www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Hispanoamérica o el trébol de Bünting

Jorge Casesmeiro Roger
sábado 24 de octubre de 2015, 18:23h
Actualizado el: 24 de octubre de 2015, 19:48h

El mundo de Heinrich Bünting cabía en una hoja de trébol. Y así lo dibujó el teólogo alemán en un mapa simbólico de su Itinerarium Sacrae Escripturae (1581), o libro de viajes por la totalidad de las Sagradas Escrituras. En esta curiosidad cartográfica de inspiración trinitaria, Jerusalén es la órbita central del siguiente trifolio: Europa en el óvalo de la izquierda, Asia a la derecha y debajo África. Mares y miedo circundan el mundo conocido. El desconocido, descubierto por los españoles un siglo antes, asoma apenas en el plano por el margen inferior izquierdo: América, Nuevo Mundo, dice sobre el saliente.

Miro esta lámina tras el Día de la Hispanidad y me sonrío. Cándido y extravagante resulta este mapa de laboratorio, publicado en Alemania mientras a la izquierda del Atlántico florecía ya el capítulo decisivo del cristianismo en la era moderna: su injerto en los pueblos amerindios; por no mencionar en qué quedaría hoy el mapamundi cristiano, y más concretamente el católico, sin el concurso de la América que reza en lengua española. Miro pues este plano rubricado en el siglo XVI por un pastor protestante de Hannover, y su alucinada síntesis me traslada a las aventuras del barón de Münchhausen, a los viajes de Gulliver y a la ínsula Barataria: España conquistando el mundo, mientras en Alemania pintaban castillos en el cielo... En fin, que la cosa tiene su gracia. Hasta que de repente se me borra la sonrisa. Porque bien mirado, el rinconcito por donde despunta el continente americano en el mapa del sajón, refleja perfectamente la marginalidad a la que ha sido relegada en España la crónica y la cultura común de Hispanoamérica. Vivimos, en general, de espaldas a ella. No se enseña, no se lee; se desconoce. Y por lo tanto no puede apreciarse ni ser criticada sin caer en el disparate. De la hispanidad, seamos claros, sabe el español medio lo que el mapa de Bünting. Es, luego somos para nosotros mismos, terra incognita.

Renovar la fiesta

Pero es que hasta las honras que le dedicamos en su día mayor son el reverso de tan carencial estado. En nuestro doce de octubre –también fiesta trifoliada–, el Día de la Hispanidad converge con la Fiesta Nacional y con la patronal de la Virgen del Pilar. Y tres son también los ceremoniales que han vuelto a marcar este año su agenda: el desfile militar, la recepción de autoridades en el Palacio Real y los oficios religiosos. Lo que a título simbólico tiene sentido. Porque sin Corona, sin Armada y sin Iglesia, nada de lo que hoy es Hispanoamérica, con su grandeza y sus deficiencias, habría sido nunca. Sin embargo, me parece que este protocolo encorseta el festejo de lo hispano en torno a señas que enraízan, pero que no agotan, todo lo tejido durante cinco siglos entre España y América.

Que la hispanidad, como constructo sociocultural, tenga o no su día en el calendario, me importa poco. Lo que me inquieta es que, aun teniéndolo, sea en nuestro imaginario colectivo algo exclusivamente reconcentrado en torno a un ritual monárquico, castrense y religioso. ¿No hay más? ¿Acaso no emergió y caminó junto con todo ello mucho más? ¿Acaso no hay otros elementos que, dignos de celebrar y compartir, den hoy contextura a lo hispanoamericano? Y parafraseando un fragmento del Descargo de conciencia de Laín Entralgo en torno al cristianismo redundo: En una sociedad indiferente a la hispanidad, hostil incluso contra ella, ¿no es otra la imagen que de la hispanidad hay que ofrecer? ¿No sería más fundamental y urgente proponerla social e intelectualmente actualizada, y gritar cum ira et studio la virtualidad efusiva, iluminante y envolvente de aquello que otorga nervio propio y universalidad a la visión hispana de la vida, empezando por su inagotable idea del mestizaje? Buena apuesta sería esa. Hispanoamérica es un activo peninsular singularísimo, una gran reserva de energía vinculante y propulsora en un país donde la unidad nacional es pieza de rececho. Y nos otorga, dentro de Europa, un incalculable valor añadido.

