Ángel Rivero nos presenta un clásico de la Ciencia Política, como es la obra de Daniel Bell El final de la ideología. Su primera edición se remonta a 1960, tras lo cual el autor norteamericano realizó diversas reediciones, sin apartarse de su tesis original y rebatiendo las críticas recibidas por su diagnóstico inicial, que no alteró en ningún caso.
El editor, asimismo, ofrece un perfil biográfico y de la trayectoria académica de Bell con el que contextualiza la obra. Igualmente, son de agradecer las aportaciones de Rivero, pues facilita la comprensión del mensaje, añadiendo dosis de rigor académico y demostrando su conocimiento del objeto de estudio. Esto lo apreciamos, por ejemplo, cuando nos acerca las ideas de quienes cuestionaron que las ideologías hubieran fallecido en los años cincuenta, por ejemplo, Friedrich Hayek para quien lo que realmente se estaba produciendo era un aumento del poder del Estado, que en última instancia mermaba las libertades individuales.
La tesis de Hayek era concreta: cualquier intervención del Estado era “inherentemente totalitaria”. Posteriormente, esta premisa sirvió de base doctrinal a políticos como Thatcher y Reagan en los ochenta. Ambos dirigentes argumentaron en contra del consenso de posguerra, entendiendo que la omniabarcancia del Estado había creado individuos apáticos e incapaces de asumir cualquier responsabilidad. En este punto podría afirmarse que, a finales del siglo XX, se produjo un viaje inverso al de los años cincuenta, de tal manera que fue la socialdemocracia la que se adaptó al credo político y económico neoliberal. El gran ejemplo, Tony Blair y el New Labour.
Por tanto, desde el punto de vista de la historia y de la politología, el valor de la obra de Bell es incalculable, pues nos transmite el panorama de la democracia en Occidente en los años inmediatamente posteriores a la finalización de la Segunda Guerra Mundial. Entonces se produjo un consenso entre conservadurismo y socialismo, renunciando este segundo a la lucha de clases como vía para transformar la sociedad. Reino Unido fue el paradigma: “Ni los socialistas creían en la economía planificada ni el resto de las fuerzas democráticas pensaba que la sorprendente llegada de los laboristas al gobierno en 1945 hubiera acabado con la democracia y la libertad” (pág. 34). Un fenómeno similar se apreció en el SPD alemán.
De ahí que el consenso supusiera la herramienta más eficaz para derrotar al comunismo en Europa occidental. Dicho con otras palabras, el Estado de Bienestar, el sistema económico mixto o la descentralización política que caracterizaban a las democracias occidentales, fueron aprobadas casi por todos.
Entre los “disidentes” se encontraba la Nueva Izquierda. Esta última prescindía de la crítica y el rechazo a los liberticidios permanentes que patrocinaba el comunismo soviético (al que consideraba la tierra prometida), al mismo tiempo que buscaba nuevas causas para justificar sus ansias de revolución pendiente.
En este sentido, los procesos revolucionarios en África, Asia y América Latina (Cuba) se convirtieron en su nueva biblia cuya ideología, resalta Bell, omite el objetivo de la libertad y persigue únicamente el desarrollo económico y el poder nacional. La vanguardia de la revolución ya no la integraban los obreros sino estudiantes, minorías, intelectuales o las mujeres.
Igualmente, esta Nueva Izquierda se ha caracterizado por su capacidad para adaptarse a las diferentes épocas, incluyendo la caída de la URSS. Para ello resulta fundamental su poca memoria sobre el pasado.
En definitiva, una obra fundamental que nos puede ayudar a comprender lo que sucede actualmente en países como España o Grecia, en los cuales, ha irrumpido esa Nueva Izquierda buscando imponer un discurso tan mesiánico como escasamente constructivo.