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ENSAYO

Agapito Maestre: Podemos. Carta a Carolina Bescansa

domingo 16 de agosto de 2015, 18:08h
Agapito Maestre: Podemos. Carta a Carolina Bescansa

Ediciones del Orto. Madrid, 2015. 186 páginas. 15 €

Por Fernando Muñoz

Agapito Maestre nos ofrece la crónica del ascenso de Podemos. La capacidad comunicativa del autor adquiere importancia cuando sabemos que es precisamente esta comunicación la virtud política esencial, capaz de distinguir viejos y nuevos partidos. “¿Entonces todo se reduce a un problema de comunicación? Sin duda, pero eso no es poca cosa. Es la clave de la política. De la vida”

Maestre prologa su libro al grito de “¡Voluntad de comunicación!” concibiéndolo como una suerte de carta a la persona de Carolina Bescansa. Esta apelación al género epistolar es más que una simple preferencia formal si entendemos que persona o comunicación son dos dimensiones del orden metapolítico que habría de fundar toda cuestión política.

Dimensiones esenciales “de la vida”, que subyace y funda la política de suerte que una política que inhibe esa doble dimensión esencial de la vida humana es mera política o política abstracta.

Maestre sabe que en España apenas existe una prensa liberada del yugo económico-político. Ausencia que explica la respuesta exacerbada ante este movimiento popular. Detrás de esa respuesta está el miedo militante ante un partido que pareciera poner en entredicho las condiciones económico-políticas de una España agonizante. Frente a esa respuesta Maestre reclama respeto para un partidoque se actualiza acompasándose con la sociedad española en la que, pese a la polarización que supone la crisis económica y su gobierno político, no alientan programas de revolución.

Pero más allá de la agitación, a la hora de abordar los elementos mismos sobre los que ha de sostenerse la estructura institucional aparecen las dificultades. La primera se manifiesta en el embarazo ante el uso del nombre de España o pueblo español para referir a la mayoría de esa gente a la que el nuevo partido dice querer dar la palabra. Es general hoy la identificación de España con el régimen resultante de la Guerra Civil y su transformación (dicen algunos “idéntica”) tras la muerte de Franco. Le sigue la proyección sobre el conjunto de la historia de España de la estimación negativa que merecería el franquismo. Es lugar común, tanto a izquierda como a derecha, la certeza de que España no existe como realidad histórica, sino que se trata únicamente de un Estado que recae sobre una pluralidad de pueblos y naciones. Desde ahí es fácil asumir la leyenda negra de un modo absoluto y, acaso, definitivo.

De este modo, frente a la inequívoca Venezuela del chavismo o la Grecia indudable de Syriza, encontramos un populismo sin pueblo. Auténtica anomalía que podría encontrar fundamento en la historia misma de esa España que, a comienzos del XIX, se constituyera en nación política. Desde el último tercio del siglo pasado ese carácter de nación política y el consiguiente de español han sido oscurecidos por un asombroso ciudadanismo que antepone el carácter de ciudadano al de español, como antepone la forma del Estado a la realidad histórica de España, como si tuviera algún sentido un Estado abstracto, sin la sociedad histórica sobre la que esa forma política recae.

Pero ser español es anterior en todos los sentidos a ser ciudadano, como la singular historia de España trasciende su conformación como nación política. Y la singularidad de esa historia de España, anterior a su constitución política nacional, puede resumirse a un rasgo muy significativo a los efectos de nuestras tribulaciones. En efecto, acaso el esfuerzo español por sobreponer el título de cristiano, al de español y, por supuesto al moderno de ciudadano, explique la curiosa transposición que padecemos. Para la Monarquía Católica ser católico resultaría anterior, en todos los sentidos, a ser español. Y ése fue siempre el signo de su imperialismo. Por eso resultará especialmente sangrante que un Papa extraviado niegue todo valor a la misión católica llevada a cabo por España.

También el nuevo partido se verá obligado a definir el lugar de los estados nacionales en Europa y en el caso español habrá de afrontar el pretendido derecho de secesión o decisión. Su potencia de comunicación se verá en la respuesta.

Maestre define la naturaleza de la nueva formación por la fluidez y la velocidad, rasgos que se atribuyen comúnmente a las nuevas sociedades resultado de la globalización. En una sociedad semejante, el éxito electoral parece depender de “la agilidad, la levedad, la desenvoltura y, sobre todo, la velocidad”. La morfología inestable del partido se acompasaría con la forma de la sociedad española de nuestros días cuyo rasgo más inquietante -compartido con las sociedades sumergidas en el agua regia de la globalización- es su composición inestable. Esa inestabilidad alcanza a todas las dimensiones de la realidad antropológica al punto de adquirir cada día mayor relevancia antropologías alternativas de cariz post-humanista. La difícil resolución de la “cuestión nacional” unida a una indefinición, no ya de la ciudadanía española sino de la idea misma de hombre llevan a los portavoces del nuevo partido-ameba a posiciones cósmicas propias del humanitarismo más abstracto, en continuidad con un discurso moderno que ha avanzado en la dirección de la negación de la naturaleza humana y del orden antropológico en nombre de una construcción ilimitada de la propia condición. Ante estas posiciones, pudiera suceder que las virtudes comunicativas de Podemos no fueran otra cosa que la potencia de propaganda de un agregado sin estructura que ha sabido usar las redes sociales y los nuevos medios de difusión para extender su perspectiva negativa sobre el presente económico-político, contando con la dudosa fortuna de un resentimiento masivo que la crisis económica ha hecho finalmente visible.

Es indudable el hundimiento del modelo institucional heredado, pero es simple corolario del ocaso de un tejido comunitario anterior. En España ha desaparecido el fundamento de una verdadera comunicación – empezando por la lengua común de los españoles –.Al margen de ese tejido solo hay una atención dispersa a las tecnologías de la información y la difusión que produce el efecto buscado de un estado de constante alerta y de negación icónica e inmediata del estado de cosas vigente.

En correspondencia la comprensión de la acción política se atiene a su reducción a un enfrentamiento del que habrá de resultar un nuevo equilibrio de fuerzas. También su política es mera política, incapaz de una unión común histórica y determinada. No habita un pueblo, donde sólo subsiste la gente. Las páginas que ahora nos ofrece Agapito Maestre, contra su vitalismo racional y su voluntad de comunicación ponen de manifiesto antes una ausencia que una realidad. No es extraño que su patriotismo resulte melancólico.

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