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TRIBUNA

Coger el toro Europa por los cuernos

Antonio Domínguez Rey
martes 01 de septiembre de 2015, 20:20h

No queda otra solución. Salir al ruedo y afrontar la embestida. Nos metimos en la Unión Europea sin saber realmente qué hacíamos y a qué precio. La urgencia de entrada apenas dejó tiempo de reflexión. Y era lógico, pues se temía por la democracia. La ocasión, única, facilitó acuerdos y promovió partidos que eran apaños del momento y de ir tirando a ver qué sucedía. El resultado fue la venta de los bienes en almoneda y a disposición de la mejor puja. Daba grima ver a los políticos de entonces esparcir el dinero a raudales. Un dinero que no era suyo, sino de la Europa que lo prestaba a cambio de obtener lo más rentable del país o de invertir en proyectos que sus líderes y agentes monetarios consideraban imprescindibles para que España obtuviera cuota de consumo y estabilidad democrática. Una situación acorde con la expansión financiera que el ingreso en el Mercado Común, primero, y la Unión Europea, luego, suponía para los países más significados, Alemania, Francia, Inglaterra, Italia, Bélgica. Con el dinero prestado y repartido a manos llenas alargaron su apellido algunos nombres y se hicieron grandes fortunas aprovechando la gestión y oficio de intermediarios. Y casi nadie exigió responsabilidades. Las pocas voces alzadas no podían con el ruido generado. Y muchos contestaban diciendo que eso era revisionismo.

Apenas se fundó nada sólido en industria, comercio, pesca, agricultura, educación, cultura, fuera de lo que ya era rentable, y en muchos casos ni así, pues había que regular cuotas, reconvertir inversiones, prescindir de rentabilidades comunes en el campo y, sobre todo, repartir dominios financieros, empresariales, mercantiles. Se construyeron autovías, autopistas; se reformaron puertos, aeropuertos, ferrocarriles. Se hizo todo lo que la Unión Europea estimó conveniente para el respiro pulmonar de sus grandes finanzas. Estalló luego la burbuja inmobiliaria promovida por el reclamo de la inmigración, mano de obra explotada, y vino el derrumbe económico al desinflarse el globo hinchado y volátil de un país frente al espejo de su imagen esmerilada.

Había que pagar. Además de no producir, teníamos que afrontar la deuda contraída y aportar fondos a la Unión para la entrada de otros países. Llegaron las restricciones y continuó la regulación que Bruselas imponía al consolidarse la convergencia de países europeos a partir del siglo XXI. Dinero a cambio de apretarse el cinto. Y el trueque produjo sarpullido aprovechado por la oposición política de cada turno: denuncia y protesta contra los ajustes, restricciones, desempleo proporcional o mayor que el trabajo ficticio antes generado. Y así se mantuvo la política española durante décadas con alternancia del bipartidismo. Cada cual prometía lo que no alcanzaba fuera del control de Bruselas. Se impuso la mentira, el disimulo, la pasarela de políticos fabricados en los cenáculos financieros y en cavas de las agrupaciones.

El mediador de las finanzas oficiales europeas gateó a político por cuenta del depósito bancario que garantizara el préstamo. Se convirtió en intermediario de las finanzas y de la política europea consolidada antes de las dos grandes guerras mundiales y renovada desde la segunda. España era socio invitado y su acceso se inició con bozal poco a poco aflojado hasta que la Unión Europea comprobó que podía fiarse. Silencio burocrático que chocaba con la imagen pública del político español dado a las cámaras, discursos huecos. No podía ofrecer nada que no viniera avalado por el préstamo y cuenta de Bruselas. Y aun así, cada cual se alzaba de puntillas con la lengua engolada en los atriles y tribunas del poder cautivo.

Mediador e intermediario consiguieron generar un contexto mercantil y económico en el que deciden agentes de finanzas internacionales. Decisiones de cargos, compras, ventas, opciones, apertura de mercados nacionales e internacionales. Las autonomías comunitarias son el suelo idóneo, como partes reales del Estado, para imponer desde ellas condiciones a los gobiernos de turno. Y esto se nota cada día más desde los escándalos económicos de Madrid, Valencia, Baleares, Barcelona, Sevilla y otros aún inéditos. Las presiones financieras se traducen en elección de candidatos comunitarios, sindicales y patronales, así como en inducción de proyectos interesados de toda clase, incluida la investigación científica. Hasta la Universidad se ha convertido en feudataria del conducho de bancos y empresas.

España ha sufrido una reversión del proyecto europeo y nadie pide cuentas a los partidos y políticos que han contribuido a ello. Se nos había invitado a convertirnos con nuestra cultura, historia, juventud democrática, en uno de los cuatro pilares básicos de Europa. Esto suponía un esfuerzo notable, emprendedor, dinámico, ambicioso. Era el reto: coger el toro de Europa por los cuernos y revitalizarla con su energía.

Por desgracia, vivimos el efecto contrario aunque, por tercera vez en nuestra democracia, se están dando ciertas condiciones económicas que, a pesar de la prensa pazguata y de la demagogia política, pueden permitir cierto respiro. Sin embargo, y como decía hace poco el expresidente alemán Helmut Schmit en un texto dirigido a Europa vía Merkel con motivo de la crisis griega y emigratoria, “Geld allein reicht nicht” (el dinero no alcanza nada solo). Debe darse además, dice el exmandatario, una voluntad constructiva, de elevación cultivada.

Y esta es nuestra verdadera deuda social y política: esforzarse para construir la Europa que soñamos desde España. Tal debiera ser el alza de medida democrática en vez de minar los cimientos de la voluntad comprometida en 1978 con la Constitución. Ningún presidente futuro podrá salirse del marco europeo sin generar verdaderos conflictos que solo suponen pérdida de energía y destrucción del patrimonio nacional. Gobiernos y oposición sin miras de Estado debieran desaparecer del panorama político. Y esto requiere cambiar aún muchos residuos y rémora del pasado en hábitos, conductas, modos institucionales, vigencias del público y, sobre todo, modificar la imagen de futuro que se ofrece a la juventud desde el momento actual. España nunca podrá ser Europa si a la formación de los jóvenes se le roban las raíces de la lectura y del pensamiento. Haber decidido una ley de educación en la que desaparecen prácticamente del Bachillerato la Literatura y la Filosofía, supone un insulto contra la tradición española y el concepto de Europa. Y deja entrever qué masa gris tienen actualmente muchos políticos españoles. No queda otra alternativa que alzarse sobre el pedestal europeo. Quien diga o prometa otro paraíso, engaña. Es más, la construcción de la Unión Europea depende ahora mismo, y en gran parte, del aporte español. El reto fue y es convertirnos en el refuerzo internacional del sur de Europa.

Antonio Domínguez Rey

Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.

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