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NOVELA

José Pazó: Banteki. (El salvaje)

domingo 01 de noviembre de 2015, 20:38h
José Pazó: Banteki. (El salvaje)

Prólogo de Alberto Olmos. Libros de la Ballena. Madrid, 2015. 208 páginas. 14,20 €

Por Matías Jaque

La rabia y el desenfado con que habla el narrador de Banteki (El salvaje), primera novela de José Pazó, podría llevarnos a pensar que uno de los objetivos del texto es romper una imagen idealizada de Japón: que nadie aspire a hallar en esa cultura una guarida que nos limpie y nos redima. No hay salvación para la mácula que esta inmoralidad llamada Occidente ha dejado en nuestros corazones. La novela de Pazó se zambulle (y sí, durante la zambullida parece recomendable aguantar la respiración) en los brutales años de juventud de un extranjero en Osaka, un acelerado tren de aventuras en el que el sexo, la violencia y la soledad entremezclan sus caretas para fijar, a la larga, un único rostro de hastío. A ratos parece como si Nothomb hablara desde la prosa de Céline y quisiera no solo desmentir un estereotipo sino maldecir para siempre su referente.

Pero, ¿qué es lo que, en definitiva, se ve desacralizado? ¿Japón? La rapidez de la prosa y la caprichosa selectividad del narrador inducen a desconfiar de que la decadencia expuesta sea patrimonio exclusivo de algún rincón cualquiera de este mundo, y la enraíza, en cambio, en la mirada del héroe. Banteki verbaliza la melancolía y la euforia de un hombre decepcionado de algo que bien podría ser Japón, la juventud, la perspectiva misma con que un extranjero se ve forzado a mirar, desde el margen, una cultura ajena; o el futuro enrarecido desde donde se ha de reconstruir a tropezones un pasado personal que, en cierto modo, es también una cultura ajena.

Uno de los puntos mejor logrados de la novela es su respuesta ante el problema de la unidad narrativa. Por supuesto, no hay ninguna razón obvia para cerrar una historia. El que los acontecimientos narrados alberguen -como pedía Aristóteles a la buena fábula- una cadena causal que conduzca fatalmente a una culminación es casi tan caprichoso como que la historia se prolongue indefinidamente hasta que, como en cierta narrativa americana, la página en blanco nos asalte y nos deje pendiendo del enigma. Banteki explora una tercera posibilidad, que alcanza un acuerdo más o menos justo entre el narrador y el mundo narrado.

La historia del extranjero en Osaka está atravesada por el “diario encontrado en una olla de arroz”, manuscrito que contiene las confesiones (nos enteraremos luego) de una adolescente a quien unas circunstancias triviales arrastran hacia el mundo de la pornografía infantil. Nuestro salvaje lee unas cuantas páginas entre aventura y aventura. Lee como si esas páginas que le resultan completamente anónimas actuasen como el “reloj narrativo” que marca el pulso y la unidad que, por supuesto, el frenesí de su propia vida le niega. Las hojas, arrugadas y maltrechas, se agolpan bajo la chichonera del salvaje mientras este monta una motocicleta que lo lleva de Osaka a Kobe, de garito a hotel, de callejón a baño público.

Esos oscuros tictacs, de los que el narrador se desprende con frialdad y suficiencia a medida que cumplen el cometido de entretener sus minutos vacíos, arrojan quizás las lecciones más bellas de la novela. Por una parte, exhiben, como ya he dicho, cierta elegancia a la hora de prestar unidad narrativa al texto. El ritmo marcado por las hojas sueltas del manuscrito gravita, a la vez, dentro y fuera de la historia; es la huella del narrador (o su fantasma) anunciando que tarde o temprano todo tendrá que acabar. Por otro lado, ¿qué hace de los finales unos constructos sospechosos? ¿Por qué habría que, en principio, darle una vuelta de tuerca al problema de la unidad? Se dirá, sin duda, que a causa de la soledad y fragmentariedad de la vida misma.

Desde esta perspectiva, Banteki arroja, no ya un virtuosismo formal, sino un cierto mensaje ético. El sentido, la unidad de un hombre quebrado por una vida de euforia y decepción, solo puede provenir, sin que él siquiera lo advierta, del relato inconcluso de otra vida rota. El salvaje desprecia las hojas leídas, pero también se aferra a las hojas restantes. Hasta que su tiempo de pavonearse en el escenario acabe. El libro nos ofrece -una segunda parte que complementa al relato principal- Diario encontrado en una olla de arroz. No hay, sin embargo, comunión efectiva entre los marginados. Solo les queda la improbable identidad colectiva que sus historias, poco a poco, de forma subterránea, fortuita, van forjando.

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