Estuve en Zaragoza el pasado fin de semana y mis padres, con mucho amor, me pusieron en la maleta jamón y longaniza. Fue antes de que la Organización Mundial de la Salud (OMS) dijera que la carne procesada, los ahumados y los embutidos, los curados, las salazones e, incluso, la carne roja, pueden causar cáncer, pero yo creo que me lo hubieran puesto igual.
Me llega un chiste al whatsapp mientras escribo esto: “El portavoz del Congreso comunica que el aviso de la OMS no afecta a España. Aquí los chorizos están sin procesar”.
Cuando no puedes comer todas las manzanas antes de que se pudran haces sidra y mermelada. El cerdo de las matanzas tenía que durar todo lo posible y por eso se hacían los embutidos. Más al norte ahumaban las carnes y los pescados como método de conservación, cuando no podía ni soñarse con un frigorífico. Aquí, en España, los musulmanes dejaron los escabeches, que en el nuevo mundo se convirtieron en ceviches.
La alimentación es el primer estadio económico, y casi cultural. Hay quien ha sentido la tentación de explicarlo todo con el estómago, como Freud lo explicaba con el sexo. En cualquier caso, convendría decir que el ‘aleph’, la letra primera del alfabeto, el antepasado de nuestra ‘a’, era una cabeza de vaca que se fue volteando en los brazos de los siglos.
Ahora resulta que las vacas, ese animal cornudo y sagrado que tan largo camino ha hecho junto al hombre, son medio venenosas. Su leche está cada vez más denostada en la dieta, sus flatulencias contaminan y, para colmo, su carne es poco menos que cancerígena.
Es cierto, en las grandes ciudades nos comemos a las vacas sin mirarles a la cara. Vienen envasadas en filetes, o están ya descuartizadas en el mostrador de los charcuteros.
Difícil comprender ahora el escrúpulo kosher de los judíos practicantes, que no pueden comer
cheeseburger por aquello de no mezclar la carne vacuna con el queso. Cuando las vacas eran parte de la familia, los lácteos y la carne procedían de la misma estirpe, y por eso el mandato bíblico: “No guisarás el cabrito en la leche de su madre”.
Nietzsche opinaba que el cristianismo jamás hubiera triunfado entre los pueblos germánicos si, como el judaísmo, hubiera prohibido comer cerdo. Es cierto que en aquellas tierras del norte mucha huerta no hay. Pero Jesús tenía una firme opinión al respecto. En el Evangelio según San Mateo pronuncia esta frase: “No lo que entra en la boca contamina al hombre, sino lo que sale de la boca”. Así que los cristianos se libraron de los tabús alimentarios.
A lo mejor es que estamos inventando una nueva religión –que ya previó Nietzsche-, la religión de la salud. O quizá estemos sacando todo un poco de quicio. A veces también los periodistas hacemos un poco de 'charcutería informativa' porque, siguiendo los mismos razonamientos que se han podido leer esta semana, la OMS considera que es cancerígeno
hasta el mismísmo Sol.