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TRIBUNA

En la cuna del catalanismo actual (II)

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 21 de agosto de 2015, 20:06h
Pese a la escasa perspectiva usufructuada aún por el observador, es cada día más clara la plenitud con que la burguesía catalana viviera este tramo crucial de la contemporaneidad española englobado bajo el término de tardofranquismo. Sin establecer paralelismos, a menudo arriesgados o inexactos, es sin duda evidente la autosatisfacción provocada en su memoria al reconstruir dicho ciclo. La desazón producida en su ánimo por el colaboracionismo con la dictadura se contrapesaba de ordinario con la gozosa evocación de un ayer en el revalidó sus títulos de legitimidad para liderar el camino de su pueblo y, con él también, el del resto del país en favor de una convivencia plural y democrática, de la que Catalunya fuese pieza descollante. En un contexto bien distinto al de la eclosión de la Renaixença, su revival en los decenios centrales del novecientos devolvió al Principado su protagonismo axial en la construcción de la España más reciente, renovando, parcial o completamente, el mesianismo que alimentara su destino en las épocas más gloriosas.

A ello, contribuyó en forma muy alzaprimada, aunque con frecuencia en la actualidad opacada o silenciada, la sobresaliente actividad de muchos catalanes en los aparatos del Estado, como lo prueban, entre otros ejemplos, el papel de Joan Sardá i Dexeus (1910-95) al frente del Servicio de Estudios del Banco de España o, en grado más elevado, el del barcelonés Laureano López Rodó, auténtico artífice del diseño que revistiera la última formulación del régimen franquista, en franca y acentuada apertura hacia la monarquía restaurada. Esa envidiable joya de la literatura memorialística que constituyen los meticulosos y muy sobrios recuerdos del citado administrativista –ninfa Egeria innegable y absorbente de toda la actuación política de la eminencia gris de Franco, el almirante santanderino Carrero Blanco- prueba hasta la saciedad, sobrepasando el plano personal, lo antedicho.

Pertenecía a la naturaleza de las cosas y a una mínima lógica del formidable proceso evolutivo en que se hallaba embarcado un país modernizado en sus estructuras vitales socioeconómicas como nunca hasta entonces, el que el campo o terreno de las ideas asistiese a transformaciones de idéntico calado. En una sociedad en la que, a socaire de la completa revolución educativa registrada a partir del ministerio del gaditano Lora Tamayo y, primordialmente, del valenciano Villar Palasí, se sentaran firmemente las bases de una cultura generalizada y de masas, Catalunya ocupó sin tracto alguno el lugar privilegiado que le correspondía. Bien que ya no fuera casi en exclusiva la fábrica de la nación, en el mundo del pensamiento y en el de las letras y las artes, se erigió ahora, por derecho propio, en el faro y referente más incontestado del avance imparable de una colectividad acezantemente afanosa de una cultura sin complejo alguno de satelización o ancilaridad.
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