www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Melancolía

José María Herrera
sábado 31 de mayo de 2008, 20:13h
Hay días en los que a uno parece aflojársele la voluntad de vivir, días opacos en los que las mismas nieblas que velan el más allá caen de repente sobre el más acá, volviéndolo equívoco e inseguro. Para el escritor uncido a la columna de un periódico se trata de un fenómeno muy incómodo. ¿Cómo puede alguien azotado por la melancolía –esa bilis negra descubierta por la medicina griega- mantener la atención en algo tan abstracto, tan ilusorio y tan difícil de admitir como la actualidad?

La fugacidad del tiempo, la inanidad de las cosas o la vanidad de las empresas humanas son temas inmortales, idóneos para la poesía, pero poco apropiados en un lugar como este. Y, sin embargo, ¿de qué escribir si a uno le falta el aliento, si lo que desearía ahora es cerrar los ojos en la esperanza de que el sueño, hermano del olvido, invada su conciencia y la adormezca?

Ustedes lo saben igual que yo: basta con detenerse un momento para que toda esta fantasmagoría –la sociedad, el destino colectivo, la historia- se vuelva tan inverosímil como el más allá, con sus arcángeles y su paraíso. No es menester ser un pensador profundo para barruntar que debajo de las cosas a las que el tiempo corroe implacablemente lo único que hay es nada. El universo mismo, con su retórica ilimitación, quizá sea sólo un esfuerzo por salir de la vacuidad, un esfuerzo irrisorio, destinado al fracaso. Ustedes lo saben. Como yo, han experimentado también alguna vez el mazazo de la melancolía. De hecho, pocos sentimientos debe haber más difundidos, más actuales -actuales no en el sentido de la noticia, que viene y va, sino en el de la sustancia. ¿Por qué entonces no hablamos de ella y por qué nunca en los periódicos?

Obviamente, está la dificultad de aportar algo original. ¿Qué añadir, por ejemplo, a lo dicho por S. Beckett en el primer renglón de su primera novela, Murphy? “El sol centelleaba, no teniendo otra alternativa, sobre lo nada nuevo”. Sólo una frase, un fenómeno objetivo, pero descrito de forma insoportable para un ser que, pese a todo, necesita levantarse cada mañana con la ilusión de algo nuevo.

Pero no es ese el motivo por el que eludimos el tema. Los conflictos espirituales de la subjetividad –desatados por la experiencia del pecado, la pasión irracional o el horror ante un universo sin meta ni fin- han dejado de interesar realmente a una sociedad erigida sobre sus escombros. El otro ha usurpado el papel que antes desempeñaba el yo en la administración de la existencia. Se diría que, para aplacar a sus víctimas, las víctimas del yo, el hombre contemporáneo hubiera decidido arrancarse los ojos, esa perniciosa conciencia que está a la base de todos los horrores históricos, para echar a andar luego, igual que Edipo, ayudado sólo por el lazarillo de la inocencia. Después de descender a los infiernos, nos asusta la posibilidad de proyectar sobre las cosas una lucidez que sabemos abrasadora. La melancolía, uno de los corolarios de la lucidez, se ha convertido, por ello, en un sentimiento inaceptable, un error de la personalidad.

Antiguamente, cuando el arte no pretendía zanjar los problemas, sino formularlos (de ahí que una imagen pudiera valer más que mil palabras), la melancolía solía representarse como una anciana afligida y pobre, sentada sobre un peñasco, con la cabeza entre las manos. A veces se añadía también un árbol raquítico, seco, rodeado de piedras. Se encarnaba así la esterilidad de este sentimiento y la repugnancia que produce el trato con aquellos que lo sufren, gente empeñada siempre, según decía Cesare Ripa, “en poner su intelecto en las cosas más arduas o peores”.

La iconoclasia contemporánea -¿qué si no es la vanguardia?- ha acabado con esta clase de imágenes y, en general, con toda clase de imágenes, pero, aunque se haya vuelto invisible, socialmente inaceptable, la melancolía no ha dejado de existir, sigue ahí, aunque fuera de escena, condenada a la psiquiatría, como un desorden más, extraño al hombre sano. ¿Por qué iba nadie a hablar de ella?
Ripa y los psiquiatras tienen razón. La bilis negra es nociva para la vida social. Aquel por cuyas venas corre es incapaz de participar del juego. Se obstina en pedir justificación de unas reglas cuyo sentido aflora sólo al aceptarlas. El melancólico, irremisiblemente, se queda fuera. Claro que: ¿y si no le importa?, ¿y si es un atrabiliario incurable, un laicista metafísico? ¡Ah!, entonces escribe artículos como éste.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios