Digamos que en parte lo comprendo o que, al menos, lo estoy intentando. A los creadores de cualquier categoría artística a veces se les marcha el ego por peteneras y, de pronto, se encuentran en mitad de un charco cuando ni siquiera ha empezado a llover. Eso sí, para salir airoso del trance y que el público lo considere simplemente una extravagancia, primero hay que ser un genio. Y, como la mujer del César, además parecerlo. Tener bien prendidos en la levita los suficientes galones para poder decir, por ejemplo, que no te has sentido español ni cinco minutos en toda tu vida justo en el momento de recoger el Premio Nacional de Cinematografía otorgado por el ministerio de Educación, Cultura y Deporte español y que supone embolsarse 30.000 euros del ala. Con un par. Quizás el mítico Alfred Hitchcock, Willy Wilder, o si me apuran Woody Allen, podrían haber cogido con una mano el cheque mientras con la otra sujetaban el micro para hacer una declaración semejante a la de Fernando Trueba. A ellos sí que nos les faltan los suficientes galones para permitirse un derrape de tal calibre y que el público les ría la “gracia”, pero sinceramente no me los imagino metiéndose en un jardín tan mal podado. Por otra parte, y perdónenme la castiza expresión, “a santo de qué”.
Porque aquí uno es muy libre de sentirse español o no, y de haber ido siempre con el equipo del país contrario. También de haber fantaseado con qué habría sido de España si la Guerra de la Independencia la hubiera ganado Francia – por cierto, señor Trueba, buen argumento para una película en plan Sliding doors, el filme que muestra de forma paralela cómo habría sido de diferente el destino de la protagonista de haber cogido o no determinado tren – pero ¿a qué viene decirlo precisamente en el momento de recibir un premio? Caray con las palabras de agradecimiento. Al ministro Iñigo Méndez de Vigo, la incredulidad según avanzaba el discurso del recién premiado le salía por los ojos hasta torcerle el gesto. En el último momento, el ministro cambió el discurso con el que, a su vez, intervenía en el acto y en lugar de las elogiosas palabras que, al parecer, figuraban en el papel que llevaba preparado, respondió a Trueba con “Yo sí que me siento español y me alegro de las victorias de España”. En todo caso – y esto es imaginación pura y dura –, quizá lo que le pedía el cuerpo era decir al cineasta que devolviera el dichoso galardón junto con la pasta y que ya se lo darían a otro con menos ganas de fastidiar al anfitrión que te agasaja. Pero así andamos, todos perdidos en declaraciones de sí, no, a mí qué, allá ellos, mejor juntos, mejor separados, que les den, nos las valemos solos, etc.
Y nos va como nos va. Entretenidos mirando el ombligo de la piel de toro que ya ni radica en la Puerta del Sol. Tampoco es que eso importe, ya puestos hagamos un referéndum para ver dónde quiere la gente que se “coloque” el kilómetro cero. Y como los nacidos en estos lares, nos sintamos de aquí o de Marte, padecemos de la endémica manía de morar solo en los polos extremos ahora toca pronunciarse, reafirmándonos o, por el contrario, renegando de lo que pone en el DNI. Puede que el mono tema haya tenido la culpa del desafortunado discurso de Trueba. De hecho, dos días después de pronunciarlo, el cineasta madrileño – perdón, quería decir nacido en Madrid – ha asegurado que, en realidad, cuando escribía su discurso lo que pensaba era en hacer “Algo simpático, que no fuera en absoluto conflictivo, ni provocador ni nada”. Pues menos mal, porque están los ánimos como para hacer bromitas. Se calmaran las aguas, como suele ocurrir. Aunque no siempre para bien, porque a veces se amansan solo en la superficie para coger fuerza y arremolinarse aún más. Como el propio Trueba ha declarado después de su polémico discurso – ignoro si por sentido común o porque realmente es lo que ocurrió –, hay que ver lo curiosa que es la vida, “igual que ocurre con las películas, uno quiere hacer un drama y le sale una comedia”.