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TRIBUNA

La casa maldita

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 16 de octubre de 2015, 20:28h

Es tradición en toda la novelería europea y colonial el argumento de la casa maldita o maldecida de Dios, en la que desde determinado aciago momento todos sus moradores sufren muertes o desgracias espantosas, y que después sirve de mansión a demonios y brujas, que celebran en ella lúgubres ritos y danzas macabras, y que, finalmente, ello hace que el personaje del escéptico, ajeno a toda superstición ( que nos representa a los lectores ) compre la casa que el terror desmedido de los lugareños ha convertido en una ganga. Este negociante incrédulo suele reírse de trasgos y duendes, de aparecidos y “jettaturas”, y piensa que la leyenda sobre la formidable ganga que ha adquirido es producto tan sólo de alucinaciones de pusilánimes, histéricos y supersticiosos…, los eternos fabricantes de religiones y profetas.

Pero la lógica puede llegar a ser un audaz desafío a la Providencia, y la mente científica y codiciosa puede tentar al destino y penetrar en maléficos dominios. En estas novelas, si salen curas suelen estar consternados ante el atrevimiento del nuevo señor de la casa, y los más pavorosos vaticinios, terribles augurios y sobrecogedores horóscopos salen de los labios de los más beatos y Calcantes de sacristía. Los supersticiosos creyentes en brujas y diablos no se dan por vencidos ante los primeros días de paz que parece vivirse en la casa maldita ni ponen en duda la proximidad e inexorabilidad de la catástrofe. Y un buen día, por un accidente aparentemente ordinario, los moradores de la casa comienzan a sentir en sus espaldas el soplo de lo sobrenatural. Una noche una llamarada terrible inunda de fuego las habitaciones de la casa maldita e ilumina con siniestros reflejos el mar y las colinas. Simultáneamente, retumba pavoroso trueno y parece esparcirse por la atmósfera punzante olor de azufre, el favorito aroma de los diablos, incansables tentadores de la raza humana e inventores de toda suerte de cultos supersticiosos. Entonces el escéptico comienza a inquietarse y pregunta a un espiritista amateur, vecino, y éste le responde con todas esas estrafalarias concepciones de la metempsícosis y de la pluralidad de los mundos.

El señor cura empieza a sostener que en aquella funesta casa reina el ángel de las tinieblas, y que todo el que la habite o tenga trato con sus habitantes acabará de mala muerte. Que las señales fatídicas anuncian, sin duda, la próxima catástrofe, el truculento castigo que la Providencia reserva al escéptico audaz y codicioso que osó desafiar la justa cólera celeste…El escéptico empieza a mosquearse y pregunta a la bruja del lugar, quien le habla de los muertos. Los muertos, no por haber abandonado su vestidura material dejan de ser hombres con sus vicios y pasiones, sus excelencias y frivolidades, y así hay espíritus buenos que nos consuelan en las tribulaciones, nos alientan en el áspero camino del deber, nos prestan inspiración y energía para triunfar en el palenque del trabajo o de la obra científica y literaria, y hay espíritus malos – como los que habitan en la casa maldita del escéptico -, aviesos, frívolos, que se complacen mortificándonos o sugestionándonos sensuales apetitos y pecaminosos y bajos pensamientos. Ni debe extrañar que los muertos deseen comunicarse con los vivos, pues el acto de la desencarnación no rompió, antes bien, estrechó, sublimándolos y espiritualizándolos, esos lazos de amor e interés que ligan la humanidad pasada a la presente.

El mosqueo del escéptico se hace ya un pinchazo agudo en el corazón. Aunque el hálito helador de la ciencia y de la libre especulación filosófica había enfriado su fe de niño, los eventos que pasaban en su casa comprada a precio de ganga, le bajaron sus humos de creyente en la sola ciencia. Y empezó a pensar que el universo, a pesar de las grandiosas conquistas de la astronomía, de la geología, de la química y de la biología continuaba siendo un enigma impenetrable. Se entregó al miedo, y después a la religión y el espiritismo. Se exorcizó su casa, los espiritistas tranquilizaron las almas de los muertos. Y cuando ya todos los males parecían concluidos, el mercader agnóstico murió de un infarto al corazón. Las casas malditas existen. Sólo hay que pensar en la nación española…

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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