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EPISTOLARIO

Walt Whitman: Crónica de mí mismo

domingo 04 de octubre de 2015, 19:07h
Actualizado el: 10/04/2015 19:39h
Walt Whitman: Crónica de mí mismo

Traducción de Laura Naranjo Gutiérrez y Carmen Torres García.Errata Naturae. Madrid, 2015. 304 páginas. 19 €. Por primera vez se accede en español a una amplia selección de la copiosa correspondencia del gran poeta norteamericano, proporcionándonos un revelador conocimiento de su personalidad y vida diaria.

Por Inmaculada Lergo Martín

Las casi tres mil cartas de la correspondencia completa de Walt Whitman pueden consultarse en los seis volúmenes de la edición de Edwin H. Miller (1978), pero es la primera vez que, a través de esta selección de más de cien que publica ahora Errata Naturae, se accede a ella en español. El conjunto abarca cincuenta años de vida y se presenta en varios capítulos, que se introducen con unas breves pero ajustadas palabras que facilitan y completan la lectura de esos diferentes momentos vitales del autor. Se ofrecen también algunas notas, las justas para proporcionar la necesaria información sobre las personas a las que van dirigidas o algún otro detalle relevante. Se agradece en este punto no haber caído en un tentador exceso de erudición ante un personaje de la altura de Whitman.

Como advierten los editores, el lector no va a encontrar en estas páginas “éxtasis creativos o secretas explicaciones” para entender cómo Whitman “se convirtió en un autor revolucionario que alteró con sus inesperados ladridos literarios todo el lenguaje poético de nuestro tiempo”, ni tampoco “visiones cósmicas ni homéricos elogios de las masas democráticas”, como quizá de antemano podría esperar en un principio. Lo que hay en ellas es su vida diaria: la relación con su familia, con sus amigos y con sus propias circunstancias. El recorrido va mostrándonos al joven que no encajaba demasiado en el estilo de vida de una pequeña población de Long Island, al poeta incipiente orgulloso de sí mismo, y al maduro luchando por la integridad y difusión de su obra; a la persona altruista que pasa varios años de su vida acompañando a los soldados heridos, al camarada que aboga por la amistad masculina, al hombre siempre animoso que supera una apoplejía y convive con una parálisis (“La vida es como el tiempo, tienes que aceptarla tal como venga y puedes hacer que vaya bien sólo con proponértelo (y prepararte convenientemente para la lluvia y la nieve)”, al hijo y al hermano que mantiene estrechos vínculos familiares; o al que, al final de su camino, espera dignamente a la muerte, y hasta diseña y supervisa la construcción de su propio mausoleo en el cementerio de Harleigh.

De todo ello llaman la atención algunas cuestiones, como los comentarios, no muy abundantes pero sí precisos, sobre su propia obra, o los más prolijos sobre sus trasiegos editoriales; la importancia y fuerza de los lazos familiares, que se mantuvieron toda su vida; o la ternura con que trataba y se relacionaba con sus afectos, muchos de ellos poderosos y duraderos, como los de Peter Doyle y Harry Stafford. En este punto, desconcierta la ambigüedad o inconsecuencia que muestra con respecto a su inclinación sexual. De un lado, cuando va invitado a casa de algunos amigos, les escribe que irá acompañado por Stafford y les indica: “Ocuparemos la misma habitación y cama”; de otro, le molesta que ciertos poemas suyos se interpreten como homosexualidad explícita y así, por ejemplo, le escribe a Addington Symonds con referencia a su obra Cálamo: “Me gustaría confiar en que esas páginas no van a mencionarse con la intención, gratuita, y a la vez absolutamente inimaginable e insospechada, de suscitar deducciones morbosas, que repudio y que encuentro detestables”, y le recuerda que ha tenido seis hijos (ilegítimos) y un nieto. Es un tema que aún hoy en día continúa en debate.

Pero, sobre todo, impactan las cartas correspondientes al periodo de la guerra de Secesión. Estas -como sus crónicas de estos años- revelan un alma que comparte el dolor (“cada soldado enfermo y herido me es tan querido como un hijo o un hermano”) y que se compromete con su país, (“acércate a lo que yo estoy viendo aquí y toma parte”). Encuentra su lugar en los hospitales de campaña, ofreciendo ayuda material, pero sobre todo espiritual, a los enfermos. Experiencia que dio lugar a los Diarios de guerra y al poemario Redobles de tambor, cuya descripción mejor la hace el propio Whitman: “Es de una tristeza sin precedentes (fiel reflejo de estos días que vivimos, ¿no es así?), pero también posee la potencia de la trompeta y el retumbar y los redobles del tambor, además de una cadencia de la más dulce camaradería y amor humanos [y] claras notas de fe y triunfo”. Creía en la causa de la guerra y alentaba a los jóvenes a alistarse, a pesar de los miles de soldados muertos, heridos o lisiados para toda la vida; a pesar de estar a pie de cama de tanto sufrimiento (“¡Ay, cuántas escenas tristes he presenciado!, escenas de muerte, de angustia, de fiebres, de amputaciones, de desamparo, de jóvenes corazones hambrientos y sedientos de afecto”); a pesar de esa imagen imposible de olvidar a la entrada del hospital donde estaba su hermano (“un montón de pies, brazos, piernas, etc. bajo un árbol”…). Whitman no se alistó, quizá por su edad o, según su biógrafo William O’Connor, porque no se sentía inclinado hacia la violencia, aunque tampoco esta le producía repulsa si la sentía necesaria para una causa. Resolver esta contradicción interna es quizá lo que le hizo permanecer toda la contienda secesionista en los hospitales de campaña. Experiencia que no le llevó, sin embargo, a cuestionar el hecho mismo de la guerra, quizá arrastrado por el signo de los tiempos, pero lo que no deja, con todo, de resultarme inquietante.

Whitman se convertirá con el tiempo en el gran poeta de Norteamérica, a la que cantó y a la que consideraba por encima de otras naciones; la glorificó y alentó su patriotismo. Su optimismo por el presente y por el futuro se trasluce en un sentimiento de orgullo por su tierra, por sus gentes, por su construcción social y política…, y es lo que impulsa su escritura y sus actos: “Todo bulle… ahora más que nunca. Productividad, riqueza, población, mejoras, actividad material, éxito, resultados… todo ello sin medida, sin precedentes… […] Me causa un inmenso placer participar de semejante torbellino”, le dice a M. Rossetti en enero de 1872. Una vez que la crítica lo colocó ahí, se aceptaron los demás “pecados” de su poesía, su prosaísmo y tono apoético, o la posible “obscenidad” que algunos críticos veían en ciertos poemas de Hojas de hierba y que le trajeron muchos problemas a la hora de editar. Manera de hacer y de decir en poesía, frescura poética que resultaban novedosas y a contracorriente, y que fue precisamente lo que se valoró entre la intelectualidad europea e hispanoamericana, y posteriormente entre la de su propio país.

La lectura de esta selección de cartas abre el apetito, y se echan en falta en muchas ocasiones la otra mitad del diálogo o la inclusión de algunos otros documentos aludidos, propiciando una lectura más global. Lanzo pues el anzuelo a Errata Naturae, ya que ha tenido la iniciativa de esta acertada edición, para un futuro trabajo que los recoja, conformando un conjunto -por poner un ejemplo muy válido- como el realizado con la figura de Juan Ramón Jiménez en la monumental edición de Guerra en España de Point de Lunettes (2009). Sea.

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