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NOVELA

César Aira: El santo

domingo 27 de septiembre de 2015, 18:54h
César Aira: El santo

Literatura Random House. Barcelona, 2015. 141 páginas. 15,90 €. Libro electrónico: 9,99 €

Por Rafael Narbona

César Aira (Coronel Pringes, Argentina, 1949) es un prosista excepcional. Es imposible leer uno de sus libros y no experimentar la fascinación que produce la feliz combinación del hallazgo verbal, la metáfora chispeante, la parodia de otros estilos y un sentido musical digno de una esmerada partitura. La frase corta imprime agilidad, dinamismo, cercanía, empujando el relato con fuerza y consistencia. El santo es una novela breve que bucea en la Edad Media, recreando una visión del mundo donde aún no se habían establecido fronteras entre la realidad y la fantasía. Lejos de las interpretaciones solemnes de la novela histórica, César Aira despliega una ironía que disuelve mitos y prejuicios.

El protagonista es un anciano monje italiano que vive en una abadía de la costa catalana. Se le atribuyen infinidad de milagros y se da por segura su canonización. Su fama es tan grande que los peregrinos recorren largas distancias, buscando su bendición. Los enfermos suplican que les imponga las manos, pues creen firmemente en su poder curador. La marea humana garantiza la prosperidad de la abadía y los negocios de los pueblos limítrofes, donde se ofrece hospedaje y comida. Pequeños comercios venden recuerdos y objetos sagrados, acumulando ganancias año tras año. Nadie puede imaginar que el santo ha decidido morir en su pueblo natal. Su avanzada edad augura un fin inminente y la nostalgia se impone a cualquier otra consideración. Cuando anuncia su partida, se desatan todas las alarmas. Si muere en otro lugar, se malogrará la expectativa de explotar sus reliquias, transformando la localidad en un santuario. El abad y los comerciantes se reúnen clandestinamente y acuerdan contratar los servicios de un asesino a sueldo para resolver el problema. El azar estropeará sus planes, marcando el inicio de una peripecia que incluirá las más insólitas aventuras.

El santo conocerá la amistad de Abdul Malik, un rico y compasivo comerciante musulmán que le comprará como esclavo, sin obligarle a realizar ninguna tarea penosa, y el amor de Poliana, una exótica y caprichosa reina que le revelará las turbulencias del amor y el sexo. El cambio de escenarios propiciará las incursiones en el terreno de la filosofía, la teología y la política. Los piratas turcos son feroces, pero los cruzados cristianos no son menos despiadados. Matar es algo baladí en una época que concibe las ejecuciones públicas como un sano entretenimiento. Durante su idilio con Poliana, el santo descubrirá que el sexo no es un simple intercambio de fluidos, sino una experiencia lúdica que escarnece cualquier anhelo de trascendencia. El placer es un milagro más profundo que la oración o el retiro espiritual. El amor entre dos seres finitos y mortales es una pirueta de la imaginación que supera con holgura la agudeza de los teólogos, atareados en conciliar fe y razón con argumentos poco creíbles, cuando no abiertamente disparatados. Lo sagrado no es un quimérico Absoluto, sino la realidad inmediata, que se manifiesta con cautivadora sencillez en una flor o una piedra.

Hay que aprender a escuchar “la peculiar elocuencia” del mundo. Es preferible amar a un amigo que a Dios, pues Dios es una idea difusa y la amistad es una vivencia concreta, hermosa y difícil. César Aira utiliza los recursos del realismo mágico, con la intención de rebajar la seriedad de cualquier convicción. Un féretro y los seis hombres que lo transportan desaparecen en el cielo, tras alzarse misteriosamente como hojas impulsadas por el viento. La razón es tan impotente como la fe para explicar los fenómenos que se desvían de las leyes físicas. Escéptico y desencantado, César Aira solo cree en el lenguaje, que le inspira frases perfectas: “Las ballenas, colosales, acompañaban al barco, indiferentes como islas”. Más allá de la literatura, solo hay ruido, furia, confusión. Las palabras son la única guía fiable, pues actúan como bisagras entre la conciencia y la materia, clarificando nuestras percepciones. El santo es una pequeña obra maestra que recuerda las fábulas de Italo Calvino, pero con un nihilismo descarnado. En sus diálogos, he advertido ecos del sufismo, la Cábala y los mitos platónicos, pero con la perspectiva de un hombre que ha leído a Nietzsche y no ha olvidado que Dios ha muerto.

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