Ahora bien, tal y como están hoy las cosas, España sólo podrá capitalizar este valor sellando un compromiso educativo y cultural. En este sentido, es una buena noticia que el reciente 12 de octubre fuese decretado jornada de puertas abiertas en los principales museos nacionales y Reales Sitios. Es, como digo, una nueva excelente, un magnífico indicio. Urge reconocer, sumar, compartir con el mundo de las artes y las letras la tribuna de este día. Y por ello deseo y auguro para la revitalización de estas fiestas un creciente protagonismo de las obras y nombres de la cultura. De la cultura, obviamente, española e hispanoamericana, que eso es lo que se festeja. Bien está, por supuesto, que el Día de la Hispanidad podamos entrar gratis en el Prado, en el Thyssen o en el Monasterio de las Descalzas. Y magnífico es poder acercarse a la Caja de las Letras del Instituto Cervantes, o contemplar un colorido video mapping proyectado sobre la fachada del Palacio Real. Pero no basta. El erial que atravesamos requiere otros afanes. Es necesario poner, enfocar en ello, un mayor esfuerzo divulgativo y pedagógico.

Pensar las coordenadas

Esto es, al menos, lo que me planteé con unos amigos cerca del cincuentenario luctuoso del poliédrico José Vasconcelos, allá por 2008. Motivo por el que constituimos una asociación ad hoc, que sin ánimo de lucro ni ulterior filiación consagramos al único objetivo de convocar un acto conmemorativo en memoria del ilustre mejicano por su defensa de la herencia española en América. Dos propuestas conceptuales articularían el proyecto. Primero: ¿Qué es la hispanidad? Exponer las coordenadas que definen lo hispánico en toda su amplitud, mostrando que la hispanidad se expresa en lengua española, pero que es mucho más que la lengua española. Segundo: ¿Qué aporta la hispanidad?Reconsiderar el significado y sentido de la tradición humanista hispana en el debate de las culturas universales y a la luz de los retos del tercer milenio.

La idea inicial era organizar un ciclo de ponencias que, en paralelo con una eventual exposición divulgativa sobre la cultura hispana, harían de tronco sobre el que arbolar otros actos didácticos y socioculturales. Pero en el crudo invierno de 2008 la crisis económica era ya un hecho. Y nosotros, por decirlo pronto, éramos pocos y no éramos nadie. De manera que tras explorar la desasosegante vía de la subvención y el mecenazgo, rebajamos nuestras ambiciones y decidimos rascarnos el bolsillo para hacer un discreto fondo común, confiando en el entusiasmo de las personas que supiésemos ganarnos por el camino.

Y para ser algo inicialmente tan incierto y precario, la cosa salió bastante bien. Pues un año después, con el aval de la Escuela de Ingenieros de Minas, el Colegio de Doctores y Licenciados, el Centro de Cultura Iberoamericana y de la Colonia Mexicana en Madrid –amén de la generosa hospitalidad de la Embajada de México–, el 30 de junio de 2009 la sede del Instituto de México en España acogió una pequeña pero compacta mesa redonda en torno a lo previsto. Y para mayor satisfacción, con la asistencia de unas ochenta personas y la alentadora presencia del entonces Embajador de México en España, don Jorge Zermeño Infante, que inauguró el acto con una lúcida intervención sobre Vasconcelos y recogió de nuestra mano una placa conmemorativa dedicada al homenajeado –el antaño y allende Maestro de América–, como Maestro de la Hispanidad.

Filosofía del encuentro

Pero lo mejor de aquella singladura fue el ejemplo de magisterio y gratuidad que nos brindaron los tres ponentes que dieron cuerpo a la citada mesa: el jurista y en aquel momento director del Instituto de México en España, Jaime del Arenal Fenoquio; el filósofo y politólogo Agapito Maestre Sánchez, y el documentalista y escritor Borja Cardelús Muñoz-Seca. Ellos nos recordaron ese día que la hispanidad es saberse periferia americana desde la centralidad española, y viceversa. Lo mejor, insisto, fue hacer amigos y aunar sus inteligencias y sensibilidades en torno a un afán compartido.

A Jaime del Arenal aún lo recuerdo por su hospitalidad, pues sin él nuestro proyecto habría naufragado en puerto. Todavía tengo presente la bonancible prudencia con la que nos recibió como agregado cultural, y la ilusión con la que se comprometió enseguida que comprobó lo acendrado de nuestro proyecto. Su animada ponencia ofreció al auditorio, el día señalado, una perspectiva abierta y mesurada del legado vasconceliano. El epígrafe de su ponencia, extractando sus palabras, podría ser algo así como: “Hacia la venturosa América española”.

Por su parte, Agapito Maestre arrancó con una vigorosa reivindicación del pensamiento en español, un pensamiento de idea viva y terrestre, narrativo y realista. Nos contó, Agapito, la crónica de la amistad entre Vasconcelos y el gran Alfonso Reyes; dos de cuyos descendientes nos acompañaron durante la velada. Y nos habló sobre el fracaso de una cultura que no supo extraer un mensaje fraternal de estos gigantes, el fracaso de una hispanidad cegada por el desgaste de su propia enemistad y autonegación. “Vasconcelos y Reyes: el sentido hispánico de la vida” es como titulé entonces su ponencia. Hoy, menos optimista, la presentaría como: “Reyes y Vasconcelos: naufragios de la cultura hispana”.

