AMAR, BEBER Y CANTAR
Director: Alain Resnais
País: Francia
Guión: Laurent Herbiet, Alex Reval y Jean-Marie Besset, basados en la obra Life of Riley de Alan Ayckbourn
Reparto: Sabine Azéma , Hippolyte Girardot, Caroline Silhol, Michel Vuillermoz, Sandrine Kiberlain , André Dussollier.
Sinopsis: En medio de los ensayos de una obra de teatro amateur, Colin y Kathryn reciben la noticia de que a su amigo George Riley le quedan pocos meses de vida. El matrimonio lo invita a que se una a ellos en la obra, lo que desatará un torbellino de emociones, no sólo para Kathryn -quien fuera el primer amor de George-, sino también para sus amigas Tamara y Mónica y sus respectivas parejas.
Lo mejor: El equilibrio entre los personajes, los diálogos, la planificación teatral. El final.
Lo peor: Con veinte minutos menos de metraje, la cinta hubiera ganado en ritmo. La originalidad de la realización pesa a veces sobre el ritmo.
Amar, beber y cantar pone en escena a seis personajes, tres parejas entradas en la cincuentena que, mientras preparan una obra de teatro con su grupo 'amateur', se enteran de la enfermedad terminal de un amigo común: George Ridley. Él se convertirá en el centro de la trama, de las conversaciones y del devenir de los personajes sin aparecer físicamente ni un solo segundo en pantalla. Como una especie de gigantesco Macguffin, George enciende la mecha de los acontecimientos cuando, en un intento de sus amigos por animarle en sus últimos meses de vida, le invitan a participar en el montaje teatral. A partir de entonces, el desconocido será el motor de la historia sin que sea su destino lo verdaderamente importante, sino más bien el efecto que produce en los demás, como un despertar de la monotonía, una inyección de adrenalina, una reinterpretación del amor y un abrazo a la vida.
En realidad, George Ridley actúa como
una especie de alter ego del propio Resnais, que dirige a sus personajes y los invita a ser felices en su ausencia, ahora eterna.
Amar, beber y cantar parece haber sido concebida a sabiendas de que iba a cerrar una prolífica e inimitable carrera cinematográfica. Si bien es cierto que en los dos anteriores trabajos del francés ya se percibía ese aura de despedida, es esta historia sobre la pizca de locura necesaria en la vida un adiós redondo y mágico, tanto en su forma como en su fondo, de uno de los máximos representantes de la
Nouvelle Vague.
En
Amar, beber y cantar, Resnais vuelve a una de sus grandes inquietudes temáticas:
el pasado y la memoria como esencia del presente de las personas/los personajes. El realizador remueve la juventud de sus criaturas para recordarles quiénes son y animarles en un camino vital que roza el tedio. Como George en la ficción. Resnais exprimió hasta su último aliento uno de los pilares de la corriente que fundó junto a
Truffaut o Godard: el cine como vía de autoconocimiento del autor, que bebe de experiencias o intereses personales. Como George a sus amigos en la ficción, Resnais quiere coger a su público por la pechera y decirles que la vida, incluso una de 91 años como la suya, es corta y maravillosa.
La cinta homenajea también a la ruptura con la narrativa clásica que supuso aquel movimiento abanderado por jóvenes e ilustrados cineastas franceses a finales de la década de 1950, al tiempo que juega con otra de las obsesiones de la cinematografía de Resnais:
la mezcla de artes. En este caso, el
teatro no sólo es el elemento narrativo de conexión entre los personajes, que se reúnen para ensayar su obra, sino que se contagia a la escenografía y la realización.
Amar, beber y cantar se desarrolla en decorados deliberadamente artificiales y se divide en tres actos separados con intertítulos que emulan a
los albores del cine. La
ilustración sustituye en la cinta a los planos de situación e incluso las interpretaciones, expresivas y grandilocuentes de la mano de un elenco de
brillantes actores también asiduos al universo-Resnais, evocan al teatro y al cine más primigenio. Mimo también para la
música, que parece salir del directo de una orquesta para reforzar el dramatismo de las escenas clave y acompañar al espectador en las transiciones.
Amar, beber y cantar es una sucesión de escenas, conectadas entre sí con recursos visuales intencionadamente básicos y configuradas en base a diálogos bien construidos. Es un canto a la vida, a
buscar el equilibrio entre la madurez y la responsabilidad sin olvidarse de cómo vivirla, a deshacerse del ‘qué dirán’ ("¿Qué parecerá?", repiten constantemente los personajes en la cinta) y dejarse picar de cuando en cuando por la ‘vida loca’. Un bonito obituario a medida para un grande del cine.