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Las Jons y el mundo rural

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 28 de agosto de 2015, 20:08h
La antropología política no se ha preocupado mucho – quizás porque tenga objetivos más sutiles y transcendentales – en categorizar las razones que explican el hecho histórico de que desde la Democracia ateniense, de la época de Pericles, o la República Romana, de la época de Cayo Graco, o la Cartago, de la época de los Bárquidas, el ámbito de donde aflora la ideología izquierdista y progre es la ciudad cosmopolita y comerciante, y el ámbito de donde emerge con más fuerza el sentimiento nacional y la ideología conservadora es el ámbito del pueblo, y de la aldea agrícola y ganadera.

En un esforzado intento de buscar la tradición más pura y la prístina esencia del pueblo español, las JONS hicieron del campo y de los pequeños pueblos de España una referencia moral casi sagrada sobre la que reconstruir los valores humanos de lo que quería ser el Nuevo Estado. Independientemente de su indiscutible ideología fascista, tenemos que reconocer que la política jonsista-falangista del campo y del agro fue la más positiva que había tenido este sector hasta entonces.

Aquel injusto retiro de una política más activa e influyente llevó a Ramiro Ledesma Ramos, tras su expulsión de FE de las JONS, a pasar los meses de julio, agosto y septiembre de 1935 a Torrefrades, a su patria chica, al Sayago zamorano en que viniese al mundo. Recorrió por última vez en vida los campos, las largas llanuras de encinares y quejigos, se subió a las más grandes peñas de su infancia, atravesó los riachuelos conocidos, y olió con pasión la hierba tendiéndose en los blandos prados. Anduvo muchos kilómetros por todos los caminos de Sayago en un afán insaciable de aprovechar la poca vida que le quedaba en un contacto apasionando, casi panenteísta, con la Naturaleza de la que él había surgido, recordando el mito ático de la autoctonía. Bebía el agua de las fuentes con infinita fruición y aspiraba los aromas de los campos, discriminándoles uno a uno, sabiendo el origen de cada uno de ellos; la hierba fresca, la paja seca, el excremento del ganado, los encinares, los robledales, los castaños, los pinos, los quejigos, las florecillas de los veneros, las jaras, los cereales, los distintos productos de los pequeños huertos sombríos, el polvo del camino, las moras de los zarzales. Y oía jubiloso la polifonía de variegados pajarillos, el rumor misterioso de las hojas movidas por la brisa, el croar de las ranas, el movimiento enérgico de los élitros de los grillos, los sugerentes manantiales, los riachuelos escondidos entre la vegetación. Y comió con demasiada gula la excelente ternera de la zona; lo que le produjo una importante subida de ácido úrico que le provocó una pequeña tortura en los dedos de los pies.

Existe en este “parafascismo” que representaba Ramiro una sublimación o mitificación del campo y de lo rural. El nacionalismo de las JONS siempre tendió a identificarse con la realidad y la mística del mundo rural y del campesino, arquetipo a levantar frente al concepto de ciudadano de gran ciudad. Más aún, su amigo Souto Vilas decía que retadoramente había que enfrentar el campo a la ciudad. “El hombre del campo, el paisano, es un tipo de humanidad superior”. Se trata de una pintoresca exaltación de los pequeños pueblos de España que guardaban “un hondísimo sentido de justicia y de salud colectiva, que de una manera inequívoca entran en el área de los hechos auténticamente rebeldes”. Las propuestas sobre reforma agraria en Andalucía merecieron una larga serie de artículos del militante de Acción Nacional y futuro diputado de la CEDA Antonio Bermúdez Cañete, antiguo cofundador con Ramiro de La Conquista del Estado, y primer traductor del Mein Kampf, de Adolf Hitler. Antonio Bermúdez Cañete, fiel en esto al espíritu jonsista, defenderá una entrega de tierra en usufructo a los trabajadores, mediante una no grande indemnización a los grandes propietarios de tierras. También se prestó mucha atención a las condiciones de vida de los campesinos castellanos, publicando Teófilo Velasco declaraciones de apoyo a los pequeños propietarios y arrendatarios. El Bloque Social Campesino fue la única propuesta del grupo inicial de Ledesma para organizar un sector concreto de la población, algo ya relevante en sí mismo. Toda la obra pro-agraria y en favor del mundo rural de Ramiro Ledesma se acompañó de afirmaciones acerca de la reserva espiritual que representaba el campesinado para dar carácter y base de masas al nacionalismo revolucionario.

Incluso la exaltación que las JONS hicieron de lo rural y del pueblo llegó a producir verdaderos rosarios de mitificaciones exageradas. Así, para Nemesio García Pérez, la lucha entre el campo y la ciudad no era la de tradición y modernidad, sino la de materia y espíritu, virtud y concupiscencia. Al muchacho ciudadano, “gimnasta artificial”, podía oponérsele el esfuerzo del labriego que desea ser fuerte “para dominar el empuje de la yunta bravía”, para “defender la patria” y para “agradar a una mujer hacendosa y buena, para perpetuar la raza inmortal”. En la ciudad existía la decadencia, la superficialidad y los mitos universales, mientras que en el campo permanecía la hondura del patriotismo. A la cultura de la ciudad podía oponérsele, con ventaja, “la filosofía honda y sentida de nuestros refranes, la belleza de nuestras canciones populares, y todo junto en la solemnidad de los campos, trasunto de la inmensidad estupenda de Dios”.

La revolución nacional había de partir del campo porque “la ciudad, amigos míos, no tiene corazón”, y en el campo se encontraban las juventudes campesinas, “estos hombres que rezan, que trabajan, que sufren la escasez de todas las cosas, salvo la del contacto con la Naturaleza, que sienten la verdadera emoción y el genio de España”.

García Pérez destacaba el sentimiento de humillación de los campesinos medianos y conservadores, la marginación y complejo de inferioridad a que habían sido sometidos por la izquierda gobernante. Entre el proletariado socialista y la aristocracia terrateniente, esta clase media guardaba esencias populares indispensables para un movimiento de defensa nacional. La formación de agrupaciones gremiales independientes entre los naranjeros de Valencia, los cerealistas castellanos o los vitivinicultores de La Mancha mostraba una movilización a la que debía prestarse el máximo apoyo, porque se trataba de una respuesta antiliberal. “La vida campesina está informada hasta los tuétanos por la moral cristiana, intangible, perfecta y eterna”. Las fiestas locales siempre sustentaban una identidad religiosa. Los campesinos poseían la base más sana sobre la que podía levantarse el patriotismo, una idea espontánea de nación asentada en su experiencia diaria de aferramiento al terruño.

Desde luego, de todos los discursos campesinistas que se han dado en nuestra Historia Política, el de FE y de las JONS ha sido con diferencia el más hermoso. Nunca se vio el agro español con tanto amor e inteligencia como lo vio la Falange de la República, de la Guerra y de los primeros años del franquismo. Si en general todo el fascismo europeo tuvo algo de terruñero y panenteísta, el fascismo español fue fundamentalmente ruralista y campesinista. Y de hecho fue de los pueblos de donde sacó principalmente su masa de afiliados más grande, junto a la de los universitarios del SEU. Sólo los discursos de Rafael Sánchez Mazas, encomiando al hombre y a la mujer de la aldea, serían suficientes para entender que el sostén político de todo conservadurismo de fondo se encuentra en los pueblos.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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