La dimisión de Tsipras certifica el fracaso del populismo
viernes 21 de agosto de 2015, 00:29h
Durante todo el proceso de negociación entre Grecia y la Unión Europea (UE), Alexis Tsipras actúo como un experto en ganar tiempo y como un verdadero prestidigitador a quien le gustan los golpes de efecto. Muchas veces se comprometió a presentar propuestas que no llegaban el día anunciado, o a hacerlo con un contenido que no era el acordado, por lo que no podía llegarse a nada. Las condiciones de la UE, que nunca aparcó la solidaridad con el país heleno, estaban claras pero el Gobierno de Syriza convirtió la negociación en un largo y tortuoso proceso, con sorpresas, como el cambio del polémico Yannis Varoufakis por Euclides Tsakalotos y el órdago del referéndum. En ese referéndum los griegos le dijeron que no estaban de acuerdo con las condiciones, siguiendo el consejo del propio Tsipras que, comportándose como juez y parte, hizo campaña por el no. Luego, sin embargo, tuvo que convencer a sus compatriotas de lo contrario, después de presentar él mismo una propuesta incluso más dura de la que le proponía desde el comienzo la UE.
Esa misma táctica es la que intentó poner en marcha ante la rebelión del ala más radical de Syriza. Tras una purga en su Gobierno de los ministros rebeldes, un ataque a los insurrectos, y el recurso de convocar un referéndum, en este caso dentro de Syriza, Tsipras consiguió que el Parlamento griego aprobara las condiciones del rescate. Pero las heridas no se cerraron y el cisma de la coalición de izquierda radical estaba servido. Europa ha dado luz verde al tercer rescate a Grecia, pero el primer ministro no ha podido seguir sacándose conejos de la chistera y, acosado por sus propios correligionarios, ha dimitido. Después de que el presidente griego dedique los próximos días, según exige la Constitución helena, a consultar a las fuerzas de la oposición si tienen apoyos suficientes para formar Gobierno, lo que es muy improbable, se convocarán elecciones.
Todo lo ocurrido en Grecia es una muestra palpable del absoluto fracaso del populismo. Si llega al poder, salen a la luz sus enormes contradicciones al toparse de bruces con la realidad, por mucho que los vendedores de humo quieran ocultarlas. Alexis Tsipras y Syriza pusieron de manifiesto una soberbia y una falta tan total de realismo que solo conducían al desastre. Ahora Grecia se enfrenta a un futuro en el que cuenta con la ayuda del rescate europeo y permanecerá dentro del euro. Una ayuda que evidentemente exige sacrificios, pero como se ha demostrado en otros países, entre ellos España, es la única política que permite vislumbrar la salida de la crisis y crecer. Y, en las elecciones, deberá decidir si sigue escuchando los cantos de sirena o ha tomado nota de todo lo que han supuesto. Y quien reciba la confianza en las urnas habrá de apostar por convertir de una vez por todas a Grecia en un Estado moderno que le posibilite progresar. No en el país de las maravillas falsamente prometido por el populismo de Syriza y Tsipras, que, al final, ha caído por sus propios errores y añagazas. El caso griego es claro aviso para navegantes.