TRIBUNA
El colonialismo
martes 18 de agosto de 2015, 13:21h
No pasa un solo día sin oír esos estruendosos aldabonazos que los habitantes de los países más pobres dan en las puertas de Europa. Orgullosos mocetones encaramados en las verjas, agónicos espectros, casi vivos, casi muertos, enlatados en pateras y arriesgados perforadores de nuestras fronteras, nos reclaman, diariamente, un pretendido derecho a compartir nuestras riquezas, que nos esforzamos en ignorar o negar.
Guardamos, en culpable silencio, nuestra actividad depredadora en sus países durante siglos, pero la mezcla de razas producida por la colonización, el vergonzantemente oculto tráfico de esclavos y las fronteras trazadas con tiralíneas, sin el menor respeto a la cohesión de razas y pueblos, que contemplamos en los mapas, nos delatan. Ahí está la mano del hombre blanco, del feroz europeo.
Durante siglos, este, ha buscado en esos países riqueza y expansión. Su acción sobre los autóctonos ha ido desde la parcial eliminación hasta la aniquilación, pasando por el mestizaje y el apartheid. El trato económico ha consistido en la impune esquilmación de sus riquezas y la exportación de las propias a los colonos y a la población aborigen con posibilidades de compra.
Este proceso colonizador se detuvo por el empuje de Rusia y Estados Unidos que, aupados al nivel de primeras potencias en la segunda guerra mundial, buscaban mercados propios disputando las colonias y zonas de influencia a los europeos. Para conseguirlo recurrieron a disculpas ideológicas, atizando guerras de emancipación que acabaron con el colonialismo.
Consiguieron, así, participar en el festín esquilmador, pero eliminaron, de raíz, el componente de responsabilidad de la metrópoli hacia la colonia. El colonialismo que tuvo, durante mucho tiempo, una intención puramente utilitaria, fue interrumpido así, precisamente, cuando entraba en una dinámica que ya producía mejoras en los países colonizados que, abandonados a su suerte entraron en un descontrol interno del que todavía no han logrado salir, aumentando su pobreza material que ha llegado, en muchos de ellos, a estado de caos guerracivilista y hambruna permanente.
Pero, ahora, estas poblaciones, animadas por los medios de comunicación y acuciadas por su desesperación, tratan, aun a costa de sus vidas, de alcanzar las costas de Europa más próximas, en busca de nuestras migajas que ellos consideran un festín al que todos estamos invitados, ellos y nosotros.
Intentamos, ahora, con gestos que nos recuerdan nuestro antiguo refrán de coger agua con un cesto, poner barreras a la incontenible invasión de desesperados que es imposible integrar y que pone en peligro nuestro nivel de riqueza y convivencia.
No se ve solución a este problema, cada vez más acuciante y las actitudes van desde el “buenismo” que pide amparo total sin examinar las consecuencias posteriores y que se tradujo en el zapaterista “papeles para todos”, hasta el uso de la violencia para impermeabilizar las fronteras.
Los más perjudicados, ante los oídos sordos de algunos, exigen soluciones rápidas para compartir los daños que causa la invasión y muchos claman por intervenir en esos países para ayudarles a prosperar.
Esta idea sería la más eficaz pero no podemos, lógicamente, disponer, dentro de ellos, actividades que chocan con su soberanía, aunque sean en su beneficio. Aportar dinero a sus gobiernos, sin ningún control, ya ha demostrado su ineficacia además de ser fuente de corrupción. Alguien tuvo el acierto de describir la acción como el trasvase de ahorros de los pobres de los países ricos a los ricos de los países pobres.
Quizá habría alguna fórmula para que las antiguas potencias colonizadoras pudieran ejercer de motores en sus antiguos ámbitos de influencia, apoyadas, ahora, en la lengua común, en el tramo histórico compartido y hasta en sus relaciones, a veces, no interrumpidas.
En cuanto a España, nuestra línea de acción exterior debería de estar clarísima si no fuéramos un país aquejado de Alzheimer crónico:
Defensa firme de nuestra frontera sur, camino, desde los albores de la humanidad, de infinitas invasiones, pacificas y belicosas, que han llegado a poner en vilo nuestra vocación europea. Recordad aquella maldición: “África empieza en los Pirineos”, que por siglos llego a ser un hecho.
Aprovechamiento, al estilo británico, de nuestra integración en Europa que nunca nos retirará sus reticencias sobre nuestro pedigrí.
Colaboración generosa y sin vacilaciones con Iberoamérica en la que se conserva vivo el sentimiento, a veces negado, de pertenecer a la misma familia.
Afortunadamente parece que España activa esa colaboración, curiosamente, con el capitalismo empresarial como punta de lanza. También La Corona trata, con su presencia, de enmendar los siglos de ausencia en los que Iberoamérica le sirvió sólo de tesoro para derrochar en sus locuras europeas.
Difícil problema. ¿Pero cuando la pobre humanidad los tuvo fáciles?
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Pintor
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carasajesusgmailcom/11/11/17
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