Llega a la cartelera española el cuarto largometraje de uno de los cineastas alemanes más prometedores de los últimos años, Christian Schwochow. Al otro lado del muro es un thriller dramático que se centra en las dificultades de quienes cruzaban el telón de acero desde la Alemania oriental a la República Federal Alemana. Una vez superada la frontera empezaba otro infierno de burocracia y paranoia en el que, con otros actores –los Aliados en sustitución de los soviéticos-, el control y la libertad relativizada eran muy similares.
AL OTRO LADO DEL MURO
Director: Christian Schwochow País: Alemania Guión: Heide Schwochow Reparto: Jördis Triebel; Tristan Göbel; Alexander Scheer; Jacky Ido. Sinopsis: Empezar de cero, comenzar una vida nueva y dejar el pasado y la tristeza atrás. Eso pretendieron en los años setenta Nelly Senff y su hijo Alexei cuando escaparon de Berlín Oriental para buscar un futuro en la Alemania del Oeste, supuestamente más hedonista y menos represiva.
Lo mejor: Jördis Triebel Lo peor: Algunas escenas alargadas en exceso.
Ahora sigue pasando. Leemos, escuchamos y debatimos sobre los conflictos internacionales como escenarios lejanos en escenarios políticos y sociales complejos y determinantes que afectan a una masa de personas a menudo informe desde nuestra perspectiva. El periodo de las dos Alemanias sigue alumbrando historias de espionaje, thrillers políticos y películas dramáticas, casi siempre relacionadas con el comunismo y el capitalismo, con los dos bloques perfectamente definidos y claramente diferenciados. A partir de estas dos ideas, el cineasta germano Christian Schwochow (Novemberkind; Die Unsichtbare; Der Turm) crea Al otro lado del muro, una microhistoria sobre una viaje (más emocional que físico) desde la República Democrática de Alemania a la parte occidental sin más motivo que el de seguir viviendo, sin un empuje político determinado, con la tan simple como ambiciosa intención de avanzar.
La cinta se desarrolla a finales de los años 70, tres años después de que la protagonista enviude y se quede sola con su hijo, justo en el momento en que decide coger el poco equipaje que tienen y cruzar al otro lado, en busca de una vida distinta, alejada de los recuerdos. Sin embargo, las luces de neón de la Alemania capitalista no brillan tanto cuando se las mira de cerca. Cambian los actores, pero la presión de los servicios secretos sobre cualquiera que parezca sospechosos bajo el prisma de su subjetividad es la misma a ambos lados del telón de acero. Así, Schwochow filma la cotidianidad de un Centro de Refugiados de Emergencia, una especie de limbo en el que los procedentes de la RDA son puestos a prueba, a base de burocracia e interrogatorio, antes de darles la ciudadanía de la República Federal Alemana. Y allí también existe la Guerra Fría, esa que va carcomiendo los ánimos con sutil firmeza, la que genera suspicacia entre los vecinos y mina con ahogada angustia hasta las personalidades más arrolladoras.
La espina dorsal de Al otro lado del muro es Jördis Triebel (Wolfskinder; Anonyma, Una mujer en Berlín; La suerte de Emma), la actriz que encarna a la protagonista. Premiada por este trabajo en festivales internacionales, la intérprete logra que su misma piel emane ese deterioro injusto y, en este caso en concreto, muy particular que las guerras, tengan la temperatura que tengan, provocan en las personas. La felicidad, el amor supremo por su hijo, la alegría y el optimismo van siendo arrinconados por la desesperanza, la soledad y, sobre todo, el miedo. Triebel hace un trabajo seductor y magnético, que enamora a ambos lados de la pantalla y sabe aprovechar en su beneficio y el de la película un guión cargado de diálogos sublimes, libres de obviedades y artificios.
La cinta goza de una cuidada ambientación, tanto en la fotografía y la iluminación como en el trabajo de peluquería y vestuario, que transporta a un tiempo pasado dividido, a su vez, en dos esferas: la de los alemanes occidentales y la del centro de refugiados.
Al otro lado del muro es una crítica a los maniqueísmos y, sobre todo, a la instrumentalización de los ciudadanos por parte de los poderosos, para quienes no hay lugar a los matices. El cineasta se sirve de una historia concreta para plantear su tesis y, de paso, generar algunos momentos de tensión innegable. Pero no es la acción lo que manda en la película y, de hecho, un final abrupto y repentino –que podrá decepcionar a quienes vayan en busca de un planteamiento-nudo-desenlace clásico- termina de firmar la intención de Schwochow: filmar el trozo de lo que podía haber sido una vida cualquiera en la Alemania en la que el propio cineasta nació.