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TRIBUNA

La custodia compartida y el Estado de derecho

miércoles 19 de agosto de 2015, 20:29h
Divide y morirás, terrible sentencia para ciertas parejas cuando media una desventurada ruptura en su relación e interviene la custodia compartida de los hijos en común. Si traumática puede llegar a ser la desunión de la pareja, más cruel, si cabe, es la experiencia para los descendientes. Nadie conoce el razonamiento, tampoco lo arbitrario que puede llegar a ser una mente ajena, lo que sí es cierto es la sucesión de casos que parecen desafiar la cordura humana para dar paso a la venganza más atroz que cualquier ser no adscrito a la perturbación del propio odio pueda permitirse. Matar a los hijos para dar castigo de cadena perpetua a la otra parte, léase la ex cónyuge o la ex pareja, toma carta de naturaleza en sórdida maledicencia. Para los presuntos ahora no cabe más que la fijación en matar a la otra parte por entender que con ello hay falta de sufrimiento o no lo suficiente; de ahí que prefieran condenar a la madre o al padre mediante una tortura de por vida optando por asesinar a los hijos habidos entre ambos.

Dentro de la sociedad nos estamos acostumbrando a un extraño complejo de dolor ajeno bastante peligroso y con ello a la benevolencia con el castigador, a la verbigracia de juzgar en paralelo y a la inanición ante una doctrina que pondera al reo y atormenta a la víctima o a sus familiares más allegados. Muy peligrosa, como decía, la pasividad ante tanta sustancia emanada del trato desigual que se practica al dictado de sentencias; por eso repugna la estadística cuando en España son ya 33 las víctimas mortales por violencia de género en lo que llevamos del 2015, y 6 los niños asesinados por sus padres durante el régimen de visitas. Por estadística que no quede, 46 menores sacrificados en la última década, de los cuales 23 no lo fueron en presencia de la madre, sino en el período de la custodia compartida correspondiente al varón.

Matar, maltratar, vejar, acosar, someter a vergüenza ajena trae órdenes de repulsiva conducta social para todo aquél que aspire a representar una sociedad mejor. No debemos caer en la anestesia del crespón negro, ni tan siquiera en lo inútil del minuto de silencio. No se trata de eso, porque el devenir de un pueblo viene de la mano de una sola exégesis: la educación gobernada desde la raíz, pero eso sí, acompañada de una justicia ejemplar. Platón enmarcaba la justicia como un elemento de armonía social proponiendo para la organización de una convivencia ideal, que los gobernantes se transformaran en los individuos más justos y sabios, o sea en filósofos; o bien, que los individuos más justos y sabios de la comunidad, es decir, los filósofos, se transformaran en sus gobernantes.

Ese es el origen de la maldad consentida, la falta de gobierno y sus atribuladas conductas son las que hacen que una sociedad sea tan desigual como la nuestra, donde el que delinque atesora privilegios mientras la víctima queda al desamparo de su frustrada y frustrante existencia. Créanme, es cultura de gobierno la que debe impartirse en las aulas más precoces para enseñar que la Justicia auténtica e independiente es la vía de protección para fortalecer al honesto. No cabe otra en un ser educado que el saber que detrás de una institución familiar está el amparo de un estado de derecho que no le va a defraudar. Por desgracia esa es nuestra carencia cuando la violencia de género nos martiriza a diario y lo que es peor, se trasgrede el límite de lo irracional con la técnica de hacer sufrir a perpetuidad al padre o a la madre matando a los propios hijos.

Creo que es momento de reflexionar y hacer un esfuerzo solidario para educarnos en la materia, de lo contrario este país, léase contenido y continente, se irá al mismísimo carajo hasta convertirse en un miserable lugar de conformismo cómplice. En fin, lo más preocupante, y como muy bien dice mi admirado e insigne Don Luis María Anson: “Pero aquí no pasa nada, no pasa nada”.
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