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EPISTOLARIO

Vicente Aleixandre, Miguel Hernández y Josefina Manresa: De Nobel a Novel. Epistolario inédito

domingo 23 de agosto de 2015, 18:44h
Vicente Aleixandre, Miguel Hernández y Josefina Manresa: De Nobel a Novel. Epistolario inédito

Transcripción, edición, notas y preliminar de Jesucristo Riquelme. Espasa. Barcelona, 2015. 648 páginas. 39,90 €. Se publican por vez primera algunas de las cartas, repletas de amistad y emoción, entre dos poetas imperecederos de las letras españolas del siglo XX.

Por Francisco Estévez

Cartas que son visitas, reza el bello subtítulo de este epistolario transido de emoción, de tragedia, de cariño, en suma, de vida, que aúna a dos poetas mayores del siglo XX español, con perdón de aquellos mayúsculos que están en la memoria de todos (sobra recordarlo y precisa apuntarlo a diletantes: Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado). La generosidad de Vicente Aleixandre desde su retiro madrileño (aquel del exilio interior, obligado por enfermedad), en la famosa casa de calle Velintonia, ahormó buena parte de la poesía de aquellos años crueles de guerra y duros de posguerra. Aquella casa de la poesía fue para todos. Se celebraron famosas lecturas poéticas y estrenos de inéditos, como el del drama La casa de Bernarda Alba de Lorca, incluso de manera subrepticia, los Sonetos del amor oscuro del granadino. Francisco Brines bien lo recuerda: “En aquella casa el importante no era él, sino el que llegaba a él”. Y, cómo no, se volcó con Miguel Hernández. La distinción orteguiana entre vida y poesía queda suspendida y en buena mezcolanza una en la otra y, a fuer de ser la segunda como la primera, así en la biografía y obra del “poeta pastor”.

El compromiso humano, más allá de lo social y lo político, por encima de tiempos y circunstancias, más allá de su entorno poético en el que podría haberse atrincherado con cierta holgura. Como otros, Rafael Alberti y su displicente compañera, María Teresa León, aquella organizadora del II congreso de intelectuales en mitad de la guerra, que abofeteó a Miguel Hernández. La anécdota cuenta que, a vuelta de las escaseces del frente, Miguel Hernández, siempre sin mordaza, siempre de lengua fresca y transparente, se encontró con un festín poético y gastronómico en Madrid y afeó la conducta a Alberti. Pertenecía Miguel al pueblo y no a ese señoritismo, por eso nunca le aceptó Federico García Lorca, quien siempre pedía que largaran al pastor.

Este volumen se abre con unas evocaciones de Miguel Hernández trazadas por la mano diestra del Premio Nobel. Debieran ser lectura preceptiva para diletantes. En especial la primera donde hay un retrato preciso del oriolano, de florida belleza: “Unos ojos azules, como dos piedras límpidas sobre las que el agua hubiese pasado durante años”. Por demás, rescatadas de un baúl de haya se recogen las cartas que Vicente Aleixandre dirigiera a Josefina Manresa. En ellas enseña a la viuda del poeta a editar su obra de manera paulatina para aumentar la vitalidad y presencia de la poesía hernandiana en el medio español. De mayor interés si cabe son las cartas enviadas al autor de El rayo que no cesa. En total 309 cartas inéditas, 26 dirigidas a Miguel Hernández, 282 a su esposa y viuda, Josefina Manresa. La mayoría de las cartas versan sobre lo menudo de la vida en su cotidianeidad de penuria en la España bélica y posbélica.

Pero trasudan emoción por un arte, amistad filial entre poetas, así como las maneras de velar por la obra hernandiana para difundirla con acierto. Aleixandre fue un guía literario, según Riquelme, pero más aún un amigo íntimo. En efecto, Lorca nunca brindó amistad al oriolano, por su alergia rústica, al decir de María Zambrano. La amistad con Pablo Neruda estuvo teñida en exceso de fervor ideológico. Aleixandre además fue el mejor valedor de la obra hernandiana hasta los años 60. Junto al autor de ese jalón de poesía de la posguerra que es Hijos de la ira (1944), Dámaso Alonso, participó en la labor de difusión de la obra de Miguel Hernández, al entender, no solo su alto grado de valía, sino también el acabado modelo moral, de compromiso, de humanidad, que exuda Miguel Hernández. Leopoldo de Luis, quien compartió páginas con Miguel Hernández en el volumen colectivo Versos en la guerra (1937), retomó la importante labor de Aleixandre al preparar en colaboración con Jorge Urrutia la introducción, el estudio y las notas de la Obra poética completa (1976), véase análisis aquí.

Estas cartas encierran una amistad íntima, de hermanos, quien goza de tal sabe a qué me refiero; esa amistad que contamos con los dedos de un muñón. La primera carta data del 27 de julio de 1935, trufada ya de amistad entrañable. Miguel lo llamaba cariñosamente Vicentazo, y, de algún modo, representó para Aleixandre un hermano menor al que confiesa su verdadera pena: “Me siento preso, desterrado, y golpeo más paredes en las que no me oyen”. Pronto comienzan las intimidades, Aleixandre bromea al enviar las suyas con destinatario conciso: “A Miguel Hernández, poeta”. La amistad es sólida hasta el punto de confesar Aleixandre: “Prefiero que me escribas corto y frecuente. Ya sé que el silencio no es olvido, pero gusta ver la letra”. La hermandad les viene de la vida intensa: “Contigo, que sabes de amor y de muerte, puedo hablar de estas cosas”.

El hispanista Darío Puccini destacó en su día la influencia de Aleixandre en la poesía de Hernández. Riquelme insiste en esta introducción con buena argumentación, datos al caso y ejemplos de relieve. Mucho antes, enseñó el argentino Julio Herrera: “Dime cómo amas / y te diré quién eres”. No poca similitud hay en la concepción del amor en poemas como “Los amantes enterrados” de Aleixandre y el “Vals de los enamorados y unidos hasta siempre” de Hernández. Sin embargo, Miguel pronóstico con acierto: “No tengo influencias, solo precedentes”. No era necesario llevar tanta leña al bosque, más de 600 páginas entre cartas, introducción, notas…, o quizás sí. La actual barbarie deforesta rápida los nutridos bosques de la cultura. Miguel Hernández floreció como los naranjos a pesar de la guerra, por encima de ella. Si bien, los desvelos y amistad de Vicente Aleixandre abonaron la fértil obra. Aquí el testimonio. Vicente Aleixandre era bien consciente: “Se muere el hombre. Pero nace el mañana”.

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