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TRIBUNA

Con móvil y a lo loco

Juan José Vijuesca
miércoles 21 de octubre de 2015, 17:06h

Hoy en día esto puede resultar una obviedad. Hablar por el móvil en plena calle o manejarlo en transportes públicos, salas de espera, cruzando la calzada con la mirada fija en el inseparable elemento o justificar la soledad tocando teclas, no solo es un tic nervioso, es algo más, diría que el personal está abducido por unas ondas en formato tercera mano y a partir de ahí la nada más absoluta.

Woody Allen excusó un retraso a una reunión cuando transitaba por la Quinta Avenida entre una marea de gente y ruidos por doquier sin posibilidad de entender una conversación: “Llegaré algo más tarde, todo está imposible, la gente, el tráfico, en fin, para entenderme con vosotros he tenido que meterme en una cabina de teléfonos y así poder hablar con algo de silencio a través de mi móvil”

No es porque uno se abandone a la deriva de tanto avance y tanta bandurria, es que a cierta edad corren más los galgos que las liebres (perdón por la perífrasis) Así no hay quien pueda competir, ¡qué digo!, así no hay quien pueda seguir el ritmo de los que se abren camino viniendo al mundo con un móvil debajo del brazo como alimento de primera necesidad. En mis tiempos lo era la leche materna, el Pelargón o algún sucedáneo traído por Isabelita Perón. Ahora no, ahora lo primero de un recién nacido es hacerse un selfie y compartirlo con los demás neonatos. Así cualquiera.

Toda esta liturgia viene a cuento porque he sido testigo de oído, junto a un grupo de personas, de una conversación a verbo subido en plena vía pública. Nada que nos sorprenda, pero sí que nos empobrece como miembros de esa especie de cofradía del Santísimo Cristo de la Intimidad y de los Trapos Sucios en Casa. El maromo en cuestión, de unos 45 años y en desgarbo de percha y nada florido en vestimenta, descolgó el celular y con muestras de clara inquietud, sin parar de ejercitarse sobre sus propios pasos, hacia atrás y hacia adelante, mantenía conversación con voz tronada y dejando bien claras sus preferencias de pareja a la mujer que le seguía al otro lado de la línea: “Qué no me gustas sexualmente. Que no quiero acostarme contigo. A ver si te enteras (…) Te lo vuelvo a repetir, no insistas, que no me apetece, que no eres mi tipo, que paso de ti y que para mantener relaciones sexuales tengo otra. Entérate de una vez (…)

En ningún momento apareció rubor alguno a pesar del retintín y la repetida soflama que dicho individuo se gastaba yendo de aquí para allá, como digo, sin perder un ápice de tonalidad verbal. Cabe suponer que la mujer receptora del agravio trataba de no dar por acabadas sus opciones orgásmicas con aquél vocinglero, porque el susodicho volvía una y otra vez a dejarla claro que no estaba por ella y que el asunto de encamarse resultaba de todo punto una empresa fallida.

Mientras el grupo de oyentes no hacíamos otra que aguardar la llegada del autobús, pues no cabía más que seguir aplicando oídos al interesante monólogo, eso sí, premiándonos entre nosotros con alguna que otra mirada de cómplice regusto; no porque el argumento principal tuviera tintes de relativo erotismo, sino porque el espectáculo nos mantuvo en entretenida espera debajo de la marquesina. Hay que reconocer que los nuevos tiempos son gozosos en perdida de intimidad a plena concurrencia, por eso da igual hablar de padre que de madre; de orgías, de deudas, de ropa interior, de ligues, de compras, de los hijos de Caín, de suegras contemporáneas, de divorcios, incluso de la comida preparada que no hay más que calentar en el microondas. Y claro, en un arrebato de vergüenza ajena uno recuerda que no hace tanto, cuando hablar por teléfono público lo era a través de cabina y moneda, bien que nos cuidábamos de cerrar la puerta y echar un reojo con clara indirecta al siguiente aspirante para que éste guardase una mínima distancia. Aquello era como una multipropiedad con derecho a intimidad estanca mientras durase la conversación telefónica.

El caso es que aquél adúltero de la discreción no paraba en dejar claro cuáles eran sus preferencias sexuales con respecto a la doliente y supuesta damnificada, hasta que llegó el autobús de turno y los teléfonos móviles continuaron su trayecto alrededor de la crónica de cada cual, dejando atrás la única manera que tenemos los humanos de comprender la vida de los demás.

En fin, ahora me explico el porqué de tanta insumisión, tanto aislamiento y tanta estolidez en esto de la convivencia, basta con echar un vistazo a nuestro alrededor y darse cuenta de que si no llevas auriculares puestos es porque estás hablando por el móvil, y si no hablas por teléfono es por estar conectado con la wifi y a través de Google buscando desesperadamente el mismísimo y remoto punto G.

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