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TRIBUNA

Primos de Rivera

lunes 19 de octubre de 2015, 17:57h

Ciudadanos, el partido naranja, ha recibido un aluvión de votos en los diferentes comicios celebrados en España en los últimos meses. También está aumentando considerablemente el número de afiliados y simpatizantes en este río revuelto con ganancia de pescadores en que se ha convertido el escenario político patrio. Sin duda, es la formación de moda, especialmente, entre los jóvenes. Las encuestas lo sitúan como decisivo en la formación del próximo Gobierno surgido de las elecciones generales. Más que bisagra, será la puerta de entrada al poder. Los círculos económicos y financieros ya manifiestan un interés alto en Albert Rivera.

El principal reto es presentarse como un partido de gobierno, lo que supone no solo disponer de un programa real y serio para gobernar, sino dotarse además de un discurso homogéneo y con sólida arquitectura. Esta aspiración es, a primera vista, de fácil logro por la acendrada defensa de la unidad de España que el partido ha demostrado en ambiente hostil dominado por el virus separatista. Pero el objetivo de la uniformidad ideológica también puede verse empañado por dos circunstancias: una estructura territorial incipiente y, en ciertos casos, precaria, y un cuadro de dirigentes cuya procedencia tan desigual puede impedir que calen a tiempo las cuatro ideas fuerza que su líder lleva ahornando desde que decidió saltar de Cataluña a la política nacional.

A día de hoy, la incógnita de Ciudadanos es saber si sus candidatos electorales serán capaces de asumir los principios programáticos o, por el contrario, esa pluralidad de orígenes acarreará un mensaje descafeinado convirtiendo la formación en un guirigay ideológico, como aquella UCD próxima a su desintegración. Ya hay quien empieza a identificar como “camisas viejas” a los afiliados y dirigentes de la primera hora frente a la avalancha de camisas nuevas recién llegados, entre quienes abundan los que dicen ser amigos de infancia, compañeros de pupitre o, incluso, primos de Rivera. En todo caso, un halo de ambigüedad, por no hablar de incoherencia, rodea en los últimos días al partido de Albert en su condición de socio de Gobierno, pues sus líderes se comportan como ciudadanos en Madrid y como súbditos en Andalucía. O sea, exigentes y severos de Despeñaperros para arriba y más bien mansos y sumisos de Despeñaperros para abajo. Mal asunto porque escorándose hacia un extremo llevan camino de perder su tan deseado centro de gravedad.

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