Política y matrimonio
Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 30 de mayo de 2008, 23:08h
La experiencia nos ha enseñado, en esta época de emancipación femenina, que una recta estructura política en el seno del matrimonio no garantiza de forma automática la felicidad y el éxito amorosos. Vemos que esposos que realizan las tareas del hogar al 50 por ciento fracasan en su matrimonio en el mismo o mayor porcentaje que aquéllos en donde esa “equidad política” no se da para nada. Esto, naturalmente, no sorprende a los políticos para quienes la ideología política transciende la mediocre felicidad conyugal. Efectivamente, introducir en un organismo natural como el matrimonio modelos de realidad política (y política viene de pólis, ciudad-estado) no garantiza la dicha doméstica, como ya vaticinase Aristóteles en su Libro Primero de Política, en que llega a contraponer el gobierno doméstico y el gobierno político.
El totalitarismo progre que padece gran parte del mundo “más avanzado” (egresado, por cierto, de la doctrina marxista-leninista) está queriendo convertir el matrimonio y la familia en una institución política que tenga como modelos estructurales los tipos de organización política del Estado y de la sociedad a la que éste debería servir. Ya no les vale con que la familia sea una célula de la sociedad, sino que quieren que sea un clon del modelo de Estado y de Gobierno bajo el que vive. La verdad es que los nazis pretendían lo mismo, pero no les dio tiempo a llegar hasta donde han llegado sus otros camaradas totalitarios, los progres. Es así que el último refugio que le quedaba al hombre, la familia, institución natural, es violada por los focos alcahuetes e ignorantes de una progresía que últimamente se autodefine en hechos tan heroicos y originales como “no estar casados por la Iglesia”, o “no tener los hijos bautizados”. De hecho, me han dicho que una tal Soraya funda su progresismo en esquemas tan audaces, tan valerosos y tan rupturistas como esos. La verdad es que nunca la progresía y el progresismo han llegado a contener tales dosis de mediocridad y despiste. El progresismo serio del siglo XIX y de la primera mitad del siglo pasado se rasgaría hoy las vestiduras oyendo tales estupideces a los que se atreven a llevar la misma etiqueta.
Pues bien, una visión liberal de la política (¿queda en España algún puñado de liberales aún no secluso por apestado? ) debería denunciar estas intromisiones del modelo político y la moral pública dominante en la familia, pues que ni son legítimas ni garantizan el amor conyugal ni la felicidad familiar. Pues que estos bienes innegables y nobles aspiraciones del hombre nacen de la propia “estructura cordial” de la pareja, del misterio divino del amor triunfante, que es un acto recíproco de entrega voluntaria y gratuita, supremo ejemplo de generosidad. El fin del Estado sería fomentar ese amor y situación sublime con ayudas materiales, y nunca con doctrina.
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Doctor en Filología Clásica
MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín
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