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TRIBUNA

Adiós a Ana Diosdado

miércoles 07 de octubre de 2015, 20:51h
Actualizado el: 07 de octubre de 2015, 23:42h
El pasado 5 de octubre falleció a los 77 años de edad una de las mejores guionistas y dramaturgas del panorama actual, la actriz Ana Diosdado, que tan buenos momentos nos hizo pasar con las series de televisión Anillos de oro junto a Imanol Arias en 1983, y Segunda Enseñanza en 1986, ambas dirigidas por Pedro Masó y con un reparto difícil de olvidar.

La muerte de forma repentina le sobrevino a raíz de una parada cardiorespiratoria durante la reunión que celebraba la junta directiva de la Sociedad General de Autores, de la que había sido presidenta entre 2001 y 2007. A pesar de que la guionista y actriz sufría una leucemia crónica desde 2013 y en 2014 había tenido un derrame cerebral, sin embargo, su espíritu optimista le había permitido sobrellevar la enfermedad con verdadera entereza y sosiego.

No hay duda de que el gran amor de su vida lo fue el actor Carlos Larrañaga con quien se casó dos veces, primero, en Londres en 1979, en secreto, y posteriormente en Toledo en 1987. Aunque el matrimonio finalizó tras dos décadas, la amistad perduró entre ellos toda la vida, tanto es así que la muerte del actor producida en agosto de 2012 la vivió Ana Diosdado como la marcha de un gran amigo que dejaba un vacío que nadie podría colmar. La relación con los hijos de Carlos Larrañaga había sido siempre excepcional, sobre todo, con los que habían sido fruto de su matrimonio anterior con la actriz María Luisa Merlo, Pedro, Luis y Amparo.

Es curioso que en las aulas de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Complutense de Madrid fuera donde descubrió su verdadera vocación: el teatro y la literatura en general. De hecho, con tan solo veinticuatro años consiguió ser finalista del premio Planeta con la novela En cualquier lugar, no importa cuándo. La primera obra teatral original que estrenó fue Olvida los tambores de 1970, con la que conseguiría ganar los premios Mayte y Foro Teatral, incluso logró que se llevara al cine. El ser hija de actores republicanos exiliados de alguna manera le influyó en su manera de entender la realidad y plasmarla a través de la escritura, de lo que es una buena muestra esta obra en la que un grupo de muchachos anhela que pueda producirse un cambio, una revolución, que conduzca al surgimiento de un nuevo país.

El 7 de septiembre de 1972 la compañía de su padre, Enrique Diosdado, y de Amelia de la Torre estrenaban su segunda obra, El okapi, en el teatro Lara de Madrid. Era una pieza con un reparto de diecinueve actores en el que se presentaba un problema generacional a través de una residencia de ancianos.

Un año más tarde, el 22 de septiembre de 1973, estrenó en el teatro Beatriz de Madrid Usted también puede disfrutar de ella, una visión ácida de la sociedad de consumo, con la que obtuvo el premio Fastenrath de la Real Academia Española.

Ana Diosdado nos habla de política, de cambios sociales, de feminismo, de educación… Cabría decir que hay crítica social tras su solo aparente ingenua escritura. Diría más: con su talante de mujer emprendedora y valiente llegaría a convertirse en referente femenino, rompiendo moldes y tópicos sociales de la España de entonces.

Más de cincuenta obras dramáticas se cuentan registradas en la Sociedad General de Autores: el drama histórico de Los comuneros (1974), donde la rebelión de Padilla, Bravo y Maldonado es vista a través de los ojos de Carlos V en tres momentos distintos a lo largo de su vida, niñez, mocedad y vejez; Y de Cachemiras, chales (1976); Cuplé (1986).

A partir de ese momento, su carrera de escritora y dramaturga iría en auge, destacando entre sus grandes éxitos, la novela, adaptada luego a obra de teatro Los ochenta son nuestros, que estrenó en 1988; Camino de plata (1990), Trescientos veintiuno, trescientos veintidós (1993), Cristal de bohemia (1996), La última aventura (1999) y El cielo que me tienes prometido (2015), una obra sobre Santa Teresa que ella misma se ocupó de dirigir.

Ana Diosdado también destacó realizando adaptaciones, como ocurrió con la versión de A mitad de camino, de Peter Ustinov, de Casa de muñecas, de Ibsen, o de La gata sobre el tejado de zinc caliente de Tennessee Williams. No hay duda de que se nos ha ido una gran actriz, dramaturga y escritora pero, por encima de todo, una mujer de fuertes convicciones, que a través de la pluma y del escenario trataba de cambiar el mundo para hacer de éste un lugar mejor.

Cristina Hermida

Catedrática de Filosofía del Derecho

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