Es lo que tiene la trifulca saducea, que nunca se acaba de ver si unos van o si vienen, si defienden a Cervantes o lo vuelven a enterrar en el convento de las Trinitarias Descalzas para poner su libro en el estante, si son o no son sus “amigos”. Emboscan tanto sus intenciones que hacen del negocio virtud y al final aparecen ante la opinión pública como los héroes salvadores de las letras hispánicas... pasando por caja. Lo que pasa es que aquí hay un desconcierto y una crisis de identidad, pero no solo con la literatura, sino con todo en general. Ya estamos en ese momento impreciso de los centenarios y del “esta es la mía”, la coartada del celestinaje cultural.
Hace unos días un periodista de la agencia France Press se puso en contacto con nosotros y nos preguntó nuestra opinión sobre las recientes “adaptaciones” de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha que acaban de dar a la imprenta Arturo Pérez-Reverte y Andrés Trapiello, dos escritores de cuyo estilo disfrutamos y cuyas calidades literarias admiramos y seguimos. Repentizamos, llevados por nuestra pasión por la que unánimemente es considerada la mejor novela de todos los tiempos, y dijimos, con licencia poética y guiño de lance, que lo que habían hecho era un “delito de lesa literatura” porque la novela inmortal se estaba volviendo mortal. Uno, que es de natural biblioadicto, suele hablar con los libreros que tiene más a mano; pues bien, el negocio de ventas a Trapiello y al autor de Alatriste les ha salido redondo, pues según nos cuentan en las librerías madrileñas, la novela original, la cervantina, ya no la compra ni lee nadie, mientras que todos adquieren su sucedáneo, ora de uno, avalado por la R.A.E. –que tiene bemoles–, y ora de otro, lanzado por el grupo planetario en uno de sus sellos más prestigiosos.
Ante nuestras declaraciones en defensa de Cervantes ha salido a la palestra Catalina Villa en su columna de El País de Colombia, en rauda defensa de Trapiello, diciendo que “no hay manera de leer de corrido” El Quijote –a la que califica de “divertida obra”, cosa muy discutible y no solo– y que “ese castellano del siglo XVII ya ni lo hablamos y poco lo entendemos cuando lo leemos”. Villa afirma que hemos dicho que sendas “traducciones” de español a español representan un delito de lesa “humanidad”, poniendo en nuestra boca algo que no hemos dicho. Debería repasar la cita o, simplemente, no echar más leña al fuego cambiando la palabra “literatura” por “humanidad”, comprendiendo el juego verbal en su justa medida. Nos califica de eruditos, cosa que no nos hemos considerado nunca, sino meros lectores y divulgadores de los valores de la obra original –salvo los casos justificados de las ediciones didácticas de la lengua y la literatura–, sea Cervantes, Quevedo, Shakespeare, Dante, Alberti o Sánchez Ferlosio. Por cierto que Trapiello arremete ferozmente contra Alberti en Las armas y las letras citando de oídas y sembrando dudas sobre su supuesta responsabilidad en la Guerra Civil, dejando caer “que llegó a estampar su firma en algunas sentencias”, alegre acusación que deja sin justificar ni documentar. Volviendo a su valedora –que imaginamos que también dirá que esto es pura invención nuestra– y dejando al margen que el mejor español del orbe se habla precisamente en Colombia por la pureza idiomática –léxica y morfosintáctica– que ha conservado hasta la fecha, es obligado recordarles que el sucedáneo, el simulacro, jamás poseerá el aura del contacto con la obra original ni proporcionará la misma experiencia ética y estética. Es absurdo negar el oportunismo de estas recientes ediciones que han coincidido en el tiempo. ¿Por qué no las han publicado antes?
En la literatura, como en la vida, no todo vale. “Tocar”, modificar, transformar a nuestro gusto personal una obra universalmente considerada como perfecta y ejemplar para obtener beneficios económicos y notoriedad, aprovechando un centenario, no es el mejor camino de presentarse como amigo de Cervantes, sino más bien como enemigo. La paradoja es que Trapiello tiene en su haber excelentes ensayos sobre El Quijote y que el académico Pérez-Reverte es un apasionado del Siglo de Oro. Siendo así, no sabemos qué molestia ocasiona al lector bajar la vista y leer alguna nota a pie de página aclaratoria que los filólogos e hispanistas trabajamos para una mayor comprensión del texto, respetando así la pureza y la intención del autor. Cada palabra contiene un universo propio y cuando esta muere, todo un orbe de matices y de valores se va también con ella. Me contaba José María Merino que en la R.A.E. se reúnen varios académicos y lexicógrafos para rehabilitar en el Diccionario de la lengua española muchas palabras en desuso o en vías de extinción para que no lleguemos a la sangría de voces sustituidas por otras extranjeras a la que estamos asistiendo.
Hacer posible el lenguaje significa cuidar de él, hacer que esa expresión se funde exactamente sobre el acontecimiento relatado, evocado, y que la “adarga antigua” no sea igual que un “escudo antiguo”, ni que la “lanza en astillero” sea la coloquial “lanza ya olvidada”. Ni “no ha mucho tiempo que vivía” tiene el mismo sentido que “vivía no hace mucho”. Porque no lo es. Porque es traicionar el legado cervantino, el sentido y el orden de un mundo exacto, con una designación muy concreta, una secuencia elegida por un escritor. La palabra es un atributo muy especial, noemático: los fonemas, los morfemas, las sílabas… constituyen las células del lenguaje. Lo expresable y lo deliberadamente expresado por alguien en forma de proposición, envuelto en un verbo. Así y no de otra forma llega a transparentarse, a espiritualizarse la intención y la esencia del mundo imaginario de un escritor, de un ingenio. Hasta los sonidos de las palabras impregnan una visión del mundo y esa y no otra era exactamente la que quiso transmitir el autor de las Novelas ejemplares. La fuerza de El Quijote descansa precisamente en sus atributos lingüísticos y ha sobrevenido a todo y a todos gracias a ellas, organizando y combinando esas palabras y no otras en ese orden, distinguiéndose así de todas las demás obras pertenecientes al género de la novela. Preséntense, pues, como una versión didáctica, pero no como El Quijote, porque ya no lo es. O, si se quiere, son El Quijote, pero en malo.
Siendo así, hagamos otra
Novena sinfonía de Beethoven –demasiados coros–, remocemos
Las Meninas –demasiada complejidad en el juego de espejos y puertas –, reescribamos
El discurso del método –demasiado dificultoso– y esculpamos un
David de Miguel Ángel gafapasta que sea más
hípster y acorde con los “nuevos” tiempos. No nos toquen ahora los novelistas mediáticos y de curso, concurso y mesa redonda al manco de Lepanto, que a moro muerto gran lanzada, y síganse con sus novelas y su estilo propio. Que “no hay para qué gastar tiempo y dineros en hacer esa figura, sino lo que se ha de hacer es que vuesa merced descubra la suya”. Sin más ni más, sin perpetrar crímenes de lesa literatura. Entrar en las páginas de
El Quijote alegremente con unas tijeras de podar y hacerle los ajustes de austeridad al estilo de los políticos es un flaco favor no solo para la memoria de Cervantes, sino para la de toda la –esta vez sí– humanidad. Es que no se aclaran.