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ESTRENOS

Mi gran noche: Álex de la Iglesia, Raphael y la comedia explosiva

viernes 23 de octubre de 2015, 11:05h
Llega a las salas Mi gran noche, el último trabajo de Álex de la Iglesia, que estira hasta el extremo la concepción que el director bilbaíno tiene de la comedia: caos, rapidez y locura. El plato fuerte, la vuelta al cine de Raphael, que desvela un sentido del humor infinito y pone la guinda a una película a la que acudir sin prejuicios.
Mi gran noche: Álex de la Iglesia, Raphael y la comedia explosiva
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Con perdón de un Carlos Areces, que merecería un capítulo aparte, la última aventura del director de La Comunidad o Balada triste de trompeta tiene dos nombres propios indiscutibles: Álex de la Iglesia y Raphael. El primero, por tener el arrojo de proponerle a un mito de la canción española –con todo lo que eso significa- semejante proyecto. El segundo, por decir que sí. El cineasta bilbaíno ha recuperado cuarenta años después la faceta de actor de un Raphael que fue galán del cine musical romántico de los sesenta antes de centrarse por completo en su carrera musical, y la ha dado la vuelta para ponerla rumbo a la comedia desatada e hiperbólica de su sello. Por su parte, el intérprete de Escándalo y El Tamborilero ha sacado su arma secreta: un humor madurado durante cuatro décadas para sorprender a propios y extraños con una gigantesca y deliciosa parodia de sí mismo.

Aunque el proceso creativo rara vez ocurre así, me gusta imaginar una escena surgida de pronto en la mente del cineasta como germen de cada película. Mi gran noche podría haber nacido de una conga de hombres y mujeres que se desliza por un plató de televisión a las órdenes de un regidor que vocea por el megáfono pidiendo más sonrisas, más jolgorio, más fiesta. Cada eslabón de ese tren humano tiene otras preocupaciones y objetivos e intenta resolverlos, pero sin salirse de las exigencias guión: bailar, reír y pasárselo en grande (o fingirlo al menos). Álex de la Iglesia firma una poco sutil metáfora del mundo actual a través de la grabación interminable de una gala televisiva de Nochevieja, en la que todos tienen que aparentar una dicha infinita a pesar de llevar semana y media en pleno agosto aplaudiendo actuaciones que ni siquiera han visto y abrazándose con desconocidos entre confeti, lentejuelas y silicona.

Sobre esta estructura el cineasta va engastando historias, a cada cual más histriónica y frenética, para componer una comedia coral, caótica y negrísima. Por un lado está Raphael haciendo de Alphonso, una leyenda de la canción melódica, luchando por conseguir para su actuación el espacio de máxima audiencia, justo después de las uvas. Le ayuda su hijastro y representante Yuri, un ruso comido por el eccema cutáneo que le provoca el amor-odio hacia su padre adoptivo y genialmente interpretado por Carlos Areces. También al acecho de esos codiciados minutos televisivos se encuentra Adanne, la estrella latina del momento, descerebrado y con las hormonas sexuales disparadas, un Mario Casas que tiene que volver a agradecer a De la Iglesia el haberle exprimido la vis cómica. Este triángulo es, sin duda, la mejor baza de la cinta y termina de animarse gracias a la intervención de un siniestro y obsesivo fan de Alphonso, bien defendido por Jaime Ordoñez.

Mientras, Carmen Machi y Carmen Ruiz un par de divertidas escenas como la realizadora y ayudante de realización del programa; Pepón Nieto llega a última hora como extra a una mesa en la que se rumorea que la guapa Blanca Suárez es gafe; dos fans de Adanne urden un plan para hacer dinero a su costa en los platós; el irrepetible Enrique Villén maneja los hilos del mercado negro de alcohol y chismes durante el rodaje; los presentadores de la gala, Hugo Silva y Carolina Bang, luchan por el protagonismo y la fama; y Santiago Segura, el director de la cadena, lidia con un grupo de manifestantes que protesta por un ERE a las puertas del estudio.

Hay paro, hay corrupción, hay picaresca y telebasura y una irremediable lectura sobre la apariencia de felicidad que parecemos obligados a irradiar hoy por hoy–solo hace falta echar un vistazo a las redes sociales-. El contexto recuerda al que ya usó De la Iglesia en El día de la bestia, la Navidad, esa época en la que se radicaliza la sociedad del consumo y de la dicha como exigencia, que convierte al individuo en masa y a la masa en perfecto escenario para contar unos personajes que tratan de moverse por los reductos de las normas. Pero Mi gran noche ni siquiera requiere un análisis en estos términos. Ya fue definida por De la Iglesia como “una comedia total” y el objetivo no es más que ese: hacer disfrutar, reír y pasar un buen rato en la butaca. Un buen rato frenético, claro; porque si algo tiene la cinta es que estira hasta el extremo la concepción que tiene Álex de la Iglesia del género: persecuciones, diálogos rápidos, cámaras que vuelan entre multitudes, alturas, ruido, carreras… No hay espacio para el reposo o para escenas de transición, ni siquiera para desarrollar de forma plena todas las tramas, que entran a puñados en los 100 minutos de metraje, sin que sea un inconveniente para el disfrute impúdico que propone el director.

No hay que buscarle tres pies al gato. Mi gran noche ofrece lo que el propio Álex de la Iglesia había adelantado: una comedia sin ataduras, gamberra y explosiva, con algunos gags que invitan a la carcajada, una banda sonora entre la historia de la música y la España más casposa y el caos por bandera. Sin prejuicios, genial.
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