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ENTRE ADOQUINES

Como la Callas

miércoles 16 de septiembre de 2015, 20:30h
Para Marilyn Monroe, vivir sola era como estar en una gran fiesta sin que nadie te hiciera caso. La mayoría hemos experimentado alguna vez una sensación que podría describirse, más o menos, con estas palabras. Igual que si, de repente, hubiéramos caído en la marmita de la invisibilidad. Pero la pócima de la soledad pocos la buscan, aunque muchos renuncien a la paz e, incluso, a ser ellos mismos con tal de estar acompañados. Para bien o para mal. Y, sin embargo, el retiro voluntario puede constituir el mejor de los bálsamos para quien intenta ordenar su mundo interior después de un pequeño o gran cataclismo. Es en este carácter voluntario donde, quizás, radique el miedo a no sentir la respiración de otros a tu alrededor de forma casi constante.

Por otra parte, hay personas para quienes, muy al contrario, la soledad forma parte de su existencia, de su personalidad. Supone apartarse de los demás, sin caer en el aislamiento. Porque este último es el verdadero peligro a evitar, y la frontera entre ambos estados resulta frágil y estrecha. Son los artistas, los creadores en general, quienes suelen necesitar de un momento de concentración a solas para retomar su inspiración, la fuerza que les alimenta. Porque para ellos, el trabajo es, además, su gran pasión. Su vida, la que en determinados instantes no pueden, aunque quieran, compartir con nadie. Es la preparación para dar lo mejor de sí mismos. En definitiva, para entregar su don sin condiciones. Aunque nunca sin recompensa. A pocos días de comenzar la nueva temporada de ópera del Teatro Real, confieso que aún me sigue sorprendiendo que una parte del “respetable” abandone sus localidades cuando acaba de caer el telón, dando la espalda a los intérpretes que lo han dejado todo sobre el escenario. Para ellos, con total independencia de su caché, la verdadera recompensa reside en el aplauso, en el fervoroso reconocimiento de sus fans, incondicionales solo hasta que aquel que tanto nos dio deja de estar en condiciones de seguir dándonoslo. Entonces sí que llega la soledad no buscada, un silencio más atronador que los aplausos.

La historia está, por desgracia, llena de ejemplos ingratos. Uno de los más dolorosos sigue siendo el de María Callas, 38 años después de su muerte – el 16 de septiembre de 1977 - en el lujoso piso de París donde la soledad se había transformado en aislamiento a solo dos meses de cumplir los 54. Maltratada desde niña por una madre de la que nunca llegó a recibir cariño y que únicamente perseguía, según la propia Callas, un sustento económico a través de la carrera de su hija, la soprano de origen griego estuvo marcada por la terrible soledad en compañía de quien no es capaz de amarte, y su destino quedó definitivamente sellado por el abandono de quien ella consideró siempre el amor de su vida, Aristóteles Onassis. El público no dudó tampoco en abuchearla en plena escena, culpándola de haber descuidado la voz durante su relación con el armador griego y, paradójicamente, por su exceso de pasión. Esa misma intensidad con la que todavía hoy sigue erizándonos el fino vello de la nuca y llenándonos los ojos de repentinas lágrimas desde las viejas grabaciones de sus arrebatadoras arias.

No, María, que había volcado como nadie su alma en cada una de sus interpretaciones, tampoco iba a estar a salvo de la posterior crítica y el aislamiento. Su fuerte carácter, sin embargo, le hizo acusar al público de esa ingratitud cuando en 1961 interpretaba a Medea en La Scala. Durante el primer acto, la audiencia comenzó a pitar. María ignoró el alboroto hasta la escena donde ella denuncia a Jasón con la palabra «Crudel!» («¡Cruel!»). Después del primer «Crudel!», la soprano paró de cantar para, mirando fijamente al público, dirigirle su segundo «Crudel!». Y comenzó otra vez con las palabras: «Ho dato tutto a te» («Te lo he dado todo»). La audiencia cesó de silbar y la ovación final fue clamorosa, pero aquello en realidad es solo una anécdota, una nota más para describir su inmenso genio. La irrepetible soprano ya estaba tocada, puede que siempre lo hubiera estado. También durante los gloriosos años en los que llegó a acariciar el cielo, mientras los demás se rendían a sus pies. Pero la soledad, impenitente, nunca la dejó sola. Por desgracia, fue la única que no la abandonó. Ni siquiera cuando Onassis regresó para buscar a la mujer que se había escondido detrás de la diva solitaria, cuando su matrimonio con Jackeline Kennedy hacía aguas. Cada vida tiene una muesca de profundo dolor y desengaño, de una forma u otra, le condiciona, pero solo los grandes artistas sin miedo a mostrar su genuino interior con auténtico arrebato son capaces de transformar el sentimiento en poderosa belleza, para deleite de todos. Como la Callas.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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