Leo con horror la noticia de dos crucifixiones, una que ya se ha producido y otra a la que poco le falta. La primera, cómo no, la perpetró hace días el Estado Islámico en Siria: cogieron a un pobre niño de 12 años que no se quiso convertir al Islam -la víctima era cristiana, para más señas-, le torturaron, le cortaron las yemas de los dedos y finalmente le crucificaron en presencia de su padre. La otra, también con el Islam de fondo, tendrá lugar en Arabia Saudí. Allí, un chico de apenas 18 años espera en prisión a que se cumpla su sentencia por haberse atrevido a pedir apertura democrática vía redes sociales. En según qué sitios, como dijo San Agustín, “pensar por sí mismo es peligroso”.
Extrañamente, la primera noticia -el niño cristiano crucificado por el IS- ha pasado de puntillas, y eso que no es la primera vez que ocurre semejante animalada. ¿Por qué? Me encantaría saberlo. Tampoco es noticiable la ingente misión de consuelo y esperanza que la Iglesia está llevando a cabo en estos países; excepción hecha de Arabia Saudí, claro, donde está terminantemente prohibido so pena de cárcel y latigazos cualquier atisbo de proselitismo no musulmán. Más allá de zonas en conflicto, curas, monjas y laicos viven a diario por y para los demás. Aquí, en casa, Cáritas atiende cada día a miles de personas que llaman a su puerta -y no a de mezquitas o sindicatos, por poner sólo dos ejemplos- . Hay historias tan bonitas como reales…pero no venden.
Sí lo hace, en cambio, que un monseñor de postín -secretario adjunto de la Comisión Teológica Internacional, oficial de la Congregación para la Doctrina de la Fe y docente de varias universidades pontificias- salga del armario un día antes del inicio del Sínodo de la Familia. Máxime si la puesta en escena va en consonancia con el estrépito deseado: aparecer ante las cámaras haciéndose arrumacos con su novio, que encima es independentista catalán. Tiene su morbo, ¿A que sí? Igual que el hecho de que un dentista yanqui se cargue a un precioso león en África y que eso colapse Facebook, Twitter y Cristo que los fundó.
El lobby gay y el sector comecuras -esos que jamás pisarán una iglesia pero que no pierden ocasión de darle estopa- han llegado a decir que los homosexuales en El Vaticano estaban poco menos que crucificados. Pues que echen un vistazo en Siria o Irak. Allí sí que crucifican de verdad, tanto a cristianos como a homosexuales, pero no salen por la tele porque tiene más tirón posar con el noviete en El Vaticano. Escribía Ana Frank en su diario: “no veo la miseria que hay, sino la belleza que aún queda”. Es cierto, hay mucha miseria, mucho sufrimiento. Pero también mucha belleza en el seno de una Iglesia que acoge y cuida. Ojalá eso vendiera más.