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POCO A POCO

Un país en la mierda

Borja M. Herraiz
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borjamotaelimparciales/10/5/10/22
lunes 19 de octubre de 2015, 00:04h
Actualizado el: 19 de octubre de 2015, 16:31h

Seis días. Ese es el margen que tiene Argentina para reflexionar, evaluar, sopesar y decidir sobre su pasado más triste, su presente más frustrante y su futuro más incierto.

El próximo domingo, más de treinta millones de argentinos están llamados a cumplir con su derecho constitucional y elegir a su quincuagésimo quinto presidente, una decisión que es de una trascendencia terrible a tenor de la situación por la que atraviesa el país.

El kirchnerismo, ese neoperonismo que se atiborra de la izquierda menos inspirada y al que se le atraganta el mundo real, se ha tornado en un fraude absoluto. Ni el difunto Néstor Kirchner primero ni su viuda Cristina Fernández después han logrado sacar a Argentina de esa perpetua crisis económica, política y social en la que vive sumida desde hace décadas.

El antaño motor de Suramérica es ahora un gigante que languidece entre millonarias deudas con sus acreedores, una economía huérfana de estabilidad y coherencia y una cohesión social que brilla por su ausencia.

Cristina Fernández, que ha multiplicado por diez su patrimonio desde que su marido llegó al poder, ha desperdiciado sus ocho años al frente del Gobierno y dejará la Casa Rosada con un bagaje mediocre tras una gestión errática y, por momentos, como el de la expropiación de YPF en 2012, delirante.

La presidenta ha hecho de la mentira y la manipulación una herramienta de uso común en su gabinete, y para muestra un botón: hace unos días, la agencia Moody´s le pintaba la cara al Ejecutivo argentino al rebajar a apenas 10.000 millones de dólares las actuales reservas del país, 20.000 millones menos que las cifras oficiales, exentas de credibilidad alguna desde hace tiempo, con las que farda el pope económico de Fernández, Axel Kicillof.

En este escenario, el próximo domingo Argentina no sólo decide a su nuevo jefe de Gobierno, además de un sinfín de autoridades locales, sino que acude a las urnas para encontrar su identidad como país. La disyuntiva está clara: o más de lo mismo y puede que peor de la mano de Daniel Scioli u optar por el aire nuevo de un pujante Mauricio Macri que, sin ser la panacea y pecando a veces de un discurso simplista, sí viene con ideas y propuestas nuevas, refrescantes, para reconstruir una estructura gubernamental hecha polvo tras el paso del matrimonio presidencial.

El kirchnerismo ha despreciado el potencial de un país que lo tiene todo para dejar atrás los años ominosos del ‘corralito’ y levantar la cabeza de una vez. Han sido Néstor y Cristina, Cristina y Néstor los que han ayudado a Argentina a hundirse más en la mierda del desempleo (15 por ciento real, por el 3% de los años 70), de la inflación (el FMI asume que alcanzará el 25,6% el año que viene, la segunda más alta de la región tras la venezolana) o del endeudamiento desmesurado (su bono a cinco años se paga a un interés del 8%, el doble que el de su vecino Chile, por ejemplo).

Pero es que dejando de lado la actual economía nacional, que muchos kirchneristas consideran castigo y maltrato de los organismos financieros internacionales en una suerte de ‘conspiranoia’, más mierda aún ensucia el país en lo tocante a lo social, bandera mentirosa del Gobierno saliente. Insostenible es el nivel de la pobreza (28,7 por ciento y subiendo frente al 8% de comienzos de la década de los 80), uno de cada tres hogares argentinos subsisten con planes sociales por falta de recursos y la indigencia afecta a 2,6 millones de personas.

De la violencia casi mejor ni hablar. Argentina es el líder latinoamericano en número de robos, el cuarto en delitos de drogas, el fútbol, el opio pampero, es una guerra entre delincuentes con un saldo de 300 muertos en la última década, una mujer fallece cada treinta horas víctima de la violencia de género y el 60 por ciento de la población no confía en las fuerzas de seguridad, a las que ven como cómplices de la inseguridad. No es de extrañar, ya dicho de paso, que Argentina sea el mayor consumidor mundial de ansiolíticos. Es que no hay quien aguante este panorama.

Con todo esto en la mano, ¿en qué cabeza cabe apostar por ya no doble, sino triple ración de kirchnerismo del tirón? ¿Cómo se puede justificar o creer en el continuismo que encarna la candidatura de Scioli con estas cartas en la mano?

Es el momento de que los argentinos den un golpe en la mesa, de dejar atrás el sainete de los esperpénticos Menem o De la Rúa, de dar carpetazo al victimismo del ‘corralito’, de apostar por el cambio y la cordura, de señalarse de una vez por todas como problema y solución a esta eterna podredumbre de Estado.

Borja M. Herraiz

Jefe de Internacional de El Imparcial

BORJA M. HERRAIZ es jefe de Internacional en El Imparcial

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