Política versus cultura: siempre asistimos a este combate. El sol de la tarde, lento y azul, incendia domingos en las calles de octubre. Rajoy, farallón de silencio, continúa sin estar a la altura de su fracaso mientras Errejón suelta su última ocurrencia: “Ha sido un año difícil porque Goliat se resiste a David”. No, Íñigo: revisa tu estrategia de niño-becario insolente y deja en paz al gigante con pies de barro porque Rivera, el sastrecillo valiente –mata siete de un golpe–, quiere cortarle la cabeza a toda costa el 20-D.
En estas, Pablo Iglesias y Alberto Garzón pugnan por el liderazgo de la izquierda; el primero mantiene la marca Podemos tal y como está y el segundo quiere integrar todas las izquierdas en Ahora en Común, cuyos fundadores -Emmanuel Rodríguez, Pilar García y David Leal- ya han hecho mutis por el foro hartos "de acuerdos de despacho, de arreglos de vieja política en los que se reparten puestos en las listas y cuotas de poder" y "pactos de cúpulas consumados a través de primarias parciales". Ahora Iglesias busca distanciarse de los partidos de izquierda y "centrarse" para obtener más votos, y Garzón prepara una lista conjunta en la que licuará a la clásica IU, ese partido que en manos de Cayo Lara y José Luis Centella se ha malogrado a sí mismo. El líder, por lo general y salvo excepciones, llega a creerse su propio mito, que es el que -más con prisa que con pausa- le urden las cámaras y los periodistas. Resultado: a Pablo el "yo" se le ha desbordado por todas partes. Por contra, Llamazares, que ya es excoordinador de IU, sabe que toda la trama de las cosas se deshace sola y habla sereno de las lealtades a una izquierda prístina.
Alberto Garzón hoy ha dicho sin demasiada convicción y con voz queda que “Podemos no quiere asaltar los cielos, sino asaltar la tierra”. Una reacción tardía al rosario de insultos y descalificaciones que le ha dispensado el soberbio líder pro-bolivariano, el taumaturgo vendedor de humo. El 29 de octubre se sabrá quién es el candidato a las generales de Ahora en Común: ¿el abogado Enrique Santiago? ¿La presidenta de Attac, Sol Sánchez? ¿El presidente de Decide en Común, Alberto Sotillos? ¿O la feminista Begoña Marugán?
Mientras Iglesias sigue con su solipsismo, Gaspar Llamazares se encuentra, herrumbrado como don Quijote, en una edad en la que bien se inventan las pasiones, bien estas lo abandonan a uno: los jóvenes cachorros de la izquierda continúan disputándose el poco pastel progresista en un país gobernado por la derecha, pugna que esta vez amenaza con dejar un rastro de partidos tronzados. Le preguntamos a Llamazares por su enamoramiento por Monedero, cuando en 2010 IU le pagó su viaje a Venezuela para hacer trabajo de campo para GIS XXI: Monedero hacía por entonces un estudio sobre una moneda única para Hispanoamérica –la moneda bolivariana– que se quedó en papel mojado: el coste, 425.150 euros. Ninguno de los dos, ni Garzón ni Iglesias, tiene el encanto crepuscular y la elegancia biográfica de Llamazares, los que tiene Julio Anguita, ambos bajados de un balandro razonable de igualdad, libertad y fraternidad, con toda su barba de califato. Los clásicos de la política conocen y respetan el fino entramado de las cosas, mientras que los bisoños se fragmentan hasta en tres iniciativas diferentes, ahora con la incorporación de Unidad Popular en Común, del despacho de abogados Boye-Elbal.
