La primera vez que leí la Isla del Día de Antes de Humberto Eco me pareció un libro genial, aun cuando difícil de leer. Sin duda se trata de uno de los mejores escritores de la Europa de nuestro tiempo. De ese libro en particular me interesa la manera como nos remonta a ese tiempo en el cual se inicia el proceso de constitución del Estado Nacional, con lo cual se pone fin al mundo medieval. El libro, a fin de cuentas se sitúa en el momento en cual se está desarrollando la Guerra de los 30 años, con sus diversos avatares y nos da una muestra creo que cercana acerca de la manera como se desarrollaba la política y la convivencia de los sujetos de ese tiempo. Pero sobre todo, me interesa un subtexto que creo que es posible identificar a lo largo de las líneas que van tejiendo la historia de Roberto de la Grive en su viaje a las antípodas.
El asunto en cuestión es el siguiente: la gente que vivió ese tiempo no entendía muy bien las características de la sociedad que se iba desarrollando a medida que iba transcurriendo su vida. Este es un asunto crucial si consideramos que se trata de un tránsito epocal entre el mundo medieval y el mundo moderno. Debemos considerar las dificultades que los hombres que vivieron en ese momento de la historia tuvieron para determinar su propia identidad. No se trató solamente de que se vieron obligados a vivir en una situación de confrontación casi permanente, sino que, y mucho más importante, sociedades enteras que definieron su identidad a través de la relación con Dios, se vieron obligadas a realizar un tránsito vital que las llevó a encontrarse con lo humano como el eje central de la construcción social.
La iglesia era un espacio de control, era a través de la institución religiosa como se validaba el poder y se establecía el orden. Se produjo un tránsito complicado en el cual el hombre empezaba a definirse a través de sí mismo. Es interesante observar, por ejemplo, como en el ámbito de la pintura los motivos eclesiásticos que caracterizaban las obras medievales dieron paso a una nueva forma de ver al mundo en la cual el ser humano se constituyó en la medida de todas las cosas. Me interesa mucho el asunto porque creo que la gente de ese tiempo no fue capaz de reconocer la dimensión del cambio por el cual estaba transitando el mundo. No era capaz de entender el tiempo histórico que estaban viviendo.
Cambiando lo cambiante creo que es importante reconocer que nosotros, los hombres de este tiempo, nos encontramos frente a una etapa de transformaciones profundas que quizás, al igual que aquellos otros no somos capaces de comprender en su totalidad. Quizás ese proceso de turbulencia y cambio del cual nos alertaba James Rosenau hace ya más de dos décadas tenga que ver, precisamente, con la ruptura de los modos de relacionarnos que se fueron desarrollando a lo largo de los últimos trescientos años en el contexto del funcionamiento del Estado Nacional y del funcionamiento de los principios de la soberanía y de formas de identidad construidas alrededor de los ámbitos locales.
La construcción de un mundo globalizado nos lleva a enfrentar nuevos retos y nuevos dilemas en los términos de la construcción de nuestras sociedades. A fin de cuentas nos toca preguntarnos acerca de la manera cómo podemos comprender un mundo que cambia de forma tan acelerada, en el cual los códigos morales se reinventan, la construcción cultural y valorativa adquiere un carácter global y los individuos se mueven fácilmente a lo largo y ancho del globo. Además debemos preguntarnos acerca de la manera cómo podemos garantizar, en alguna medida, el mantenimiento de alguna forma de orden dentro del cual podamos desarrollarnos y convivir con los demás de manera civilizada. Uno siente que en muchos casos nos enfrentamos a la dicotomía de la civilización vs. la barbarie. No es poco ver a las huestes del Estado Islámico acabar con monumentos históricos de valor incalculable, así como tampoco lo es tener que enfrentar los fundamentalismos de diversos tipos que recorren al mundo.
El terrorismo, la persecución de quienes se consideran diferentes, los problemas migratorios que enfrenta Europa ante el desplazamiento de importantes grupos humanos que huyen de la guerra y de la pobreza; el desarraigo de poblaciones enteras en África; el debilitamiento de Estado Nacional en América Latina y los riesgos de la convivencia democrática, de la pobreza, del hambre; la destrucción del medio ambiente o el calentamiento global, son elementos característicos de un momento de crisis mundial que pone en riesgo la paz tanto como nuestra supervivencia. La imagen de los migrantes que se lanzan al mediterráneo para alcanzar las costas europeas, por ejemplo, representa, sin duda, un espectáculo dantesco.
Vivimos en un tiempo lleno de complejidades donde el miedo empieza a establecerse como un elemento de lo cotidiano. Si bien, ya no le tememos, como antaño, a la oscuridad o a las brujas, ahora le tememos a la incertidumbre que nos produce un mundo en el cual las normas de la convivencia no están tan claramente establecidas y donde los mecanismos para la imposición de la norma se han hecho débiles o, en todo caso, han perdido legitimidad. Esta situación es susceptible de auspiciar el odio y la exclusión social. La discriminación, después de todo, es la consecuencia del temor y la incapacidad para comprendernos en los términos de nuestras diferencias.
Enfrentamos un reto para la humanidad. Uno bien podría pensar que estamos frente a situaciones que podrían poner en riesgo la vida civilizada, las formas democráticas, la construcción de la paz. Estamos frente a un cambio de época que nos confronta con una realidad confusa y difícil de definir y que nos obliga como diría Ortega y Gasset a colocarnos a la altura de los tiempos. Esos son los desafíos que enfrentamos.