Lincoln, así como la unificación alemana o italiana, la guerra civil norteamericana y las independencias en Hispanoamérica, que son para los libros de historia y que ni siquiera son recordadas con nostalgia.
El problema es que el siglo que despierta, con nuevos sueños y oportunidades, tiene que hacer un espacio muy grande para el recuerdo, por sentido de responsabilidad y también por una legítima conveniencia. Sería irresponsable olvidar y borrar la historia del siglo XX y es bueno recordar para aprender y para proyectar el siglo XXI, que es el siglo que despierta, como dicen Fuentes y Lagos, pero también es el siglo que recuerda y que tiene un futuro por delante.
Felizmente hay ciertas cosas que contribuyen a mejorar nuestro conocimiento del pasado, como son las plataformas de internet y las inmensas bases de datos de periódicos, enciclopedias, videos y publicaciones de distinto tipo. En el último tiempo hay otras cosas que también nos han permitido acercarnos al pasado a través de las efemérides y los aniversarios. El año 2014 fue especialmente relevante, para estudiar y conversar sobre la Primera Guerra Mundial, cuyo comienzo se había producido precisamente hace cien años. Este 2015 ha estado marcado más bien por otros aniversarios interesantes, asociados a los setenta años del término de la Segunda Guerra Mundial, con las muertes de Hitler y Mussolini como símbolos de toda una época. Pronto se cumplirá también las siete décadas desde la Bomba Atómica que sorprendió al mundo al caer sobre Hiroshima, el 6 de agosto de 1945.
La generación que hoy tiene menos de treinta años no puede permanecer al margen de esos sucesos, ni contemplarlos como un pasado remoto que no los involucra, sobre el cual desarrollan la mera indiferencia o el hastío. Ciertamente, tampoco puede estar fuera de su propio tiempo histórico, con todas sus dimensiones: la crisis económica que afecta a Grecia y a otros países; el crecimiento de África, que podría estar viviendo su gran siglo, cuando antes fueron colonias pobres y marginales; América Latina que podría dar su salto al primer mundo; potencias como China cuya apertura económica tiene pendiente alcanzar la libertad política, y tantas otras situaciones a la vez apasionantes y llenas de matices.
En una obra que los historiadores siempre leemos con interés, como es la Introducción a la historia de Marc Bloch, el destacado intelectual francés comienza explicando el sentido del conocimiento histórico a través de una pregunta tan simple como decisiva de un niño: “Papá, ¿para qué sirve la historia?” Entre las muchas páginas que buscan responder la interrogante infantil, hay un par de conceptos que conservan plena vigencia: la historia nos ayuda a “comprender el pasado por el presente” y a “comprender el presente por el pasado”.
La persona que mira las décadas que ya ocurrieron, o el siglo que terminó, no lo hacen simplemente por un afán de acumulación de datos muertos, sino que por un interés genuino por la persona humana, para comprender su trayectoria a través del tiempo, para volver a vivir lo que otros vivieron. Sin embargo, lo peor que podría ocurrir es quedarse pegados en ese pasado, descuidando la comprensión y participación en el presente, en las tareas siempre pendientes de construir una sociedad más justa. Vivir intensamente el presente, mirar con pasión el pasado, contribuir al mundo futuro son cuestiones que no deben dividirse artificialmente, sino que todas son parte de una forma de expresar nuestra humanidad como corresponde.
No debemos interpretar el siglo que despierta como el final después de una larga pesadilla. De hecho, basta recordar el ataque a las Torres Gemelas del 2001 para saber que siempre es posible volver a caer, con el mismo dolor con que observamos las miles de muertes de cada año en los distintos conflictos bélicos que se perpetúan o el hambre que subsiste como compañero amargo de muchas personas. El siglo que despierta hay que vivirlo con alegría y entusiasmo, con ideas y con acción, con la vista en el futuro, pero también con una clara comprensión del pasado, especialmente del siglo XX que hemos recordado.