El maestro Vargas Llosa, que lo sigue siendo a pesar de su incorporación a las páginas carmín, confiesa en sus memorias (“El pez en el agua”) que llegó tarde a la literatura hispanoamericana, absorbido como estuvo por sus lecturas de autores franceses, españoles y norteamericanos, fundamentalmente. En realidad todos somos un poco como el peruano universal o quizás es que solo es apreciable la literatura hispanoamericana contemporánea.
García Márquez, Sábato, Borges, Neruda, Bioy Casares, Onetti, Donoso, Edwards, Uslar Pietri y por supuesto Vargas Llosa, Carpentier, Octavio Paz, Bryce Echenique o Múgica Laínez (aunque no sea políticamente correcto no incluyo ni a Cortázar ni a Carlos Fuentes que simplemente, no me gustan) nos han hecho disfrutar con sus historias deslumbrantes e imaginativas, pero también con su lenguaje fresco y preciso.
El español de América, del que ya se ha hecho eco nuestra docta Academia, es tan rico, tan elocuente y directo, que nos deslumbra por su carácter creativo y a veces iconoclasta.
En ocasiones, es cierto, es pura traducción libre del inglés como cuando al aparcamiento lo denominan “parqueo” o al hermano “bróder” (véase, por ejemplo, la obra del cubano Leonardo Padura, autor de novela negra protagonizada por el teniente Mario Conde), o al que prepara los combinados, “bartender”, o al expediente, “file”. También “carro”, “computadora” o “celular”.
Otras expresiones resultan tan elocuentes que nos obliga a su inmediata incorporación a nuestro lenguaje ordinario. Así, por ejemplo, cuando a los talleres de chapa y pintura los definen como de “planchado y pintado”, o cuando a los captadores de clientes a la puerta de los restaurantes, carta en mano, los llaman “jaladores”. También al decir “balacera” (a veces, “balazera”) o “golpiza” en lugar de intercambio de disparos o de golpes, o “rompemuelles” (a veces también “giba” y “resalto”) para denominar los badenes, “falencias” a los defectos, “poleras” a las camisetas, “playas” para referirse a las grandes superficies de aparcamiento de vehículos o “pagar el pie” en lugar pagar la entrada (de un piso, por ejemplo).
Pero, sin duda, son fantásticos para describir todo lo que afecta a la corrupción, en la que todo aquel subcontinente tiene “boleta honoraria”. ¿Qué me dicen de la palabra “Chuponeo”?. Quizás ninguna más precisa para transmitir lo que acá llamamos “chupar del bote”. Está mucho más extendido el término “coima”, que tiene siempre dos sujetos, el activo que es el “coimero” y el pasivo que es el “coimado”. Y es que el dinero mueve montañas y, sobre todo, voluntades pues “por el maní salta el monito”.
En fin, no hay forma más gráfica de nombrar las facturas falsas que como “facturas truchas”.