Por último, Borja Cardelús nos cautivó a todos con una síntesis sobre la hispanidad como modelo sociológico, material e inmaterial, que hace de Hispanoamérica una superpotencia cultural, un compendio de vitalidad y sabiduría popular, riqueza natural y entrañables costumbres que impregnan los sentidos. Habló de lengua, de acervo ganadero, arquitectura y urbanismo, de artes y de música, de religión, de gastronomía... Habló –en definitiva y por citar uno de sus libros– de las Luces de la cultura hispana, una cultura de gentes que destacan por el sol de su instinto festivo y por su forma de encarar con alegría el milagro de la vida, con su inviolable misterio y a pesar de sus muchos quebrantos.

¡Cuánto aprendí de mis nuevos amigos aquel 30 de junio! Con cariño custodio todavía el vídeo y la transcripción de las ponencias. Si el pensamiento en lengua española sobresale en la narración vital, en esa expresión literaria que no rehúye mirar a la vida de frente, la aventura que entonces concluía era un buen ejemplo de experiencia hispana, de filosofía a la española; jornada por lo tanto en la que no faltó –gracias, Marta– un sabroso aperitivo regado con cerveza mexicana y vino español.

Una cultura luminosa

¿Qué es, entonces, la hispanidad?, me pregunto hoy volviendo sobre el título que puse a la abigarrada alocución de Cardelús. Pues el complejo ecosistema humano que emerge del maridaje hispanoamericano durante más de cinco siglos de despliegue. Y es nuestro fracaso colectivo como pueblo, como civilización, no haber sabido asentar sobre ella una crítica cultural madura y consciente, realista y ambiciosa, de la fenomenología hispana. Una crítica de sus luces y sus sombras que no derive en nuestro habitual cainismo y afición al suicidio cultural. Pues sólo desde aquí será posible, como lo tiene escrito Agapito Maestre, dejar de hacer hispanismo turístico e incorporar la inteligencia hispánica, el pensamiento en lengua española, al debate de las civilizaciones o diálogo internacional de las culturas. Una crítica que no cercene el arraigo de la mirada y la celebración de la circunstancia. La del cincuentenario de Vasconcelos, por cierto, la festejé también con mi amigo Paco en la Real Basílica de San Francisco el Grande, donde nos concedieron un ruego por el alma del hermano José durante una misa ordinaria. Lo que resultó muy apropiado, ya que hacia el final de su vida Vasconcelos ingresó en la Orden Tercera franciscana. ¡Y menuda conversación, la que mantuvimos luego sobre fe y razón con aquel leído fraile que ofició la eucaristía! Vasconcelos, Renan, Unamuno... Casi nada.

Pero volviendo al doce de octubre, y puestos a celebrar la circunstancia de su víspera proyectando un vídeo sobre la fachada del Palacio Real, ¿por qué no mapear un avance de la obra que sobre Hispanoamérica tiene Borja Cardelús? Pocos como él han divulgado más y mejor la huella española en todo el orbe americano, así como el impacto que América supuso para España. Y pocos como él han recorrido y documentado la vida de sus pueblos. Ahí están sus libros Luces de la cultura hispana y Momentos estelares de las Américas, y sus documentales El Camino Real de Tierra Adentro, Crónicas paralelas de Iberoamérica o la célebre serie televisiva De polo a polo. Y sobre el ámbito useño, textos como La huella de España y de la cultura hispana en Estados Unidos, La Florida española o El legado español en los Parques Nacionales de Estados Unidos... ¡Menudo video mapa! ¡Qué pregonazo para el Día de la Hispanidad! Eso sí que sería encuadrar el sentido de la fiesta. Porque una fusión bien articulada de todo ello nos regalaría un espectáculo de nuestro itinerario cultural tan bello como inteligente. Es decir: latidos culturales. Que una cosa es el latido cultural, y otra muy diferente las ineptitudes de la inepta cultura; por entreverar un título de Agapito Maestre con un verso de López Velarde. Hay tanto por hacer..., tanto por estimar... Montado a horcajadas del Atlántico, un continente entero arde de vida y de cultura. Está ahí, latiendo entre nosotros, razón vital por todas partes. Podemos echarnos a su encuentro, o seguir vegetando en el trébol de Bünting.

Jorge Casesmeiro Roger

Licenciado en Pedagogía y en Periodismo

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (13)    No(0)

+
0 comentarios