Ocurre que, viniendo al común de los hechos, al final todo se reduce al encuentro elemental y necesario con los demás. Y verse, besarse y hacerse la foto, para que no se olvide: obligados a entenderse, Iglesias y Garzón se sientan en el sofá y el fotoperiodista los ciega con el flash. Y así, uno a sus cuarenta va haciendo este exceso de memoria por el que siempre juzga el presente, a pesar de que le dicen que no, que solo existe el hoy. El fin de semana, al acecho de fantasmas, nos ocupa la novela tratando de explicar lo inexplicable, que es un desnudamiento del yo existencial y trágico, con mucho humor, personajes intensos y amores que matan, desmontando ese vago proyecto de amor que es la vida. Cierto que las novias nos miran mucho, fijamente, pero eso no es necesariamente indicio de amor: igual es que se han dejado las gafas en casa o tenemos una mancha en la nariz. Su voz ya no va siendo más que un recuerdo afrutado, una página de ficción -¿ocurrió de verdad?, seguramente no-; el sabor de sus labios es una música azul y tenue que se aleja en el río del tiempo hasta hacerse, poco a poco, ausencia definitiva. Pocos conocen el poder sanador de la metáfora. El periodismo y la actualidad son esa medicina que convertimos en una literatura que facilita el olvido y la lejanía, la catarsis e, incluso, la comprensión del absurdo, del vacío, por el camino de Swann. Ahora las ex viven otras vidas de amor liviano, dejando atrás los sueños parnasianos del Valladolid y el Madrid que nunca fueron ni serán: ¡viva el femenil pragmatismo del cambio!
Marina Valero, la joven fibra del olfato periodístico que atiza a las empresas del Ibex 35, con la eficaz ayuda del gin-tonic nos escucha nuestras opiniones sobre el sistema de medios y sus relaciones con el poder después de ver bailar a Natalia Millán en el Windermere Club: Oscar Wilde en Miami, nada menos. El Café Colón es uno de esos refugios subterráneos y elegantes, al margen del espacio y el tiempo, donde uno puede hablar delante de un pincho de tortilla y una ensaladilla rusa, especialmente los domingos, sin que nadie nos grite ni importune. "La del periodista es una labor social de la que debemos sentirnos orgullosos: somos los ojos y los oídos del mundo", le decimos a la noctámbula Marina cuando se duele de que su entorno no comparta su pasión reporteril. Nada hacía presagiar al patoso galo que todo lo desanima, Marina: sus palabras han sido pura patosería, siniestrismo sentimental, soberbia posadolescente, idiocia que habita allende los Pirineos, donde al parecer no saben bregar con una mujer española de carácter. Hay que ser muy periodista para comprender ciertos sacrificios y ver más allá de la pluviosa y lánguida cuadrícula de la Francia septentrional. Al fin, ambos seguimos vía Twitter y comentamos el batacazo del 27-S de Catalunya Sí que es Pot (Podemos, ICV, Esquerra Unida y Equo), a pesar del cual las distancias de los grupos de izquierda se mantienen: si IU defiende los principios y valores clásicos del republicanismo, Podemos rechaza de pronto la identificación con "el margen izquierdo del tablero" –están en plena campaña, arrebañando votos everywhere–. Nada menos.
Lo peor que puede ser alguien es obvio y nadie lo es más que un político a la búsqueda de votos... desideologizando un partido: el centro, el centro, el centro, ay, la derecha, Pablo, qué cerca ya. Y la izquierda no se da cuenta de que tiene una salida natural en algo que ningún partido ni ningún político desde Azaña -y un poco Luis García Montero- han promovido hasta ahora: la cultura. Llamazares ha afirmado el sábado que "No seré cómplice de la disolución de IU, aunque seré el último que apague la luz". Y ha añadido, por si quedaban dudas: "No me siento representado por Podemos: si dejan el espacio vacío de la izquierda, nosotros lo vamos a llenar". La amistad de las izquierdas queda ahí cortocircuitada por ese idealista de alfa y omega que es don Gaspar, que sabe que a un partido joven la soberbia le come “por do más pecado había”.
¿Cómo superar estéticamente el trance que atraviesa la izquierda? Algunos seguimos esperando que Llamazares no sea el último en apagar la luz y cerrar el auditorio de la izquierda nacional, antes de soltar aquella última palabra esencial, la que aún queda por decir y que esconde el cigüeñal de esta neo-Transición que estamos viviendo y que aún tiene que galvanizar en el pueblo. Porque este es, en realidad, un enfrentamiento intergeneracional. Para que la gente respete la izquierda lo primero que haría falta es que se respete ella misma... y a sus mayores.