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NOVELA

Luis Morales: Un amor como éste

domingo 09 de agosto de 2015, 18:14h
Actualizado el: 08/09/2015 18:20h
Luis Morales: Un amor como éste
Funambulista. Madrid, 2015. 352 páginas. 21 €

Por Francisco Estévez

Entre otros factores, un escritor alcanza privilegio de clásico cuando su capacidad de influir en generaciones posteriores resulta decisiva y constante. Cuando los senderos que desbrozó con pluma y exploró con letra son después caminos transitados por legión de escritores futuros. En suma, cuando la demora en las cuestiones consideradas y las vetas principales de su escritura siguen aún latentes con perfiles y rodeos similares a los alumbrados por su escritura. En aquella remota periferia europea que resultaba al cabo, y por no poca voluntad propia, Portugal, siempre mirando más al Atlántico que al continente entero, un oficinista con disimulada vida ordinaria encandiló a las vueltas del tiempo a todos con el embrujo de su vida interior y es hoy día uno de los pocos escritores de todo el siglo XX con pervivencia ya clásica, junto a Franz Kafka o nuestro Juan Ramón Jiménez. La proyección larga de su sombra en el cuarto de siglo de este milenio anuncia el tamaño de su crecimiento. Así, el asedio académico, investigador o ensayístico en torno a la figura y obra de Fernando Pessoa ha sido desmenuzado en esta misma columna al pormenor con excusa de libros como Pessoa y España, Escritos sobre genio y locura o Iberia: introducción a un imperialismo futuro.

Por tanto, no puede extrañar que la vida supuestamente anodina del portugués sea pasto de curiosos y buen fermento de novelas. Luis Morales, quien cuenta con una atrevida antología de esa autobiografía sin acontecimientos pessoana que subtitula Un día en la (no) vida de Bernardo Soares, da un paso arriesgado al contar una historia sin apellidos, en tono menor. El argumento proviene de casi medio centenar de las cartas escritas por el poeta precedidas por el relato O Fernando e eu de mano de su amante Ofélia Queirós. Allí se da noticia, del modo en que Pessoa, entrado ya el otoño de 1919, conoció la atracción primero y el amor después durante poco más de un año por Ofélia. La relación se retomó nueve años más tarde, siempre bajo los cauces de la discreción que ambos profesaron, para menguar al poco, aunque un puente de unión siempre restó. Ofélia es el único amor conocido del lusitano, de ahí el interés por indagar sobre tan escurridizo personaje. Se tiene constancia de unas 230 cartas, casi medio centenar de postales, algunas pocas notas y un par de telegramas. Eliminadas redundancias, ilegibles o textos de escaso interés, en 2013 apareció una selección de tales documentos en lengua original. El texto presente, Un amor como éste, considera dicho material, y ahí su nada despreciable valor, para confeccionar lo que su autor llama “novela [que] reconstruye un amor”, aquí su desacierto.

El prólogo es uno de los géneros literarios más conflictivos y engañosos. Suele ser una poética donde se plasman más los deseos que las realidades. Pocos superan el escollo del prefacio con holgura, ello requiere una conciencia plena del oficio de escritor. Por recordar algunos insignes, maestro del prólogo son, sin duda, Cervantes: “me doy a entender, y es así, que yo soy el primero que he novelado en lengua castellana”, llegó a afirmar, sin punta de vanidad en el preliminar a sus Novelas ejemplares donde, amén de su autorretrato, todo es oro molido; Galdós en aquel prefacio inserto en su Misericordia donde desvela ese tierno pesimismo heredero de Cervantes, o aquel otro prólogo tan postergado sobre La Regenta, para desquicio de su amigo y mejor crítico, Leopoldo Alas Clarín… Sin embargo, las más de las veces muchos escritores patinan en tan escurridizo pórtico al texto. En el suyo, Luis Morales dice respetar al máximo y preocuparse por la fidelidad de los acontecimientos tal y como fueron. Dice poner “todas las cartas sobre la mesa […] trucos literarios, los justos” con el afán de ofrecer “a Pessoa en estado puro”, ¡tamaña osadía! Fácil es decir y prometer, complicado hacer y cumplir. Intercaladas entre cartas se nos ofrece un ficticio relato novelesco que da pie a las mismas. Por desgracia, allí asoma en demasía el autor, que no disimula un narrador incapaz de camuflar trasunta su ideología, impresiones y suposiciones de todo tipo, incluso interpretaciones sobre la vida íntima de Pessoa, varias muy atinadas y al punto probables, pero una vida no basta, ser plural como el universo clamó con fuerza Pessoa en otro sitio. El riesgo es máximo, los resultados medianos. Lo peor es que, en su omnisciencia, este narrador resta libertad cuando parece saber todo sobre sus personajes. Nos quedan, ¡sí!, el regalo de las cartas aquí transcritas, donde late un amor privado como pocos entre dos personas de aguda inteligencia y respeto el uno por el otro. Valga el ejemplo de Fernando en la primera de sus cartas: “Quien verdaderamente ama no escribe cartas que parecen requerimientos notariales. El amor no estudia tanto las cosas, ni trata a los demás como a reos a los que hay que «apretar las tuercas»”; y el de Ophelina en una estupenda de las suyas: “Yo no te considero un hombre normal, y como tal no espero de ti banalidades o futilidades”.

Para leer en buen grado Un amor como éste el lector hará bien en tenerlo por lo que es y no por lo que dice ser. Esto es, olvidar que sea novela y gozar su lectura como una contextualización imaginaria al epistolario de Pessoa más o menos plausible entreverada por notas ensayísticas sobre la figura del portugués. A ratos, aparece también el buen narrador que puede ser Luis Morales. Algunos pasajes entre cartas son de valor considerable. Otros recrean un ambiente de época con cierta soltura y ribetes elegantes. Pero el conjunto queda algo destrenzado, vemos con claridad los hilos que mueven a las criaturas novelescas. Parece que de nuevo el huidizo autor de Libro del desasosiego queda como otro Ulises, que clama: “No soy nadie, nadie. No sé sentir, no sé pensar, no sé querer. Soy una figura de novela aún no escrita, existiendo en el aire y deshecha sin haber existido entre los sueños de quien no supo completarme”. Pero eso sí, uno de los mejores escritores de todos los tiempos, que, aún pertrechado de desasosiego para su escritura, supo admitir: “Hace frío en todo cuanto pienso”.

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