La condena del opositor Leopoldo López a 14 años de cárcel y la tensión en la frontera colombiana tienen, por diferentes que puedan parecer, una misma motivación: distraer la atención de la situación real de penuria que vive el país. El primer caso es un síntoma palmario -otro más- de la deriva totalitaria del régimen de Maduro; todo un aviso a navegantes para el resto de opositores que aún no están encarcelados. El segundo no es sino un burdo intento de fabricar una guerra para entretener a la opinión pública y que ésta no piense en el auténtico problema del país: el propio Maduro.
Cada día que pasa Venezuela se parece más a Corea del Norte. Ya no existe separación de poderes; todo lo acumula Maduro, especialmente el judicial. Tampoco hay libertad de expresión, por cuanto la censura ha logrado clausurar casi todos los medios no afines. Pero sobre todo, hay carestía de bienes de primera necesidad: los supermercados están vacíos, y el venezolano medio ha de hacer largas colas para intentar adquirir lo más básico. Mientras, Maduro ve conjuras por doquier, y sigue hundiendo al país. ¿Dónde está la reacción de la comunidad internacional, en especial la iberoamericana?