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TRIBUNA

Latinoamérica al filo de sus paradojas

sábado 31 de octubre de 2015, 17:04h
Uno se asombra ante la recurrencia de las crisis por las cuales transitan las sociedades latinoamericanas. Corrupción en Guatemala, autoritarismo en Venezuela, Narcotráfico en Colombia, cuestionamiento político del Gobierno Brasilero, aburrimiento en el Chile de la Sra. Bachelet, Paramilitarismo en México, crisis económica en Ecuador y largo etc. Nos movemos en una especie de tiempo discrónico en el cual no terminamos nunca de ponernos de acuerdo y siempre intentamos reinventarlo todo. Como si el pasado no sirviera más que para recordar los actos heroicos de los Padres Fundadores, para escoger nombres que ponerles a las plazas públicas, no es casual aquel dicho según el cual todo el tiempo pasado fue mejor.

La verdad es que somos pueblos bastante desmemoriados que nos empeñamos en repetir los viejos errores sin aprender de ellos y sin poder evitar su recurrencia. No en balde termina uno llenándose de angustia ante la incoherencia de las políticas públicas o ante la permanencia de la pobreza en medio de la opulencia de algunos. Es claro para mí que nuestro drama particular tiene que ver con la imposibilidad de proporcionarle coherencia al juego de nuestras instituciones políticas.

Es decir nuestras reglas del juego no tienen la solidez suficiente para garantizar la construcción de una función de bienestar colectivo que incluya suficientemente y que garantice una distribución al menos equitativa de los costos y beneficios de la asociación política. Nuestro problema tiene que ver, en gran medida con las debilidades del juego institucional, con la personalización de lo político, con el arraigo del populismo, -fenómeno exacerbado en el caso de Venezuela y de Argentina-, y, en fin, con la construcción de un sistema de incentivos que favorece la trampa, el fraude y el facilismo como mecanismos para la supervivencia antes de ponderar el trabajo creador como un factor de cohesión colectivo.

Es cierto que estoy haciendo una generalización gruesa y que cada uno de los países que conforman la región tiene características particulares. Pero, es indudable que en el contexto de esas particularidades, con sus más y con sus menos, se trata de sociedades que, en general funcionan de manera desordenada, que viven desde la impuntualidad, que no respetan el tiempo del otro, que buscan atajos. No sé si se trata del origen o de la consecuencia de nuestros males, pero es evidente, al menos para mí, que forma parte de un mal que se ha establecido colectivamente.

Creo que todo esto tiene que ver con el hecho de que el proceso de construcción del Estado Nacional weberiano, aquel que tiene para sí el monopolio de la coacción física legítima no solo es un fenómeno que llegó tardíamente a la región, sino que además se trata de un proceso inconcluso. Se debe destacar, en este orden de ideas, que casi todos los países de América se constituyeron en tanto que Estados modernos a finales del siglo XIX o a principios del XX.

No es que no existieran como unidades políticas, a fin de cuentas los procesos independentistas se cerraron, casi todos, en la primera mitad del XIX. Se trata de algo más complejo, la construcción de un sentido de unidad nacional en nuestros predios fue un proceso lento, de avances y retrocesos, que entre dictaduras, guerras civiles, confrontaciones e invasiones de ejércitos extranjeros no permitió el establecimiento de la civilidad y de las leyes como elementos constitutivos de un régimen de libertades.

Así se nos impuso durante mucho tiempo la figura del hombre fuerte, del golpe de suerte, del héroe a caballo. Se nos sometió a la figura del caudillo como factor de cohesión y, consecuentemente al miedo como mecanismo de control colectivo. Llama la atención, por ejemplo, la división que uno encuentra en Chile ante la figura de Pinochet, o que la Venezuela moderna fuese posible gracias a la acción modernizadora de una de la peores dictaduras del siglo XX, aquella que formó al ejército y a la burocracia al tiempo que torturaba y asesinaba, hablo de la dictadura de Juan Vicente Gómez, el amo del poder durante largos 27 años.

Es crucial reconocer que nos movemos dando tumbos, que a pesar de que la democracia se ha institucionalizado y se cumplen los rituales asociados, se trata de una institución débil, que a veces es pasto de los ‘hipnotizadores de serpientes’. Uno siente que aún nos movemos entre la civilización y la barbarie, que incluso nuestras sociedades más avanzadas y mejor educadas pueden llegar a ser víctimas de los cantos de sirena que nos proponen algunos líderes populistas, como lo fue la sociedad venezolana erotizada y seducida en su momento por Hugo Chávez.

Se trata de apuestas complicadas, es necesario redefinir el alcance y el funcionamiento de nuestras instituciones. Por una parte es necesario garantizar su imparcialidad, su consistencia en el tiempo y su funcionamiento de acuerdo a determinados criterios de justicia previamente establecidos y suficientemente consensuados. Por otra parte, es necesario garantizar que funcionen adecuadamente los sistemas que garanticen el balance de los poderes, que eviten que se instalen facciones en el ejercicio del poder, que se eduque para la libertad, para la emancipación, para la independencia. Necesitamos más ciudadanos y menos soldados, más civilistas y menos militantes, más universitarios y menos soplones cooperantes.

Nos movemos ante la necesidad de redefinir nuestros sistemas de incentivos, de fortalecer nuestros códigos morales y nuestro comportamiento ético. Es paradójico que esta experiencia democrática no se haya convertido en una experiencia ciudadana, que aún nos encontremos lejos de una comprensión adecuada acerca de la necesidad de ser tolerantes, de aceptar las diferencias, de jugar al encuentro entre nosotros y no a los desencuentros. Tenemos aún un largo camino que recorrer en busca del Aleph.
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