Apología del ciborg
viernes 30 de mayo de 2008, 22:20h
Y no del robot. Porque el robot es sólo metáfora de nuestra racionalidad instrumental, de una inteligencia entendida como máquina y herramienta de dominio. Por eso, y en virtud de su capacidad para ser programado a nuestra voluntad, el robot suele figurar como sirviente. Pero el ciborg, ah, el ciborg... El ciborg, ese ser formado por materia viva y dispositivos, no es un mero cuerpo artificial, con apariencia humana, creado por la técnica (como el robot), sino la técnica misma asimilada en el propio cuerpo humano. El ciborg asume en sí la contradicción de lo natural (la materia viva) y lo artificial (el dispositivo). Y como tal, no vale como metáfora de nuestra racionalidad; es, por el contrario, símbolo de nuestra más íntima naturaleza. Y ello en los dos sentidos.
El dispositivo sobre la carne. Cuando la técnica funciona como lo hace el cuerpo vivo, el resultado es el dispositivo potenciador. Que si visión térmica, que si esqueleto de adamantium, que si conexión cerebral a Internecio: el ciborg es, en fin, el cuerpo humano tuneado para que perciba más cosas, para que sea más fuerte o para incrementar su inteligencia. Es el cuerpo que rompe los límites de lo dado, de lo que tiene que ser así, de lo impuesto (en resumen, de la naturaleza, que es antes que nada coacción), y que los rompe sólo en función de su voluntad. El ciborg, en este sentido, es símbolo del afán de superación del espíritu humano por sus propios medios.
O la carne sobre el dispositivo. Este otro ciborg parece un tanto más siniestro, porque la máquina se apropia del cuerpo humano para conseguir un funcionamiento orgánico. Figuras suyas son desde el robot que logra la autoconsciencia y mata para defenderse (según cierta curiosa idea de la autoconsciencia), hasta, más groseramente, la nave espacial controlada por un cerebro humano lleno de clavijas y enchufado a una maraña de cables. El ciborg ahora vale como símbolo de la mala fe de la especie humana, de esos animales extraños que crean una segunda naturaleza técnica a su medida (resumida en la ciudad) y luego la sufren como algo dado e inevitable: la previsión meteorológica deja paso al parte del tráfico.
Ahora bien, ese ciborg biomecánico es también hijo de su época, o mejor, hijo de la técnica de su época. Hoy en día, a ese ciborg ochentero que desconocía las bondades de las conexiones wireless se le han acabado las pilas. Otra forma, más sutil, de manipulación técnica del cuerpo empieza a ser considerada, si no posible, al menos verosímil. En efecto: la ingeniería genética. Ya no se trata de que el dispositivo se inserte en la carne, o que la carne se adapte al mecanismo: el ideal, aquí, es tanto construir la carne tanto como encarnar el mecanismo. En suma, la fusión de cuerpo y dispositivo, cuyo paradigma magnífico es el clon.
Pero no hace falta irse tan lejos, ni recordar el marcapasos, el implante coclear o las más elaboradas prótesis mioeléctricas. Si el ciborg es la asimilación de tecnología y cuerpo, un empaste de muelas, un piercing, unas lentillas y dentro de poco el teléfono móvil hacen ya de nosotros un ciborg. En miniatura, pero ciborg. Si lo que nos hace humanos es la técnica, de la que la racionalidad es forma depurada (y en este sentido, frente a las emociones animales, los sentimientos, tan humanos ellos, son otra forma de técnica que requiere su aprendizaje), si somos humanos por técnicos, decimos, entonces el ciborg es la figura del espíritu humano que asume hasta final esa humanidad y, cumpliéndola por completo, se crea a sí mismo.
Que viva el ciborg.