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TRIBUNA

El cansancio de Elías

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 14 de agosto de 2015, 17:22h

El domingo, 9 de agosto, la Iglesia nos proponía una lectura muy sugeridora; la de 1 Reyes 19, 4-8. Cansado de la hostilidad del mundo, siempre inclemente, el profeta Elías, vencido y deprimido, marcha al desierto y, tras una jornada desesperanzada de camino se sentó bajo una retama, y se puso a esperar su muerte diciendo: “Basta ya, Señor, quítame la vida, pues yo no valgo más que mis padres”. Y agotado, tras decir esto, cerró sus resignados ojos, y se quedó dormido. Se sentía derrotado por la vida, y por ello pensaba que ya era el momento de terminarla. Pero Dios no nos da la vida para quedarnos dormidos, para perderla en sestear y morir sin que nuestra vida tenga un sentido, y un ángel le despertó diciéndole: “Levántate, y come”. Y vio Elías que a su lado había un pan cocido en unas brasas y una jarra de agua. Elías, aún con mucha debilidad, comió el pan, bebió el agua, y volvió a echarse para seguir durmiendo. Pero el ángel del Señor volvió a despertarle de forma más contundente, ordenándole con exigencia: “Levántate ya, y come más, que el camino que vas a hacer es superior a tus fuerzas”. Volvió a levantarse Elías más fuerte, volvió a comer y a beber con gran apetito, y con la fuerza de aquel alimento milagroso y la frescura de aquella agua del Cielo caminó cuarenta días y cuarenta noches, hasta el Horeb, el monte de Dios, desterrando el fatalismo y la inedia en que se encontraba.

Diríase que las lecturas se nos presentan cuando su sentido más necesitamos oírlo. Los hombres no debemos huir de la vida social, porque estamos abocados a vivir en sociedad, que es de donde salen los hombres. Estamos en la vida para resolver problemas, pues no otra cosa es vivir, y para luchar por el bien y la justicia. El Mensaje es claro: estamos aquí para trabajar y luchar por el Reino de Dios, cuyos primeros habitantes son los niños y los más débiles. Si los males de la vida nos golpean y caemos, no nos pueden jamás abatir, y alimentados por el pan de Dios, que para nosotros es Jesús, nos volvemos a incorporar, volvemos a coger la cruz que nos toca, y seguimos hacia delante, hasta cumplir con nuestro papel. Nuestro problemas no son una razón para abandonar, sino una oportunidad para vivir y dotar a la vida de un sentido. El reino de Dios es actividad incesante, y quizás sea el mayor pecado para un cristiano la cobardía ante las dificultades de la vida.

El amor de Dios al mundo conllevó la muerte de su Hijo, por lo que nuestra vida debería invertirse en el mejoramiento de ese mundo que Dios ama tanto, de suerte que la Creación no se degrade por el pecado y la libertad desviada del hombre. Amar al mundo es trabajar por el mundo. En este trabajo colosal al hombre siempre le faltan fuerzas y a menudo es derrotado por otros y por sí mismo. Es una tarea por encima de nuestras fuerzas – lo reconocen las Sagradas Escrituras -, y está representada por el mito de Sísifo si no nos proveemos humildemente del pan de Dios. Sísifo representaría el perfecto cristiano en su indesmayable capacidad en reemprender la empresa que su destino le ha encomendado, pero le falta la humildad de solicitar ayuda y alimento a su Creador para rematar su faena. Sin embargo, la actitud de Sísifo nos conmueve, como ya conmoviese al gran Albert Camus. A pesar de sus derrotas diarias jamás se siente vencido, y cada día vuelve a subir la roca que le ha tocado – su cruz – con todo el celo que tiene para llegar a rematar con ella la cima del destino. El que no lo consiga es circunstancial. Su victoria reside en su resistencia al abatimiento y a la pigricia moral. Superior a Elías en su perseverancia, la derrota diaria no le distrae en proseguir la guerra. Su fracaso en cada atardecer es una victoria moral cada mañana. Mientras tenga vida la empleará en coronar su empresa, y esa actividad santificará su vida entera. A Sísifo sólo le falta una cosa para la santidad más merecida: el pan de la esperanza que da Dios a los hombres. No la pesimista esperanza epimeteica, presartriana, sino la esperanza real de la vida eterna, que colma el significado total de la naturaleza humana. El perfecto cristiano, el santo por antonomasia, sería el Sísifo que pone a Dios en el centro de su empeño diario, aunque acabe en derrota, pero nunca definitiva, el Sísifo que pone a Dios en su realidad y en su vida de actividad incesante. Sólo Dios, como realidad primera, puede crear y sostener a los Sísifos que pequeños ante los cíclopes del mundo, acaban siempre ganando la guerra por su santa tenacidad ante el Bien, como bandera de Dios. Dios quiere que los más débiles, pero tenaces, sean los más poderosos, aquellos que son los habitantes del Reino de Dios.

El cristianismo no es una siesta ñoña, es una actividad comprometida y una dura autoexigencia, como sólo las puede provocar el amor de Dios inserto en sus sarmientos.

Pero no nos podemos olvidar de la actividad de Elías; y es que Elías es un profeta. Ante todo el profeta debe escandalizar los oídos de los más poderosos, que son la principal fuente de los males del mundo. Un mundo sin profetas es un mundo sin conciencia. ¿Quiénes serían hoy los profetas en el mundo desde una visión veterotestamentaria? En primer lugar, aquellos políticos que dicen “las verdades del arriero” ante el poder injusto. No necesariamente los políticos de la oposición –que también pueden ser “mali ministri”, esto es, siervos del mal - , sino todo aquél político honrado que quiere eliminar el mal atacando las fuentes del mal. Pues no siempre el poder está en el poder político, aunque desgraciadamente éste a menudo es un instrumento del poder efectivo, del poder del demonio. Con razón el mismo Jesús, en el episodio de las tentaciones, dice al demonio: “Yo ya sé que tú das el poder a quien quieres”. El poder como ámbito del mal frente al Reino de Dios. El profeta denuncia los males del mundo, y en su denuncia está implícita su resolución. Por eso el profeta no puede dormirse; porque el Mal no descansa jamás.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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