Reino Unido y Francia andan estos días a la gresca. Los miles de inmigrantes africanos que llevaban tiempo en la llamada “jungla”, un descampado a las afueras de Calais, reunieron por fin las fuerzas (o refuerzos) que precisaban para intentar entrar de forma masiva en Gran Bretaña por el Eurotúnel, subiéndose a los trenes o a los camiones que transitaban desde Francia con dirección a la Isla. Tumultuario intento, inesperado o no, las fuerzas de seguridad de ambos países se vieron desbordadas, comprendiendo – quizás y por fin – a sus colegas de los países mediterráneos. Y no es fácil – ni agradable – enfrentarse a la desesperación en masa de quienes se juegan todo a una carta después de haber recorrido larguísimas distancias con la única meta de llegar a tierra deseada. Italia y España, también otros países como Grecia, saben de sobra lo que es ver en sus fronterizas costas y aguas la llegada de barcazas – a veces, como en el caso de Italia, enormes buques destartalados – repletos de personas que solo traen hambre, sed, y esperanza. También una innegable determinación: no han llegado hasta aquí para nada. No, desde luego, para que les despachen de vuelta. Además, de vuelta ¿a dónde? Quienes llegan no pueden conformarse con haberlo intentado, porque el regreso a sus países en guerra, hambruna o persecución genocida no es una opción. Entrar en Europa o nada. Y eso no es simple detenerlo. Por otra parte, qué terrible tener que hacerlo.
En Europa - me refiero a esas frías reuniones de Bruselas, es decir, a los mandamases de la UE -, hasta que empezaron a aparecer a cientos los cadáveres ahogados en las costas de Sicilia, nunca hicieron mucho caso. Menos aún les llamó la atención el asunto de los asaltos a la valla de Melilla o los alunizajes a la frontera española, a veces con balance de guardias civiles atropellados por las ruedas de automóviles conducidos por esa desesperación y ese arresto sin medida de los que antes hablábamos. Durante años, se han ido colmando improvisados refugios que crecían sin control, con el objetivo de poner un techo y un colchón encima y debajo de tanto desafortunado ser humano. Mantas y botellas de agua se convirtieron en parte del idílico paisaje de playas canarias y sicilianas. A veces, coincidiendo con la presencia de turistas atónitos que quizás jamás se habían parado a pensar que nuestras vidas son, en su mayoría – y si quieren, por comparación –, un privilegio. Los países mediterráneos hace ya mucho que dieron la voz de alarma ante tan espantosa realidad social y migratoria: era preciso un verdadero esfuerzo para intentar que el “problema” no fuera a más en unos países – esos del sur que los del norte a veces solo miran en los folletos de viajes – en los que precisamente se estaba atravesando una grave crisis económica.
No es que Gran Bretaña o Francia sean países desacostumbrados a acoger inmigrantes desde hace décadas, pero el fenómeno migratorio de aquella otra época revestía un carácter completamente distinto. No solo por el lugar de origen de quienes llegaban, sino también porque les hacía falta una mano de obra que la población local no cubría. Lo que está ocurriendo en estos últimos años, al principio gota a gota, la Unión Europea no ha sabido preverlo, aunque estaba claro que desde las fronteras de España e Italia, todo el continente podía convertirse en orégano. Las papeletas, desde luego, el resto de Europa las tenía todas. Pero no se pueden poner puertas al campo cuando del otro lado no hay timbres que valgan. A Cameron le han caído las correspondientes críticas por referirse al drama de Calais con el término “swarm of people”, que literalmente se traduce como “enjambre de gente”, aunque la palabra tiene asimismo un doble sentido, de tipo más o menos despectivo, que vendría a ser “plaga”. Sin embargo, al mismo tiempo que la oposición le ha afeado su más que desafortunada expresión, se exige a Cameron que obligue a Francia a detener a los inmigrantes. Y, sobre todo, el Partido Laborista reclama al premier británico que demande al ejecutivo de París indemnizaciones para los transportistas y empresarios británicos por las pérdidas sufridas a causa de los interminables retrasos que la grave situación está provocando en el túnel del Canal de la Mancha. Demagogia pura. Porque, al final, la política para tratar el tema de los refugiados, de la incesante migración proveniente de tantos países en guerra o miseria, hasta ahora siempre ha pasado por cerrar accesos en lugar de intentar abrir vías. Nadie dice que sea fácil, ni siquiera posible, tratar, por ejemplo, con los gobiernos de procedencia o de paso de los que vienen, pero el terrible drama social que caracteriza esta primera parte del siglo XXI ha traspasado ya cualquier frontera. Aquí sí, literalmente.