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TRIBUNA

Un Ejército sin memoria (I)

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 23 de octubre de 2015, 19:54h
Sería, desde luego, iluso esperar de un Ejército anémico que celebrase, como exige su limpio y descollante historial, el bicentenario de la esclarecida memoria del teniente general, varias veces ministro y en dos ocasiones presidente del gobierno de España, D. Marcelo Azcárraga (1834-1915). Pero de ilusión también se vive, especialmente, en tiempos conturbados y cuando esta radica en la esperanza del comportamiento de una institución abrillantada a los ojos de gran parte de la generación del cronista –y, por supuesto, postremus inter omnes, deélmismo…- con todos los fulgores del agradecimiento y el culto merecido por susnombresmásagregios.

Mas, en verdad, pese todavía a la gran popularidad de la obra de un periodista de raza que envuelve en nuestros días el recuerdo de los Tercios de Flandes y de la Marina de Trafalgar en los colores más atrayentes de las gestas bélicas, dado el estado en que se encuentra un Ejército que sólo alimenta la crónica diaria de sucesos relacionados con hormonas, amoríos a menudo frustrados y hazañas pedagógicas y asistenciales, era del todo utópico que el bicentenario de uno de sus más preclaros miembros fuese honrado condignamente. Un sentimiento de más baja índole que el de la gratitud como es el egoísmo habría debido, cuando menos, de impulsar a sus actuales rectores a enaltecer la citada conmemoración. Sin filiación roborante, sin vivencia profunda del continuum que modela la trayectoria de pueblos, sociedades y corporaciones, resulta imposible de todo punto custodiar los valores esenciales que las identifican.

Y bien que la alzada figura de D. Marcelo Azcárraga provee con prodigalidad sobresaliente de elementos y mimbres para una celebración a tono con su significación histórica y los servicios que rindiera a su idolatrado país. Venido al mundo en la capital de Filipinas cuando ya se había eclipsado casi por entero su rango imperial, moriría en un Madrid que andaba los primeros pasos por la senda de su definitiva modernización cosmopolita. En todo momento quien habría de pilotar con mano prudente y sagaz los destinos de su patria en una de sus coyunturas más difíciles –la crisis del 98, vivió acorde con las grandes corrientes imperantes en su época; en particular, según es lógico, en la institución castrense. Admirador en la mocedad de la carismática personalidad y fuerte liderazgo de J. Prim, a cuyas órdenes sirviera en la célebre expedición a México, en pleno fragor del conflicto secesionista norteamericano; jefe del Estado Mayor de las fuerzas que, al mando de un hombre de su mismo temple, el general D. Arsenio Martínez Campos, debelaron el famoso levantamiento del cantón cartagenero; y, finalmente, partícipe de modo decisivo en el triunfo de las armas del flamante Alfonso XII sobre su rival carlista, el legendario Pretendiente Carlos VII, Azcárraga aquistó en los campos de batalla un prestigio redoblado por sus innatas y bien cultivadas dotes de gobierno, entre las que el sentido de la organización a gran escala y don de gentes descollaron a altura envidiable. Únicamente a esa luz cabe explicarse el respeto unánime que rodeó su atractiva figura en los ambientes más distanciados de la milicia y en una época en que las tensiones políticas afloraban con particular fuerza.

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