La Feria de Málaga dice adiós… con las bragas en la mano. Ni los toros, ni las casetas, ni el flamenco, ni el ‘rebujito’. La cita por antonomasia de la ciudad andaluza se recordará este año por las declaraciones “desafortunadas” –según las ha calificado su propio partido- de la concejal de Fiestas malagueña, Teresa Porras. Hace justo una semana, Porras invitó a sus vecinos al civismo argumentando que en la pasada feria “las niñas iban con las bragas en la mano para que se le secaran”. El asunto no deja de colear, y es que unas bragas dan para mucho. Si no, que se lo pregunten a
Josephine Witt, la joven que saltó en abril sobre el escritorio del presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, en plena rueda de prensa. Un descuido en el fragor del momento hizo que sus bragas ocuparan más portadas que el motivo de su protesta. (Nota: a los actos reivindicativos, tiro alto). Así es.
No es de extrañar que los trastos políticos hayan saltado en todas direcciones tras las palabras de la señora Porras, sobre todo en los tiempos preelectorales que corren. Y poco queda ya que decir sobre la necesidad o no de un ‘mea culpa’ público o, más, de una dimisión (¿En España?). Pero el asunto merece hilar fino por ser, en realidad, uno de muchos; más visible, protagonizado por un personaje público y en un escenario poblado de medios, pero en ningún momento aislado. Quienes han defendido, o al menos excusado, las polémicas declaraciones -Porras incluida en su disculpa emitida este mismo viernes- han aludido a una malinterpretación de la intención de la concejal, expresada, quizás, con palabras poco adecuadas. Y a pesar de la mofa interminable con el radical y ya añejo ‘miembros y miembras’ de Bibiana Aído, lo cierto es que el lenguaje está cargado de sexismo. Leve, entre líneas, a menudo imperceptible para el que lo usa, pero está. Presumiendo su inocencia, asumiendo que su comentario refería a un “incivismo” de género neutro, ¿habría hablado Porras de niños con los calzoncillos en la mano? No se trata de un ‘y tú más’ o de escrutar con suspicacia cada comentario público lápiz rojo en mano, sino de pensar en global y examinar una realidad que subyace de cada polémica magnificada o no, sacada o no de contexto e intereses políticos aparte.
Se ha extendido el uso del concepto ‘micromachismo’ para referirse a esos hábitos, rutinas, detalles más o menos sutiles a los que no se da importancia en el día a día, cuyo impacto individual no es significativo pero que, en conjunto, no son sino reminiscencias de una sociedad que, quizás, no está tan desintoxicada de su machismo pasado como parece a simple vista. Hemos evolucionado. Mucho. El mundo ha evolucionado. Esta misma semana, la teniente Shaye Harver y la capitán Kristen Griest se han convertido en las
dos primeras soldados en graduarse de la Escuela Rangers del Ejército estadounidense. Es una buena noticia que se produce a la par que la
denuncia de una menor en el País Vasco de haber sufrido, junto a sus tres hermanas pequeñas, una ablación genital mientras estaban de vacaciones en Mali, el país de origen de sus padres; a la par que la enésima muerte de una mujer a manos de su pareja o ex pareja; incluso –y en un plano más frívolo-, al mismo tiempo que la modelo Cara Delevigne ha anunciado su –también enésima, todo hay que decirlo- retirada de las pasarelas por la presión que sobre la mujer ejerce la industria de la moda y la “sexualización” a la que se ha visto sometida desde que era apenas una adolescente.
Tampoco es de extrañar que haya quien se escandalice por utilizar en un mismo discurso una frase sacada de contexto, las declaraciones de la ‘top’ de moda y una mutilación bárbara o la violencia de género. Y no, claro que no es lo mismo. No se trata de una comparación, no; pero sí de grados distantes entre sí que emanan de una misma fuente y que merecen, cuanto menos, un examen.
Un día de este mes de agosto, en la inauguración de las fiestas patronales de un pequeño pueblo de cuyo nombre no quiero acordarme, el Alcalde terminó el pregón diciendo que “los discursos, como las minifaldas, cuanto más cortos y más enseñen, mejor”. No es un personaje público ni había cámaras que recogiesen sus palabras. Todo quedó en un murmullo discreto ante la anécdota jocosa previo a los aplausos y la jarana anual. Pero la cosa va de bragas.