Fui una de esas 5,2 millones de personas que el pasado domingo se quedaron pegadas a la televisión para ver el debate que Jordi Évole moderó en laSexta entre Pablo Iglesias y Albert Rivera. Estaba, de hecho, viendo una película y programé la alarma del móvil para cortar a tiempo y que no se me pasara ese anunciado arranque en el que el líder de Podemos y el de Ciudadanos compartían coche para acudir a la cita con el periodista. Y ante tal expectación, ni pizca de decepción. ¿Cómo lo ha hecho Évole? ¿Cómo conseguir en plena dictadura televisiva de los ‘grandes hermanos’, ‘sálvames’ y compañía que los telespectadores se interesen por una tertulia política? Creo ver dos grandes verdades detrás de esta pregunta. En primer lugar, la forma del debate propuesto por Salvados no es más que la expresión de que sí existe una nueva manera de entender la política –veamos, en el medio y el largo plazo, si esta afirmación se traduce en una nueva manera de hacer la política-. Por otro lado, quizás no sea tan cierto que en esta España mía, esta España nuestra, un porcentaje tan alto de la población esté ‘aborregado’ y se interese únicamente por los dimes y diretes de personajes que no dejan de ser ficción rayana al surrealismo en el contexto que vivimos.
Jordi Évole es un animal televisivo y, lejos de desentenderse de su pasado una vez ganado a pulso un hueco preferente en el periodismo de este país, ha conservado una parte de la esencia de ese El Follonero con el que se dio a conocer de la mano de Andreu Buenafuente. Sí, el jugoso ‘cara a cara’ conseguido por Évole ha estado rodeado de toda una maquinaria de promoción seguramente necesaria hoy en día. El presentador sabe lo que quiere el público y se lo da sin pervertir, y esto es importante, el fondo del asunto. Quizás ese prólogo más experimental y sensacionalista del programa, en el que Iglesias y Rivera mantienen una conversación de ascensor en el coche que los lleva al escenario del debate, fuera una percha tan irrelevante en contenido como crucial en forma, una manera de decirle a la gente: “mira, te voy a contar las cosas de una manera distinta”. Y no se trata de ‘humanizar’ al político sino –si se quiere utilizar ese término- de ‘humanizar’ la política. No es cuestión de llevarse al candidato de no sé qué partido a tomar una caña y hacerle preguntas del tipo ‘¿playa o montaña?’, ‘¿Real Madrid o Barcelona?’; más bien de racionalizar la realidad de lo que es hacer política: sentarse a una mesa a debatir sobre propuestas y soluciones, con el ciudadano como participante privilegiado. Salvados exhibió el domingo un formato de debate distinto al de los tiempos controlados y las mesas cubiertas de papeles con datos que únicamente sirven para ensalzar la labor de unos y embarrar la de otros. El ‘y tú más’ se ha convertido en una manera de hacer política demasiado recurrente y que ya aburre a las ovejas. Aquí fue Évole quien puso de cuando en cuando contra las cuerdas a uno y otro con preguntas, muy en su estilo, que flotaban –algunas, aún flotan- por la opinión pública. El resto del tiempo, la cosa fue más bien una conversación fluida entre dos personas que tienen ideas –sus ideas, gusten a unos y disgusten a otros- para intentar resolver los problemas, tanto coyunturales como estructurales, de España.
El hecho de que dos políticos, candidatos ambos a la presidencia del Gobierno en las próximas generales, se hayan apuntado a la propuesta de Évole viene a significar que hay ganas de nuevas fórmulas y de afrontar situaciones que exigen diálogo y entendimiento. Buena señal, pues parece, a la luz de las encuestas, que eso es precisamente de lo que va a ir la política española a partir del 21 de diciembre. Más les vale tomar nota a quienes pudieron estar sentados al convite de Évole en esas dos sillas vacías, porque el cambio, si no brusco, sí es inevitable y determinante.
PSOE y, sobre todo, PP, están tratando de reescribir su estrategia de comunicación con más o menos suerte. Lo de transmitir ‘cercanía’ está muy bien, pero la jugada no puede quedarse en la anécdota de un baile o la confesión sobre quién lidera la conga en las jaranas del partido. Eso puede resultar exótico o morboso por lo inusual, pero desde luego que no garantiza, ni siquiera insinúa, una actitud distinta si de lo que hablamos es de gestionar un país. El previsible fin de las mayorías absolutas va a obligar a compartir muchos cafés, a los que los votantes deberían estar, por cierto, invitados. Y resulta, al menos, esperanzador imaginar que la estampa ideada por un gran Jordi Évole el pasado domingo podría repetirse más a menudo entre los futuros partidos con representación parlamentaria.